Invitados

Escribir sobre el negro

Fue un impacto mundial y -particularmente- observaba a mi padre con una genuina angustia que suponía una noticia nada agradable para él. Los temores en un niño crecen como quimbombó en verano. Yo ese era ese chico, angustiado ante las noticias que marcaron la agenda del 11 de septiembre. Se hablaba de todo, de una tercera guerra mundial, de una invasión, de un conflicto nuclear, no tenía idea, pero aquello determinó mi próxima vocación: el periodismo.

Y es que mi padre partió a los Estados Unidos una semana después de los atentados a las torres gemelas; no se enfrentó a la terrible burocracia de emprender un viaje. No tramitó una visa, ni un pasaporte, ni compró las maletas. Su única preparación fue el acondicionamiento físico. Tengo -muy- presentes las mañanas en que se levantaba todos los días a correr casi como una disciplina militar. ¿Quién necesita eso para viajar? pensé. Solo un día antes de su partida, me enteré de muchas cosas… que la inflación es un término que afecta lo psicosocial, que el salario mínimo es un fantasma pírrico, que hay que costear la hipoteca y levantarse de una crisis que, por esos años, especulaba aún con el error de diciembre.

El estado de forma que buscaba mi padre obedecía a las condiciones de un desierto que se propuso a atravesar. Y sí, ahí, también conocí la migración, la ilegal, la de los mojados, la de los que dejan sus familias y buscan una vida prospera, distinta, el progreso del sueño americano. Llegaban las noticias de que en el horizonte posterior al 11 de septiembre, las políticas migratorias, comerciales y otras tantas fueron reevaluadas por la seguridad nacional del vecino del norte.

La costumbre de comprar los periódicos en casa era fortuna de todos los días. No me perdía la sección deportiva pero, luego del hecho comentado, empecé a observar y analizar con detalle lo que se decía sobre Estados Unidos y el cruce de la frontera. Una impactante página, lo recuerdo bien, hablaba sobre la psicosis que invadió a los gringos sureños quienes, sumado al 11 de septiembre y todavía aturdidos por la invasión de Villa, usaban a los inmigrantes como presa de caza. A esas alturas, a mi padre ya lo habían deportado una vez; fue su primera llamada telefónica luego de irse. Capturado por “la migra”, fue enviado, junto a sus acompañantes, a algún lugar de Sonora para, de nueva cuenta, intentar cruzar.

A partir de ese momento se volvió -como nunca- crucial para mí estar informado. Conocí el dato, la estadística, las historias de vida y, desde luego, la angustia; no como una pena ajena. Sabía que dos mexicanos morían al día por intentar cruzar la frontera y que uno era asesinado por habitantes de zonas desérticas en la frontera de Arizona entre México y Estados Unidos. Sabía que mi padre, al menos, había viajado en un camión seguro hasta Sonora y no en ese tren en el que, decían por aquellos años los medios, morían cinco personas diarias. Supe también que era la peor época para cruzar de ilegal y que las amenazas de una invasión más potente a los norteamericanos estaban más fresca que la navidad próxima.

Sabía que la fauna no ayudaba, que había animales venenosos, tarántulas, víboras, escorpiones. Que había -hay- poca agua, que se mueren de deshidratación, de cansancio, de inanición. Fue en el segundo intento, y después de una semana de ser el niño de 8 años más informado de todo Querétaro, mi padre logró entrar a Estados Unidos. El alivio aún persiste en mí. Él estaba -está- vivo, sabía que lo volvería a ver. Con la sensibilidad a tope, gané un concurso de poesía que organizaba mi escuela. No recuerdo mayores versos del texto, solo que la temática era el color negro, mismo que lo comparaba con el pelaje de los cuervos y la soledad. No era casualidad que escribiera sobre la oscuridad -como tampoco lo era que mi primera publicación como periodista fuera una investigación sobre la migración-, o la ausencia de algo, pues así se fue él. Ahí sigue la imagen, una fotografía clásica en mi memoria: Mi padre caminando, con su chamarra de cuero color café (su favorita), sus zapatos pie de gato y pantalón de mezclilla, alejándose de la casa, con una mochila enorme; mientras su figura se desvanece, se pierde en la oscuridad de una noche de septiembre.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba