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Cantinas Queretanas

Las cantinas son como espacio-rincones cuya lógica es la negación del mundo sin salir del él, aquello vinculado a la soledad. El rincón de una casa, un cuarto o alguna oficina no es más que un pequeño lugar en el que uno puede refugiarse.

El espacio es un medio físico en el que se sitúa la materia y el movimiento, concepto que va de lo concreto a lo abstracto conforme se complejiza hasta convertirse en un campo semiótico indescriptible o susceptible de poética. El espacio también es un lugar, y señalo el sintagma porque puede no serlo sin dejar de ser tal como el antropólogo Marc Augé al decir del término “no lugar” haciendo mención de los espacios de transitoriedad que no contienen sentido para las personas; lo que permite una exploración epistemológica acerca de lo que constituye un espacio y de qué tanto se sabe de él. Hace dos años aproximadamente escuché a Michio Kaku, físico teórico estadounidense, preguntar: ¿Qué queda si del universo extraes los planetas, asteroides, estrellas, satélites, galaxias y la materia oscura? Una respuesta probable sería decir que nada, pero lo que resta es espacio; y este, al ser físico, puede manipularse como si en tus manos sostuvieras una botella para estrujar o romper.

El espacio también es un cuerpo de imágenes y composición: una avenida repleta de automóviles, una calle con niños jugando, un edificio y sus oficinas, o una casa, cada una de ellas sujetas de apreciación y que a la vieja usanza aristotélica se vincula a aquello que se nos presenta en el momento –“ser en acto”– y las posibilidades en las que podría suceder –“ser en potencia”–, lo que nos lleva a la explicación del movimiento en la sustancia.

Un cúmulo de ladrillos se nos presentan como tales y ser potencialmente una casa, así como las semillas ser semillas y potencialmente un bosque; lo que en palabras de Aristóteles refiere a un espacio definido siendo lo que es y otro relativo o lo que podría llegar a ser. En el inframundo citadino, en sus múltiples escenarios sucede lo mismo: un montón de tornillos y fierro ser solo eso y potencialmente un autobús, así como un autobús ser un autobús y potencialmente un averno. Esto lo vislumbré al decir de un tipo que, esperando entrar al camión al igual que yo con un número considerable de personas formadas a la entrada, me dijo sonriendo: “Todos nos vamos a ir a amontonar al infierno, ¡ni modo que no aguantemos en esta chingadera!”. Y tenía razón, ya que robándole espacio al espacio, en el mínimo rincón que la ciudad otorga, resistimos una hora hasta llegar a la zona céntrica desde la periferia norponiente; nada comparado con la eternidad a la que el tipo nos sentenció.

Si para Carlos Monsiváis la Ciudad de México es “la demasiada gente”, Querétaro es una suerte de híbrido entre el crecimiento demográfico y el sosiego, solo superado por la multiplicidad de obras públicas y climas que suceden en el día. Un anfibio oscilando entre la tradición y nostalgia de su gente, y la modernidad subdesarrollada de avenidas y conexión a internet, combinación extraña que nos da por resultado un Querétaro que es Querétaro y potencialmente un caos.

Los bares y cantinas son espacios para tomar alcohol dentro de un entorno determinado, cuya labor de oferta y demanda se ve transgredida por la serie de sucesos y pertenencia al que uno suscribe, los que proporcionan un sentido debido a las experiencias brindadas. Hay más en el cielo y la tierra que lo que pueda soñar la economía. Estar sentado mientras se bebe puede parecer cualquier cosa, aunque también ser más que eso, dando paso a la exposición de charlas y sentimientos que se van alterando conforme el tiempo transcurre. Ya les contaba acerca de llegar a la zona céntrica desde mi casa, con el motivo principal de acceder a los bares dedicándome al ocio de fin de semana en una tarde con clima templado, y verme envuelto en la tradición de diversas generaciones y tiempos acompañado de Pixie, con quien emprendo el periplo para el registro fotográfico, el cual realizamos durante varios días.

