El 25N en tiempos de reacción conservadora: La violencia como proyecto político

En un país en el que los podcasts de “masculinidad” enseñan a desdeñar a las mujeres, los partidos políticos se empeñan en “defender a la familia tradicional”, mientras sigue sin aprobarse la Ley de Identidades Trans/NB y se hacen recortes federales a los refugios de mujeres, el 25N se vuelve una apuesta política de resistencia más que una conmemoración.
El crecimiento de la ultraderecha y los discursos conservadores en Occidente ha generado un panorama político que polariza a la sociedad, este ambiente hostil afecta profundamente a las mujeres, a las disidencias sexo-genéricas, a personas migrantes y racializadas; mientras que políticos como Javier Milei, Donald Trump y Nayib Bukele promueven discursos de odio y políticas regresivas que trasgreden los derechos de poblaciones históricamente vulneradas, en México este fenómeno encuentra cabida y eco, pues frente a las frustraciones colectivas en las que la “izquierda” no ha sabido resolver las problemáticas estructurales, la derecha plantea el retorno a “tiempos mejores” de “prosperidad económica” con “mejores valores”, vendiéndolos como la única salida.
La ultraderecha en México tiene sus bases en el sinarquismo, cuyos miembros juraron obediencia incondicional a la iglesia y a su jerarquía, su emergencia se fundamenta en el interés por frenar el “avance comunista”, sobre todo después del triunfo de la revolución cubana. Por otra parte, se han venido reforzando otras organizaciones como el Yunque que se encamina a “instaurar el reino de Dios en la Tierra” a cualquier costo y el Opus Dei, una organización compuesta por personas de la élite que tienen prácticas e ideologías conservadoras.
Estas ideologías están aún presentes en la actualidad y están encontrando fuerza mediante la promoción de teorías de conspiración sobre la pedofilia, defender todo discurso contra la diversidad sexual, culpar al feminismo de la pérdida de valores y mostrarlas como amenazas contra la familia natural, aunado a la situación geopolítica actual en el que la ultraderecha está ganando espacios políticos en occidente, observando en México un preocupante resurgimiento de los grupos de extrema derecha.
Hoy en día, al menos 12 grupos ultraderechistas operan activamente en el país colaborando con redes internacionales para desacreditar los movimientos progresistas, promover discursos de odio hacia las infancias trans, el activismo feminista, las personas migrantes, racializadas y la comunidad LGBTI+. De igual forma, existe un resurgimiento de grupos neonazis, aunque más pequeños que en otras partes de Latinoamérica. Lo que tienen en común estas organizaciones además de sus valores tradicionales, es que utilizan la narrativa del nacionalismo y el autoritarismo moral para justificar la exclusión de cualquier forma de diversidad.
Entre los valores predominantes de esta estructura política de extrema derecha destacan la imposición del control político, la exaltación del orden, el rechazo a lo popular y a las movilizaciones sociales, así como el desdén hacia los grupos considerados “enemigos” por contravenir los valores cristianos y la moral religiosa. Bajo estos principios se busca registrar partidos políticos que respondan a dichas lógicas, aprovechando además el escenario político previamente abierto por fuerzas como Acción Nacional.
Si bien estas raíces conservadoras son históricas, hoy se reconfiguran y actualizan a través de redes digitales, algoritmos, compra de granjas de “bots”, campañas de desinformación y discursos de libertad individual que esconden proyectos profundamente autoritarios.
Como lo advertía Chomsky, ante un clima político que guiado por la crisis económica propiciada por el capitalismo tardío y la percepción de que hay una “ausencia” de valores tradicionales e identidad nacional, se fomentan posturas antifeministas derivadas de la creencia de la “perdida” de la “masculinidad” y ver que los “blancos serán minoría”.
Sin embargo, una de las características más relevantes de esta nueva oleada de neoconservadurismo y ultraderechas es el autoritarismo identitario, que estructura sus discursos como lo hacían los fascismos del siglo XX, que incluso se disfrazará de libertad, de un nacionalismo que genera un sentimiento de pertenencia y diferenciación entre lo nacional y lo “ajeno”, recelando el pensamiento crítico y la diversidad de interlocuciones sociales.
Además, retoma la voluntad de poder en términos sexuales que incorporan la idea biologicista, binaria y la falsa idea de “naturaleza”, lo cual refuerza el supuesto de que la heterosexualidad, el cisexismo y los valores tradicionales son las únicas formas reales de vida que forman la base de una sociedad libre; estos discursos están basados en la libertad de expresión y en la libertad religiosa.
Esta ola conservadora no solo opera en el plano discursivo: se traduce en violencia digital contra colectivas feministas, en campañas anti-trans que buscan eliminar derechos, en políticas públicas que recortan presupuestos para los refugios de mujeres víctimas de violencia extrema, en hostigamiento policial hacia personas migrantes y en el incremento de crímenes de odio. La violencia se convierte en un instrumento político para reinstalar las jerarquías de género y sexualidad.
En Querétaro, estas lógicas se divulgan desde púlpitos y tribunas legislativas hasta las calles; en los últimos años, se ha visto un posicionamiento político fuerte de rechazo a las políticas feministas y de la diversidad sexual, sobre todo en las últimas semanas, en el que se ha observado un rechazo total a la despenalización del aborto (cuya sesión en la Comisión de Administración y Procuración de Justicia de la Legislatura del estado estuvo llena de violencia) y congelar la ley de identidades Trans/NB. Incluso, dos días antes del 25N, se presenció una “Marcha por Jesús”, en la que sus manifestantes portaban banderas de Israel.
Estos hechos evidencian cómo instituciones permeadas por moralismos religiosos se convierten en parte activa de la violencia estructural.
En este contexto, el 25N deja de ser un recordatorio de lo que hemos perdido y se convierte en un acto de disputa política. Las calles, las marchas, los pronunciamientos colectivos y la articulación entre feminismos y disidencias se vuelven la respuesta más clara frente a proyectos que buscan silenciar, disciplinar y excluir. El 25N debe ser, hoy más que nunca, una defensa de la memoria, la rabia y los derechos.



