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¡Deja los malditos trastes!

Inhalar. Ansiedad. Respirar. ¡El COVID! Insomnio. Barrer. Tapabocas. Gel. Tiempo. ¿Quién soy? Exhalar.

A más de un año de vivir acatando las medidas sanitarias nacionales y estatales -y claro está- rompiéndolas de vez en vez para comprar provisiones, persiste la búsqueda por respirar un poco de aire fresco, sentir que somos libres de la posibilidad de contagiar o ser constagiades. O ver a nuestras familias y/o amigues padecerlo.

Se manifiesta el miedo que se taladra con noticias catastróficas en las redes sociodigitales y se suman los malestares de antaño que viven diariamente las mujeres. Betty Friedan nos advertía sobre este malestar que las estadounidenses expresaban, aún a pesar de tener todo aquello que (supuestamente) deseaban como mujeres: un marido, una casa grande e hijos. ¿Qué más le hace falta para ser feliz, si lo que siempre soñó está ahí en sus narices?

Betty en su libro titulado La mística de la feminidad (1963) muestra a través de testimonios de madres sobre las actividades cíclicas del hogar, “preparo la cena para toda la familia y mi marido mira la televisión mientras yo friego los platos” a lo que ella señala que la problemática radica en ser la madre de sus hijes, o la esposa de; y no ser nunca ella misma.

Las labores domésticas recaen de facto en las mujeres, mientras que el resto de la familia ve series, películas, toma una siesta o hace ejercicio. Entonces me resuena la exclamación: ¡deja los malditos platos!

Sin importar el nivel educativo, si acabaron o no la preparatoria, o tienen una maestría o incluso doctorado, ellas sienten la misma desesperación. Ese malestar viene relacionado con la identidad misma de las mujeres, el no saber quienes son (somos). Suena aterrador ¿cierto? Pues este malestar se acentúa durante la contingencia.

Cuando buscamos explicar el malestar recurrente dotamos a nuestra narrativa con ejemplos de las actividades realizadas prácticamente todos los días; como hacer de comer y lavar los platos, actividades causa y efecto que aún no son resueltas con un cántico a los animales del bosque para que se encarguen del tiradero, al estilo de Encantada (2007).

¿El malestar tiene su origen en las labores domésticas? A partir de las recomendaciones sanitarias se acentuó la necesidad de tomar mayores precauciones de limpieza y cuidado al salir y entrar de casa, en el lavado de manos constante, en la pulcritud como regla (y el miedo como denominador común).

Estas actividades que generan tanto malestar en las vidas de las mujeres soportan a la sociedad y son equivalentes a 5.6 billones de pesos. Valor que le otorga el INEGI (2020) al trabajo no remunerados y a las labores domésticas. Las labores con mayores porcentajes respecto al PIB Nacional son: cuidado y apoyo con el 6.6 por ciento, alimentación con 4.9 por ciento y le sigue la limpieza y mantenimiento de la vivienda con el 4.5 por ciento.

Katrine Marçal (2012) reflexiona sobre una muy sencilla pero potente pregunta ¿Cómo llegamos a tener nuestra comida en la mesa? Insiste en que las mujeres proveen de cuidados y de alimentación como si fuera una cualidad natural del género.

¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la economía (Marçal, 2012) refleja la comodidad en la que el pensador y economista era capaz de escribir y pensar, gracias a los cuidados y procuración de su madre quien lo acompañaba a todos lados. Margaret Douglas, estaba al servicio de Adam su hijo, en otras palabras, ella era un “ser para los otros” (Lagarde, 2005).

Los cautiverios que hoy vivimos no son físicos, también son mentales. Seamos capaces de innovar en el quehacer cotidiano para dedicarnos a conocernos y si es posible reinventarnos. Y tal vez así, reconocernos.

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