En la primera ocasión abordamos Barrio Alegre. El frío comenzó su acecho debido al viento y la oscuridad del ocaso nos fue arropando. Pedimos un par de promociones de dos por 45 pesos y nos trajeron frituras y una botella de salsa. Al lado, un conjunto de viejos jugando baraja acapararon la rockola y aprovechando un hueco entre las tres canciones por 10 pesos de cobro, asistí a colocar algunas monedas en la máquina, ante las miradas incómodas de los vejestorios que guardaron silencio mientras elegía alguna tonada. Don Gabriel se llama el tipo canoso y calvo que se acercó a nuestra mesa, después de algunos minutos, para comentarnos que la música que habíamos puesto en la rockola le agradó. Pensaba, quizá por nuestro aspecto o juventud, que pondríamos “Metallica” (así nos dijo), sorprendido por iniciar nuestra ronda musical con ‘Preso’ de José José, tendiendo su mano con solidaridad por no desvariar su ambiente y el de sus colegas. Más sabe el diablo por viejo que por diablo, señala el dicho popular, y con todo hay viejos que no valen madre. También el diablo sabe solo por ser diablo.

En las cantinas todo es exceso y encontramos un espacio que, al igual que la ciudad, se amontona entre objeto y objeto: un pedazo de construcción atiborrado de ornamenta en el que no hay lugar para el lugar. Desde animales disecados hasta carteles de tauromaquia, las cantinas pueden considerarse herederas del barroquismo, movimiento artístico que entre otras vainas se vio plasmado en las viejas construcciones de iglesias, donde suelen existir ventanas dentro de otras ventanas y presencia de formas ovaladas, cuadradas, arqueadas y rectangulares en el fragmento de una misma fachada. En el barroco como en las cantinas, la forma y su exageración es un fin en sí mismo y no es de extrañar que se entremezclen pinturas de paisajes queretanos con sartenes, lámparas, guitarras, cucharones, trofeos falsos, recuadros y cartulinas fluorescentes con la promoción del día colgadas en la pared. Hay que darle mérito a la escenografía que, abrazando la constelación del vértigo producida por la reverberación del decorado y la bebida, contiene su propia dramaticidad.

El pintor francés Toulouse-Lautrec, se sabe, realizaba su labor creativa colocando su caballete en los burdeles, generando a la postre un registro pictórico del lado B de París en el siglo XIX; un pintor con problemas de alcoholismo que frecuentemente era encontrado tirado en las calles de la ciudad y que murió a los 36 años. De la misma manera encontramos personajes en cualquier cantina, no todos pintores, aunque de varios oficios o ninguno. Miguel Ángel Castells, por ejemplo, es un guitarrista callejero que toca en camiones y restaurantes, y acude a Barrio Alegre a calmar la sed y tomar un descanso: Un tipo amable que, contrario a lo que uno supondría, no se sabe ninguna canción de El Haragán o Lira N´ Roll como indica la tradición, sino de los Bee Gees y los Creedence. Relató que la conocida canción de Interpuesto, ‘Historia de un minuto’, que inicia con un característico silbido, es un plagio que originalmente creó un amigo suyo proveniente de la Ciudad de México y que la agrupación robó e hizo famosa.

También están los personajes que han perdido la cordura, sumidos en su propio mundo son nombrados del “Escuadrón de la Muerte” por el resto, entes dejados a la deriva siendo sobrevivientes por mero instinto y caridad. “El Tamales” es uno de ellos, un tipo que ha perdido hasta el lenguaje, balbuceando a cada pregunta o llamada de atención mientras camina ladeándose casi a punto de caer. Su historia desconocida nos hace especular acerca de su situación y el cómo llegó hasta donde está. Durante el día, se resguarda en la pulquería El Gallo Colorado. Inquieto va de mesa en mesa arrimado con quien decida hablarle o invitarle un trago, durmiendo ahí por las noches en un rincón en la parte trasera cerca del baño, sobre un petate extendido. Al verlo, uno llega a cuestionar la propia sensatez, y es difícil no pensar en las posibilidades a las que se puede sucumbir por falta de mesura, al fin y al cabo caer es una aventura próxima para todos y “El Tamales” un recordatorio de que la desgracia nos aguarda en cualquier esquina.

