Invitados

«Anecdotario de una feminista contemporánea»

Dicen que una se vuelve feminista bajo su propia historia, que son nuestras vivencias las que nos acercan al movimiento, nuestras vidas y nuestra existencia son las que la definen.

¿Qué podría decir yo que fuera diferente y especial para el movimiento? ¿Qué puedo aportar que otras no hayan aportado?

A veces sólo se trata de contar historias, historias que reflejan lo que somos como mujeres que se autonombraron feministas, historias que van más allá de la academia, que nombran y visibilizan realidades establecidas en un contexto de violencia.

Desde niña y adolescente no encaje en ciertos cánones sociales (que ahora reconozco como patriarcales), pues la exigencia de la belleza, la feminidad y la delgadez, atacaron con fuerza varias de mis convenciones estructurales, aprendí a vivir violentada con el discurso de no ser «la más», ni la más atractiva, ni la más inteligente, ni la más social, ni la más bonita, ni la más delgada, ni la más nada; las convencionalidades amorosas también me jugaron mal, pues muchas palabras y actos destruyeron a aquella joven yo que sólo quería experimentar el amor, no agradezco a mi exnovio agresor por haberme hecho lo que me hizo ni le reconozco que su violencia «me hizo más fuerte» o que «me acerco al feminismo», no le agradezco ni reconozco nada, pues lo único que quería era ser feliz y amada.

Me avergüenzo de esa época en la que quería ser diferente para que los varones me notarán, pues establecía mi valor como mujer a partir de lo que en ellos pudiera despertar, esto me llevo a ser violenta con otras morras, porque seguía creyendo en los dichos populares, «el peor enemigo de una mujer, es otra mujer»; que desdicha fue andar por la vida con cautela, recelo, constante comparación con otras mujeres, afectando no solo a ellas, sino a mi misma.

Aprendí del Feminismo porque la vida y la academia así lo quisieron, encontré en el movimiento explicación, comprensión y entendimiento, expuse mis heridas y comprendí que eran históricas, que la deuda que tienen con nosotras yace en el tiempo incalculable e indisoluble, aprendí todo lo que obtuve gracias a la lucha de miles de mujeres, entendí el alcance de la violencia que recibí, de la violencia que ejercí contra otras mujeres, y vi lo endeble e insignificante que es nuestra vida a los ojos del patriarcado; decidí que quería cambiar las cosas, que no quería que ninguna otra mujer pareciera lo que yo padecí, aprendí a escuchar sus historias, cantar sus canciones, pronunciarme ante la injusticia, la desigualdad y la violencia, decidí no parar y dejar huella en el camino, pues no hay peor castigo que no haberlo intentado, que no haber Sido parte del cambio.

Debo decir que el feminismo me cambio la vida, me llevó por caminos que no hubiera imaginado, me abrió oportunidades que sólo estaban en mis sueños, conocí mujeres que no son sólo amigas sino son inspiración, admiración y modelo a seguir, me acogieron, me brindaron espacios seguros y me hicieron sentir querida. Entendí aquella frase que me dijeron la última vez que fui a una marcha… «La revolución tiene nombre de mujer», porque la revolución, somos nosotras.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba