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Yo toqué la mano de Fidel

Por: Olga Nelly Sánchez Díaz

Estaba trabajando en el Policlínico La Rampa en el Vedado, Habana, cuando había llegado Brezhnev a Cuba. Para recibirlo, el gobierno organizaba un cordón que iba del aeropuerto a la casa de Protocolo de Ministerio de Relaciones Exteriores y toda la población iba a formar parte de la barda. Cuando terminé con mi paciente me dijo: «¿no va a recibir a Brezhnev, doctora?”. Le contesté que no iba a recibir a ese viejo, a lo cual me contestó: “Yo no voy a verlo a él sino a Fidel”.

Me quedé perpleja, reflexioné y le dije que si yo también iba a ver a Fidel, y allá nos fuimos. Esperamos un rato. La calle por donde venían estaba repleta de gente detrás de una valla. Cuando apareció la limusina descapotada en donde iban parados Fidel Breznev, el pueblo se lanzó a la calle.

 

Yo nunca había sentido un magnetismo así. Sentí que algo me jalaba, lo sentí en mi pecho, en mis brazos, en mis manos. Todos gritaban ¡Fidel, Fidel! y querían tocarlo. Fidel sacaba la mano del auto y se las daba a todos, por supuesto que con el auto en marcha, era un leve roce, pero eso bastaba. Yo sentí el frenesí que sienten la masa por un líder.

Fidel era adorado por el pueblo. Fidel era el amigo, el compañero, era tu defensor, aquel que sabías que no te iba a dejar solo, el que te quería, te entendía, fueras quien fueras.

¿Cuándo dejó de ser Fidel tu amigo, tu compañero? Cuando la revolución empezó a tomar un carácter más institucional, se hicieron leyes, se empezó a burocratizar. Pero esto no abarcó a Fidel sino a toda la revolución.

Aquella frescura en donde todos participábamos, todos opinábamos, discutíamos abiertamente, se empezó a tocar en «orientaciones bajadas» desde arriba, donde solo tenías que escuchar y asentir con la cabeza.

Es decir, cuando el «Partido» tomó las riendas de la revolución , Partido único, de neto corte estalinista, que tenía un centro llamado «núcleo» en cada lugar de trabajo y desde donde, obviamente, se controlaba a toda la población.

Pero no eran los únicos lugares de control. Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) que debía haber uno por cuadra, eran otros lugares de control. Allí se controlaba si los niños iban o no a la escuela, si tenían vacunas, si las embarazadas asistían a su consulta regular, etc., etc.

Cosas todas muy buenas, pero también si habían «desafectos» a la revolución, recomendaban para trabajos o no a quienes no eran revolucionarios y en general, cada uno de los movimientos de las personas. Era una verdadera ratonera, solo que el cubano no hacía mucho caso de eso y las consecuencias no eran graves como en la Unión Soviética en donde por menos de estas cosa podías ir a parar años a un campo de concentración (Gulag) a trabajo forzado.

Hay que decir la verdad, en Cuba nunca supe de ningún castigo por estas cosas, salvo que fueran hechos graves como quienes estaban en el «Combinado de Este» donde iban a parar los presos políticos y comunes, pero también de donde podían salir de vacaciones o trabajar en la vía pública por buena conducta.

El partido se llenó de los oportunistas de siempre. Había excelentes compañeros, sacrificados, que lo daban todo por mejorar cada día los problemas de la revolución que eran muchísimos, pero lo más común eran los mediocres que siempre son los primeros en treparse a la ola.

El bloqueo de EE.UU. y sus secuaces, como los gobiernos de América Latina poblados de dictadores o gobiernos corruptos como el mío, Uruguay, pobres pelagatos que no vendían ni un chicle, se sumaron al bloqueo. Los gobiernos llenos de sátrapas como los de Haití con «Papá Doc», Nicaragua con Somoza, Paraguay con Stroesner, y con el bandido de Pacheco Areco en Uruguay sintiéndose muy «democráticos» expulsaron a Cuba del Ministerio de Indias de los Estados Unidos, llamado OEA.

Fue algo tan doloroso que al recordarlo, más de 50 años de aquello se me caen las lágrimas. Yo fui a la marcha que se hizo a Punta del Este para protestar por esta ignominia. Fui con mi esposo al Aeropuerto a despedir al Embajador cubano. Allí gritamos a todo pulmón: “salud, salud al embajador, el pueblo no te expulsa el gobierno es el traidor”.

El bloqueo entonces alejó a la Revolución cubana de América Latina y la acercó a la Unión Soviética que, ávida de productos alimenticios, les compraba la zafra completa de azúcar, café, cacao, plátanos, etc., a precios justos y por encima le vendía petróleo a precio más bajo que el mercado internacional.

Pero eso tuvo sus consecuencias políticas porque el nefasto modelo estalinista autoritario, dogmático, intransigente, empezó a imponerse. Todas las resoluciones, desde las más importantes hasta las más nimias, tenían que «bajar» del Partido. Plantar un terreno baldío al lado de tu casa era un pecado de lesa humanidad y venía una comisión del Partido a arrancarte lo que habías plantado. (Y un principio marxista básico es «La tierra para quien la trabaja»).