Las cantinas son como espacio-rincones cuya lógica es la negación del mundo sin salir del él, aquello vinculado a la soledad. El rincón de una casa, un cuarto o alguna oficina no es más que un pequeño lugar en el que uno puede refugiarse, desprenderse de la repetición diaria y su desorden, al menos por un momento. Es un alejamiento simbólico más que geográfico. Una vía de escape ante la cotidianidad dentro de la misma cotidianidad.

Don Joaquín, hace algunos años, me dio un consejo en Los Caporales, y es que al quelite, amante o sancho habría que llevarlo “a las cantinas como estas, aquí nadie se asoma un carajo y uno puede andar de cabrón sin pedos de la gente chismosa”, y fue cuando di cuenta de que Betty, con quien siempre lo veía acompañado, no era su esposa sino su amante. “La que dicen que no vale la pena, a la que es presa fácil del ardor, la burla y la condena…”, sonrió al escuchar la sugerencia y que al ver mi cara de sorpresa, se limitó a decir: “Casa chica; casa grande”.

No hace mucho entró un payaso de crucero al Sevilla 1, enfrente de la Alameda Hidalgo. Dos mesas al lado de mí, tomó asiento desparramándose en la silla con las piernas extendidas pidiendo un trago a la mesera, quien con escote pronunciado y minifalda colocó su mano sobre la espalda del tipo, acariciándole el cuello con los dedos para luego tomar su orden. A la par, sonaba ‘Un puño de tierra’ de Antonio Aguilar, lo que solventaba la desgracia por una actitud de valemadrismo mexicano. Mientras, el tipo, a pesar del maquillaje que le concedía una facción boyante, cabizbajo, yacía con la mirada vaga. Minutos después, al llegar su cerveza, quedó ensimismado sin mover más que el brazo que va de la botella en la mesa a la boca, terminando en cuatro tragos, levantándose de inmediato, limpiándose el sudor con servilletas, pagar y salir del lugar. Me asomé por la rendija, por donde se vislumbra a la masa transitar en lo que es una parada de autobús en avenida Zaragoza. El tipo subió a una ruta y comenzó, ahora alegre, a contar su primer chiste.

El traslado a las cantinas, siguiendo una especie de lógica geográfica, nos permite conocer más sobre el asunto. Recorrer las calles viejas de la urbe se vuelve una experiencia en sí misma, cuyas pendientes evidencian nuestra poca condición física para transitar. “Deberías poner esto en la crónica” me dice Pixie en la segunda ocasión que acudimos y nos dirigimos hacia La Asamblea, mientras bofamos a cada paso recorriendo avenida de los Arcos hacia avenida Zaragoza: vía dividida por un tanque de agua que también es glorieta. El camino se vuelve fatigoso, ya que el cansancio condiciona la ilusión de que este es más extenso, llevándonos a la impaciencia que deriva en angustia. Bien dicen que la esperanza prolonga el tormento y damos crédito a la aseveración, mientras las nubes se acumulan en una probable lluvia nocturna. La gente transita, va de casa a la tienda o del trabajo a casa, bajo la luz de farolas que enmarca el recorrido, circulando sobre la banqueta o vialidades en transporte público y privado. El movimiento existe, y llegando a la cúspide nos queda el descenso, observando el paisaje de una ciudad ajetreada, dejándonos fluir por nuestra condición vibratoria a la par que el resto y entonces cae la primera gota.

Nos resguardamos en una mesa en una de las esquinas del lugar, justo al lado del baño de hombres y bajo una pintura singular que nos llama la atención y cuyo autor o autora desconocemos. No es un cuadro que me agrade en términos técnicos, aunque admito la gracia de su tema, en el que resalta en primer plano la presencia de Carlos Salinas de Gortari elevándose al cielo, siendo una alegoría de la Ascensión de Jesús, con una corona en la cabeza y el logotipo del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el lado izquierdo del pecho, mientras en lo alto el rostro de Luis Donaldo Colosio hace presencia sobrepuesto a un esqueleto. En el centro yace el planisferio invertido de México, que en su interior resguarda diversos logotipos de partidos políticos del país y debajo de este, dinosaurios por doquier, los que a visión de Pixie parecen pollos debido a la forma en la que dibujaron las piernas y, aunque en efecto son dinosaurios, sí parecen pollos.

