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Buenos días Querétaro

Lejos de ser una ciudad modelo en calidad de vida siglo XXI, desde los sesenta se ha venido desarrollando lo que en psicopatología humana se conoce como síndrome de niño maltratado, en la psicopatología social es el síndrome de ciudad maltratada.

Que expresión tan coloquial como la de “buenos días”. Tan usual, tan cordial, cariñosa: buenos días familia; tan respetuosa y afable: Buenos días oficina; incluso tan amorosa, buenos días querida, buenos días querido. Es bien fácil decir buenos días, buenas tardes, buenas noches; sin embargo, como expresión emocional resulta quedar condicionada a tantas variantes, condiciones, normas, usos y costumbres que sentir buenos días, es una emoción compleja, sensible y frágil.

El “buenos días”, no cabe duda, es un hilo que liga y ata afectos; buenos días acerca, invita, fraterniza, provoca conocerse; es un mensaje de vida que en ocasiones invita a ratificar aquello de que todas las personas somos del linaje de Dios. Y es que así la humanidad se ha educado, deseando cordialidad y para bienes, más que hostilidad, ofensa, agresión y violencia diaria en bajo perfil.

Despertar en esta ciudad, cuyos voceros oficiales y mediáticos se jactan en decir que la calidad de vida está por encima de la mayoría de las del país, sólo es eso: demagogia turística.

Si no, ¿cómo es que la ciudadanía en general inicia el día a día para ir a trabajar, para llevar a la prole a la escuela, un calvario?

A menos que las autoridades gubernamentales, estatales y municipales, puedan transportarse de una manera que el común de la población desconozcamos, pero que podemos imaginarnos como viajar por helicóptero, teletransportación como ‘Star Trek’, más moderno aún viajar vía interguattsap, medios a través de los cuales ni por enteradas se darían del tráfico, embotellamientos, gritos ofensivos, actos espontáneos de boxeo callejero, accidentes automovilísticos a granel, mal humor y desazón emocional al llegar a casa, escuela, trabajo.

De muchas administraciones gubernamentales atrás se trataba de calmar los ánimos poniendo espectaculares cuyas palabras intentan transmitir “serenidad y paciencia”: “perdonen las molestias temporales que serán beneficios permanentes…” desde que surgió la avenida Corregidora, en la década de los sesenta a la fecha la ciudad ha tenido de cabeza a la ciudadanía con su intento por “Estar a la altura de la modernidad y la post modernidad…” imponiendo infinitas obras de remodelación y modernización que generarán calidad de vida, ¿cuándo? Si no es una obra, es otra y otro y otra y otra y así al infinito y más allá. Ni los beneficios resultan permanentes, hay que ver la frecuencia con la que el adoquín de las banquetas y calles de cualquier lugar de la ciudad hay que removerlo y cerrar cualquier cantidad de calles, así como idear ampliación de arterias importantes como Bernardo Quintana que sería la maravilla moderna de la vialidad nacional y los cuellos de botella aparecen como norma de la conducta vial del día a día.

El pretexto esgrimido por autoridades, relativo al de que “tenemos que hacer uso de los presupuestos porque si no nos los van a quitar…” ha sido la excusa que pretende aligerar el malestar social que se manifiesta cada vez más y más en cosas simples, y sencillas como antes de saludar y decir “buenos días…”, ahora se saludó diciendo, el pinche tráfico está del nabo… vengo bien encabronada…la circulación cada vez es más lenta, qué pinche calor se hace arriba del coche, del camión, el Uber…

Lejos de ser una ciudad modelo en calidad de vida siglo XXI, desde los sesenta se ha venido desarrollando lo que en psicopatología humana se conoce como síndrome de niño maltratado, en la psicopatología social es el síndrome de ciudad maltratada. Maltrato, maltrato y verdades a medias. Los beneficios no son permanentes, se reconstruye sobre lo reconstruido y lo reconstruido. El mundo infantil se ve amedrentado y engañado por mentores, se le prometen cosas que no se cumplen, el discurso adulto es agresivo y ligero como si en la infancia no se entendiera cosa alguna. Las criaturas crecen y el mundo es incierto y desconfiable. Aparece la sombra de personas abusadoras y desconfiables. Los pueblos, constituido por personas que vivimos en ámbitos similares, entretejen sus propias historias y leyendas, son formas de sobrevivir a sí mismos. Síndrome de la Ciudad Maltratada.

