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El peso de ser mujer en la UAQ

Inicié a trabajar en la UAQ hace más de 16 años, siendo estudiante, una compañera me recomendó y me entrevisté con mi futuro jefe; después de la plática normal, terminó su interacción acercándome un papelito y diciéndome “me anotas aquí tus medidas” … apenas logré una sonrisa forzada, pero salí de la oficina contrariada y con un mal sabor de boca.

Así transcurrieron tres años. Nunca más sentí una ofensa de su parte, pero no era el único hombre con el que trataba. Estaba el chofer del rector, quien muchas veces me hizo comentarios inapropiados, o me aventaba besos al aire como si tuviera el derecho de hacerlo, solo por ser “la mano derecha”, según él, del rector.

En el cambio de administración central ellos tuvieron que despedirse de sus puestos y yo continué ahí. A pesar de que no tenía jefe directo varón, la violencia de género continuó, incluso cuando mis jefas directas eran mujeres. No eran ellas quienes ejercían violencia directamente; tal vez el sistema heteropatriarcal y su necesidad de mantener su puesto, las orillaba a tener actitudes machistas o “a subirse al tren” que sus jefes varones manejaban.

Fueron distintas formas, como cuando alguna vez me comentaron que yo era demasiado “amigable” con los doctores investigadores, insinuando que mi intención era coquetearles. También me encontré con mujeres que, incluso bajo la bandera feminista, atacaban a otras por defender a compañeros hombres. Como si la dignidad humana tuviera género. Sí, muy contradictorio.

Recuerdo cuando, al tener en su momento colaboradores a mi cargo y tomar la decisión de que uno de ellos no continuara por su pésima contribución, fuera a acusarme con el rector diciendo que yo mantenía una relación amorosa con un compañero; como si de eso dependiera mi desempeño o se me hubiera nublado el juicio por estar “enamorada” si es que acaso eso hubiera sido verdad.

Y ahora, en la posición en la que me encuentro siguen ocurriendo las agresiones. Ejemplos tengo miles, como cuando un compañero me preguntó si “estaba en mis días” o por qué estaba tan “alterada”.

En otra ocasión, un compañero cercano me contó de una reunión secreta en la que había solo caballeros y en la que se hablaba de la posibilidad de hacer un cambio importante en un proyecto que yo encabezaba junto con él y otra compañera y, según sus palabras, todos los hombres ahí reunidos sentían el derecho de tomar decisiones de mi trabajo; a pesar de que no se me había convocado a dicha reunión. Él al darse cuenta lo que estaba pasando, comentó que nosotras debíamos ser tomadas en cuenta. Al final, no pasó nada.

Otro día, estábamos en una reunión de trabajo y una compañera hizo una pregunta que tenía que ver con otro compañero a quien se le habían facilitado los medios para hacer una actividad que ella misma había propuesto varias veces pero que se le negaba porque, le decían, no había los recursos. Cuando ella lo cuestionó, el jefe saltó y preguntó si acaso se le estaba tachando de “machista” cuando mi compañera ni lo mencionó. Él, muy molesto siguió argumentando que no podía ser “machista” cuando su jefa era mujer… refiriéndose a la rectora de aquel momento. Su compañera y amiga le pidió detenerse al ver que entre más decía, más se evidenciaba. Después, el hombre en cuestión le habló a mi compañera para disculparse.

Y así, miles de ejemplos; como cuando en vez de llamarme por mi nombre, quien en algún momento fue mi jefe me decía “guapa”, hasta que le pedí que no lo hiciera; pero escuchaba como lo hacía con otras compañeras. O como cuando escucho a mis colegas preguntar porque una mujer tiene un puesto sin merecerlo, y mencionan que seguro se acostó con algún funcionario. O como cuando un varón con “poder” se atreve a decir que una mujer está completa porque tiene hijos, y yo pedir continuamente que se detengan esos comentarios misóginos y se me responda que no es malintencionado, que es un hombre “a la antigüita”.

Se me ha tachado de loca, de “no aguantas nada”, de “hay que tratarla con pincitas” y honestamente, prefiero que así sea. Esto pasó dentro de la Universidad. Quizá no me han tocado, quizá no me han violado; pero esto, también es violencia de género y ocurre dentro de mi espacio de trabajo. Y no, no es un tema de educación formal (la mayor parte de mis compañeros tiene al menos una licenciatura, y muchos de ellos posgrados y especialidades); yo lo veo como un tema de poder, de egos demasiado grandes y masculinidades mal enfocadas.

Se han abierto nuevos espacios de reflexión, sé que muchos de mis compañeros están deseosos de modificar, no solo su comportamiento y los micromachismos con los que ellos también crecieron, sino hasta su propio lenguaje. Pero a veces veo con tristeza cómo lo hacen solo por conveniencia, porque la forma no es fondo, porque no basta con comunicarse con lenguaje incluyente, sino es preciso cambiar toda la estructura mental con la que se manejan en su actuar. Aprecio que muchos hombres se detengan en hacer comentarios machistas en mi presencia, pero como alguna vez lo comenté con mis compañeros, esto se habrá superado cuando ni siquiera entre ellos surjan comentarios misóginos; cuando no se requiera la presencia de una mujer para que ellos se detengan, cuando esas ideas ni siquiera crucen por sus mentes.

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