Pixie y yo decidimos emprender, en nuestra tercera ocasión, rumbo a Chava Invita, frente a la vieja estación del tren, en lo que tradicionalmente se conoce como de “la otra banda”, es decir, el lugar y personas que se encontraban del otro lado de las vías del tren, en las inmediaciones de la zona céntrica diferenciados de los ínclitos próceres del primer cuadro de la ciudad -mote puesto a inicios del siglo XX-. Los barrios, a diferencia de las colonias o residenciales, contienen una serie de tradiciones entre las que destacan las cantinas. No hay barrio sin cantinas ni cantinas sin barrio, de tal manera que es difícil encontrar estas en la colonia El Tintero, pero no en el barrio otrora comunidad de Carrillo Puerto; así como no los hay en la colonia Palmas, pero sí en el barrio de San Francisquito. Siendo así, encontramos en la zona diversos rincones entre los que destacan, además, El Tenampa, El Borrego Dorado, La Casa Verde, El Dandi y La Peña.

Al tomar asiento cerca del escenario al fondo, pedimos una cubeta mientras Susana con sigilo realizaba tomas con la cámara fotográfica. Yo, en cambio, pensé en el tiempo y no por azar, ya que mi padre solía asistir a esta cantina en su juventud después del trabajo, cuando recién se instaló en Querétaro proveniente de Salamanca, Guanajuato. Al mirar alrededor no puedo evitar pensar en las decenas de historias que me contó y traté de imaginar sus episodios, como la mesa en la que pudo sentarse (y que probablemente sea en la que yo estaba), los pleitos en los que participó, las risas con los camaradas, el llanto por la muerte de mi abuelo o cantar con ahínco ‘Caminos de Guanajuato de José Alfredo Jiménez. “No pases por Salamanca que ahí me hiere el recuerdo…”, en un arranque de jactancia territorial repleto de nostalgia, las pequeñas huellas del viejo en la metrópoli de provincia, sumatoria de los sucesos más el tiempo que da por resultado la memoria. Hay lugares que son personas, en los que también nos refugiamos.

Los meseros, al finalizar la jornada, comenzaron a limpiar el lugar. Recogieron los trastos y botellas, acomodaron las mesas y sillas, y avisaron al montón de sujetos sobrevivientes para que nos preparáramos mental y físicamente. Nos quedaba poco tiempo, aún restaban dos cervezas y canciones. Los tipos salieron uno a uno al acabarse el trago y se despidieron entre sí, compañeros de soledad. Las despedidas son crueles aunque tienen su encanto; y más que despedidas son un vital “hasta luego”; un descanso requerido para volver al otro día con la misma rutina de sentarse, beber y guardar silencio y dejar caer la cabeza en la mesa porque ya no se puede más. Recordar lo perdido, lo imperfecto, lo jodido, lo ufano y sublime. Las piernas de aquella mesera; la risa por una anécdota en la adolescencia; el mensaje en el celular a quien se fue para no volver; sentirse vacío y encender un cigarro al cruzar la puerta al momento de salir para saturar con humo nuestras oquedades, de vuelta a esa otra soledad, la de la multitud y el espacio abierto, y salir del rincón para afrontar nuestras verdades. No hay más.

En los recovecos de la urbe, la oscuridad acrecienta abarcando paredes y veredas en su doble afirmación de ocultamiento y evidencia de certezas. En su condición de vorágine y multitud se transforma al ocaso, y la miseria acompaña sus postes y andadores hasta llegada el alba. Por la noche las sombras constatan que la luz también es lóbrega y que pertenece a quien la transita, esperpentos noctámbulos. Con Pixie, por las calles semidesiertas, buscamos transporte para regresar a casa. La muchedumbre ya no existe, sino individuos, y aparecían conforme avanzábamos. Borrachos, prostitutas, vagabundos, familias sin techo, desechos del día y una ciudad con alma de pueblo que ve su vida transfigurarse. Las cantinas son un pasado perpetuo, el anhelo de los viejos habitando la ciudad y la constante muestra de que la historia no es lineal sino que sus hechos habitan por doquier. Son un rincón, el de mi padre, el de Castells, el de “El Tamales”, el de Pixie, el de Joaquín y Betty, entes llegados por circunstancias siendo ellos mismos y potencialmente un pedazo de memoria en la ciudad.

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