Hacer un recogedor de basura (que no había en toda la isla) con media lata de aceite y un palo de escoba y venderlo por unos centavos, era motivo de atropello de la policía. Hacer un jarrito con una lata de leche condensada yotro pedacito de lata como asidero tenía que ser vendido de contrabando. Lo mismo una señora que de vez en cuando traía los ricos tamales cubanos que a todos nos alegraba la vida.

Y así se llegó a la caída de la Unión Soviética y la iniciación del «Período Especial» que fue el eufemismo con que se le denominó a la hambruna. Entonces se echaron a correr. Apareció la neuritis óptica, por falta de vitamina A que la tiene la zanahoria… ¿Pero son necesarias divisas para plantar zanahorias, no puede cada cual en su casa tener su huertito con las verduras proveedoras de vitaminas?

NO, NO SE PODÍA POR QUE EL PARTIDO NO HABIA BAJADO LA ORIENTACIÓN. Entonces el Partido BAJÓ LA ORIENTACIÓN de que en cada casa se criaran pollos y empezaron a regalar pollitos a todo el mundo que los criaba en el cuarto de baño o debajo de la cama, por lo cual, por supuesto, TODOS se morían (y la gente se moría de la risa).

Y siguió la ida masiva de personas por el puerto del Mariel, y la guerra de Angola, a donde se mandaba a los mejores cuadros de la revolución, jóvenes preparados para la industria cuyos cadáveres volvían en las famosas bolsas de plástico negras. Y el Partido controlando la vida privada de la gente. Los dos años que le tocaba a un hombre estar en Cuba, la mujer tenía atrás un miembro de Seguridad del Estado para cuidarle el culo, y si había cometido algún «pecado», cuando llegaba al aeropuerto el esposo, lo llamaba a parte y sin dejar que se vieran, ni saludaran le decía que tenía que divorciarse.

Sin embargo, los hombres andaban en Angola con quien quisieran, con mujeres infectadas de sífilis y nadie le dijo a la mujer que tenía que divorciarse o por lo menos protegerse, así, en La Habana donde solo había cuatro casos controlados de Lues tuvieron que abrir un policlínico en La Habana Vieja para atender la cantidad de estos casos que trajeron los hombres.

Antes de la guerra de Angola la gente estaba contenta, como pobres, como decía mi madre, no faltaba nada. Los jóvenes iban a bailar o a comer en un restaurante, se podían vestir decentemente, y se hacían colas para comprar el perfume más deseado por los cubanos, «Noches de Moscú».

La aventura de Angola y de África en general, que abarcó Etiopía, Somalia, Uganda, Tanzania, Mozambique, etc. etc. y más tarde a Afganistán, cuando la Unión Soviética involucró a Cuba, la tumbó y con ella vino el desprestigio de los dirigentes. En lugar de democratizarse más el sistema tuvo que endurecerse y poner más restricciones.

Ya Fidel dejó de ser el amigo, el dirigente acertado para ser el metomentodo que hablaba dos horas diarias en la TV en la hora pico, de 8 a 10 de la noche, para convencer a la gente que tenía que seguir aguantando vara. A este programa la gente le llamaba «Punto Fijo» que era una imagen que salía en punto a las 6 de la tarde para corregir algún problema que pudieras tener con la antena.

Al programa de Industria Cinematográfica (ICAIC) que invariablemente pasaban películas  todas las noches que se llamaba «Toma 1» le pusieron «El pancito» porque solo tenías derecho a un pancito diario. Mientras tanto, la gente que se había ido por el Mariel empezaba a volver cargada de regalos, cuentos de las maravillas de Estados Unidos, y los restantes no podían entrar a un restaurante de lujo, ahora pasaban los primeros si hacer cola. Se habían ido traidores y volvían «traidólares».

Y el gobierno no daba pie en bola, todo era para la risa, como lo de los pollitos, o la irritación, como la falta de insumos, alimentos y peor aún medicinas que algunas exigían que las pagaras en dólares.

Creo que ninguno de nosotros hubiera soportado que en tu país natal no te dejen entrar a un restaurante o a un hotel por ser nativo, aunque fueras médico, ingeniero o pianista. Yo sí sé que hubiera armado escándalo, pero la gente se callaba, aceptaba y guardaba su rencor. Entonces lo que querían era irse a cualquier lado, como fuera. Cuando voy a Italia encuentro cientos de muchachas que se casaron con cualquiera para que las sacara del país, y así está lleno España, toda Europa y los lugares más insólitos del mundo de mujeres y de hombres que se fueron en las mismas condiciones.

Fidel fue el gran dirigente hasta los años ochenta, más o menos después debiera haberse retirado para dejar el poder a nuevos elementos, pero el PC no forma cuadros, forma solamente lambiscones que a la primera caída se pasan al bando contrario, como sucedió en todas las épocas de la historia, como sucede hoy día en Nicaragua, en Venezuela, y seguirá sucediendo con gobernantes aferrados al poder.

Yo saludo al dirigente revolucionario que conocí y lamento la decadencia de esta Figura que fue ilustre en su tiempo.

 

 

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