Crónica de una epifanía masculina con olor a chivo

Me apena decir que fue pasada mi treintena de años que comencé a cuestionarme acerca de las conductas que siempre, o, al menos desde que pude razonar libremente —si es que tal cosa existe— debí cuestionar.
Lo que estoy por relatar perdura en mi memoria como una mala canción… cantada al oído por Natanael Cano. Así de mal se sintió.
Hace cuatro años, al llegar a mi escritorio, divisé, al fondo del salón y en una banca vacía, un ramo de rosas, una caja chocolates y un globo de helio con la leyenda «¿Quieres mi no»… Ya que dejó de girar, se podía apreciar «¿Quieres ser mi novia?», lo que tenía más sentido. El detalle era para la niña más impuntual del grupo —que, al menos en eso, era bastante constante— cosa que aprovechó el joven en cuestión para preparar «el escenario». Aun cuando no lo vi colocarlo, también sabía quién lo había dejado, un joven que parecía, sus padres pagaban la colegiatura para que contemplara a su compañera.
Algún sinquehacer gritó: «¡Ahí viene!», pero, no era cierto. Fue este, ese instante, cuando entendí todo: me vi en él, declarándome a alguien que me gustaba a mis veinte años, valiéndome de lo que veía romántico: el apoyo de mis amigos, cosa que ahora vi como una torcida de brazo emocional, aplicando fuerza que ella no podría soportar, a menos que cediera a una relación “amorosa”. ¿Por qué tardé tanto tiempo en identificar que el valerte de testigos en una declaración es coerción? Hoy sé que es por el velo patriarcal, entonces, solo era incomodidad.
Ahí estábamos como espectadores de una masacre emocional. Una parte de mí quería saber el desenlace, la otra, también. No obstante, ese momento en el que la susodicha llegó, se hizo silencio; cual si viniera cargando el atlas de la primaria, sintió el peso de las miradas sobre su espalda, sobre todo las del pretendiente, quien acechaba como un cazador que acababa de instalar una trampa. Bueno, la razón era precisamente que, acababa de poner una trampa. La chica no había advertido los grilletes, perdón, los presentes en su banca, estaba absorta tratando de entender el porqué de ser el centro de atención. No vi su rostro cuando se paró frente al lugar, vi su espalda… lo que no impidió que transmitiera mucho: se quedó fría… el grupo y yo, también. Se sentó entre el tianguis que ahora era su lugar; el donjuán, al lado, esperando respuesta inmediata… Sus ojos tenían de fondo musical «Bésame mucho»; los de ella, «Dr. Siquiatra».
De pronto, me acordé que era el profesor, no un adolescente.
-Bueno, paso lista- interrumpí a propósito.
Las reacciones del grupo fueron cual si les hubieran prendido las luces a media función de cine, en cierto modo así era: unos se lamentaban, otros, me la mentaban.
Respiró tranquila, al menos por unas horas. El chico no respiró en todo ese tiempo.
Por mi parte, nunca había sentido que fingía la importancia mis clases hasta ese momento. Pensaba en la vulnerabilidad de mi alumna y cómo sesenta pares de ojos la acorralaban para dar una respuesta que era claro no quería dar, que su derecho a elegir libremente, su consentimiento, se suprimió por la actitud de un joven que, después supe, era más insistente que un grano de elote desafiando la digestión.
Los vi más tarde caminando de la mano: él, altivo, presumiendo su conquista; ella, cabeza gacha, pensando cómo había llegado a eso… Nuevamente, me vi en él, con la diferencia que mi alumno no olía a chivo cuando se declaró. Pero la situación olía igual.