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El resguardo de mi lucha

Nadie escoge cómo, dónde ni con quién nace su lucha, todo se va dando, y cuando menos lo esperas, ya tienes tus lentes violeta puestos. Durante mi vida en el territorio que habito, nunca cuestioné mi transitar como mujer sobre todo en un espacio donde también habita el crimen organizado, sino que simplemente lo normalicé. Pensaba que todas teníamos los mismos miedos y dinámicas para salvaguardar nuestra vida en la sociedad, pero no era normal que esos temores se volvieran cada vez más notorios; con el paso de los años me di cuenta de que a todas las mujeres nos atraviesa el miedo así como el riesgo pero de manera distinta. En mi caso, vivir en un espacio marcado por la delincuencia se ha convertido en sinónimo de sobrevivir, y a eso se suma el hecho de haber nacido mujer.

Desde la adolescencia me llegaba el temor de ser vista por la persona equivocada, la inquietud de ser objeto del interés de alguien involucrado, pues sabía todo lo que eso implicaba, no solo para mí, sino también para mi familia; era algo contra lo que difícilmente podía oponerme. Desde que tengo memoria, he transitado caminos en los que el riesgo se entrelaza con la rutina diaria. En un espacio donde la sombra del crimen organizado se hace presente, aprender a ser y desenvolverme como mujer se ha transformado en un acto silencioso de resistencia.

Actualmente, al situarme en un espacio universitario alejado de mi lugar de origen el cual considero privilegiado, estudiar temas de género y considérame feminista como decisión política y personal me ha permitido ver mi entorno de forma diferente, pues percibo la vida desde un sentir distinto. Pero, ¿cómo puedo trasmitir todo ese conocimiento a mi espacio de origen, justamente ese lugar que condicionó mis decisiones y opiniones para salvaguardar mi persona?

Desde ahí es donde comienza mi lucha, pues mi esencia anhela la libertad de llamarme abiertamente feminista; sin embargo, reconozco que ese nombre, cargado

de reivindicación, puede convertirse en un riesgo, ya que significa desestablecer el supuesto orden social. Es por ello que prefiero ocultar mi identidad. Sin embargo, a pesar de la impotencia que me causa no poder expresar mi postura de forma explícita, mi sentir como mujer no se apaga ante el miedo. Cada día, en cada paso que doy, me descubro construyendo una versión de mí misma que se resiste a ser silenciada y que busca hacerse visible a pesar de el temor a la represión, pues también aprendo a ser cautelosa en la operatividad y en la transversalidad de los temas.

Esta lucha, para mí, es un caminar lleno de contradicciones, en el que, por un lado, deseo alzar mi voz, ser escuchada, que otras puedan sentirse identificadas y reivindicar mi identidad y por otro, soy consciente de que debo callarla para proteger lo que soy, es por ello que este 8 de marzo me significa aún más a la reflexión sobre ese transitar en el que la fortaleza y el miedo coexisten. A pesar de las limitaciones impuestas, encuentro en mi interior la determinación de seguir siendo quien soy, reconociendo mis derechos y mi dignidad, aunque ello signifique navegar en la incertidumbre de un entorno hostil. Así, en el silencio de lo cotidiano, mi identidad se reafirma: invisible para algunos, pero poderosa y real para mí, considerando que cada lucha es única en este devenir.

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