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La convivencia en paz es resignificar lo humano.

Según la definición de Naciones Unidas convivir en paz “consiste en aceptar las diferencias y tener la capacidad de escuchar, reconocer, respetar y apreciar a los demás, así como vivir de forma pacífica y unida.” (2017). No obstante, y parafraseando a Judith Butler, ¿cómo aproximarnos y aceptar esas diferencias, cuando éstas nos interrogan respecto a lo que nos es ajeno, sin rechazar los desafíos que nos imponen? (Deshacer el género, 2004) La cuestión no es baladí.

El reconocimiento de las personas y sus derechos humanos, implica el reconocimiento de todas las personas como humanas. Es decir, los términos que configuran las normas sociales, son los mismos que confieren a algunas personas su calidad de humanas, pero también aquellos que privan a otras de serlo quedando relegadas a lo que sale de los límites reconocidos e impuestos, a lo que podemos nombrar como lo menos que lo humano. Si bien estos límites y configuraciones se encuentran, desde siempre, fuera de todas las personas existentes y futuras, más allá de nosotres mismes, y no tienen a un solo ente como autor, condicionan qué vidas son viables y cuáles inviables, cuáles pueden habitarse y cuáles son inhabitables.

Por lo cual, la pregunta planteada implica a la vez el cuestionamiento de la vida y de lo humano. Lo humano dependerá de la idea constituida en las normas sociales y sobre la cual se erigen, a su vez, las mismas normas; y, la viabilidad de la vida, del acceso a formar parte de lo que se reconoce como humano. Es innegable que, visto así, hay una distinción: lo humano como lo viable y, por ende, habitable, no es lo mismo que lo menos que lo humano, que es inviable y deviene en inhabitable.

Si replanteamos nuestro cuestionamiento y lo habilitamos bajo esta perspectiva, podemos replantear la pregunta: ¿cómo aproximarnos a esas diferencias, cuando éstas nos interrogan respecto a qué es lo humano, sin rechazar los desafíos que nos imponen la posibilidad de ensanchar y desarrollar una nueva visión de lo humano? Ahora, lo humano, en términos actuales, ha sido equiparable a circunstancias privilegiadas históricamente como el género, la raza, la orientación sexual, las capacidades físicas y mentales, el nivel socioeconómico, la clase, la lengua y el profesamiento de ciertas creencias religiosas, por mencionar algunas. En pleno siglo XXI sigue resonando el discurso de Sojourner Trhth y su “¿Acaso no soy una mujer?”; ¿acaso quien está al borde o más allá del género binario, la blanquitud, la heterosexualidad y lo normativo, no es humano?

No se trata únicamente de aceptar que hay diferencias que exceptúan la norma, sino de pensar la diferencia como algo existente, como una realidad que insiste, como una frecuencia, como algo posible. Quienes contamos con ciertos privilegios sabemos que nuestras vidas son viables, pero hay quienes están intentando que su vida sea posible. La viabilidad para esas vidas es una necesidad. Reconstituir lo humano implica movilizar la frontera e insistir en que todas las vidas merecen ser, que la lucha por los derechos no radica sólo en ser concebidos como humanos, sino que el significado de persona y de lo humano debe reescribirse y rearticularse, porque su actual definición topa con límites culturales y estructurales. Requiere eliminar la noción de diferencia como algo contingente puesto que la realidad es que no hay condición que sirva a lo común.

Este replanteamiento de lo humano es básico para el ejercicio de una convivencia en paz, ya que se opone al violento deseo de mantener un orden normativo considerado natural o necesario (o ambas cosas), contra el cuál ningún humano puede oponerse y seguir siendo humano, como la misma Butler (Deshacer el género, 2004) asegura.

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