La mañana despunta con el clásico silbato de alerta/reversa, amanecemos con cualquier cantidad de motoconformadoras, taladros neumáticos, obreros al por mayor y una polvareda londinense sobre lo que fuera la calle que me trae a casa y me lleva al mundo “lleno de oportunidades”.

Eso no es todo, también y de una noche cualquiera a la mañana siguiente, chorromil nuevos y resplandecientes reflecto semáforos, mismos a los que infinitas filas de automóviles, desconcertadamente no saben si maldecirles o darles los “Buenos días señores reflecto semáforos”. Tal vez sin considerar que cada vez que un auto se detiene en un reflectosemáforo se consume más tiempo y combustible; problema resulto: cada vez y de la noche a la mañana también hay más y nuevas marcas vendedoras de gasolina. Qué maravilla. Qué modernidad: Shell, Moviloil, Active, G500…Pemex.

Donde no había tráfico, ahora ya lo hay; calles que aparecían como alternativas, ahora se han uniformado con las tradicionalmente densas y lentas…si en la CDMX la vida cotidiana es infernal, ahora ya estamos más cerca de ello.

Obras que prometen “beneficios permanentes” como la avenida Corregidora, el Teatro de la República, la tres veces devastada y modernizada Zaragoza, la “imponente” zona peatonal de Madero, 16 de Septiembre, 5 de Mayo, Pasteur, Vergara, el estadio Corregidora, los Toritos, los balones, albercas olímpicas, cableado subterráneo, Constituyentes, el drenaje citadino, los cárcamos, el CRIQ demolido, las fuentes saltarinas, los jardines Zenea y Guerrero, fraccionamientos suntuosos con inmigrantes de dinero plástico, paseo de la República, la carretera a Santa Rosa Jáuregui, el camino a Tlacote, la colonia Cimatario, la avenida de la Luz, los camiones de la basura y de la cerveza abriéndose paso por encima de “las joyas queretanas” (la cantera recién renovada), los Pueblos Mágicos de fin de semana.

Pareciera que sólo se atendieran los asuntos con categoría de “urgentes”; los asuntos de categoría “importantes”, “estructurales” quedan fuera de cualquier tipo de planeación y previsión. Por cierto, en alguna administración del siglo pasado se inventó un proyecto denominado Sanfandila, hasta donde recuerdo era la utopía urbana de impulsar una ciudad alterna, un complejo habitacional integral, acorde a la perspectiva de crecimiento poblacional que se venía delineando a partir de la década de los cincuenta, sesenta.

Una de muchas preguntas que se desprenden de esta carrera desenfrenada por aprovechar presupuestos y “obrar”, ¿acaso se considera la vertiente de daños colaterales en la sociedad? ¿Acaso se considera que los índices de violencia social están directamente relacionados con los estados de tensión generados no sólo en el trabajo/escuela/hogar sino en el trayecto que impide llegar a casa y a donde se tenga que llegar? ¿Acaso se considera que esa experiencia de circular por la ciudad enferma a la ciudadanía?

Es un mal que después de casi 60 años se está naturalizando y normalizando; es un mal que se matiza diciendo que el ser humano se acostumbra a todo. Es un mal social que no se tienta el corazón y de una y otra manera cobra la cuota que implica agredir, flagelar y mermar el animus y cuerpo.

Por eso, qué tan auténtico, tan agradecido, orgulloso, amoroso y sincero suena el decir:

¡Buenos Días Querétaro!!

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