Invitados

La fascinación mexicana por el abismo del poder (II)


Como abordamos en la entrega pasada, el fenómeno de las sectas tiene un carácter político. Sin embargo, el rasgo no es solo porque están involucradas familias de políticos, como sucede con NXIVM. El campo de lo político que cobija se caracteriza por ser la expresión de una manera de privatización de la política. Es decir, si partimos de una concepción clásica sobre la política, esta tiene como finalidad el bien común. En cambio, las sectas están imposibilitadas a seguir este camino. Son un “sector” dentro de una comunidad o de una sociedad, por lo que caminan en una dirección opuesta. La búsqueda infinita de la “nueva Jerusalén” no es un chiste, es una realidad atendible en la proyección política del sectario.

¿Cómo fue posible que el discurso de Raniere y NXVM haya seducido a diversos personajes de la política y a los paganos soñadores que los secundaron? Me parece que la respuesta está en el regreso histórico a la necesidad de los hombres fuertes. Por ello, tendríamos que interrogarnos cómo, en contextos democráticos o de democratización, surge el deseo de ser gobernados por los hombres fuertes. Sin duda, algo similar pasa con el populismo, sea de izquierda sea de derecha.

Para entenderlo, debemos observar las concepciones de las élites locales sobre el triunfo, el reconocimiento y la recurrente noción de superación personal, que fue el argumento que varios esgrimieron al ser cuestionados de su relación con Raniere. Una idea de superación que es la mezcla de una necesidad de estar en el límite con una ruda forma de sometimiento corpóreo. La atracción compulsiva por este liderazgo funda su éxito en la producción, arcaica y pre-moderna, de un mecanismo de cohesión de grupo. Es una expresión de un deseo de pertenencia e identidad. ¿Fundada en qué? En la irresistible atracción de un lenguaje que deviene rápidamente fe ciega.

Esto no es un fenómeno exclusivo de la sociedad actual. Es una constante en las formas políticas contemporáneas desarrollada durante el siglo XX. Tiene su inflexión en el retorno de la metafísica de la política, expresada en su primera mitad en las experiencias de los totalitarismos (nazismo, fascismo y estalinismo). Para el historiador Emilio Gentile, aquellas fueron auténticas religiones políticas que se propusieron hacer realidad la fantasmagoría del “hombre nuevo”. Una idea alucinante pero que permitió, prosigue el historiador italiano, un experimento biopolítico atroz, donde la violencia, la demagogia, la pedagogía a través de la propaganda, la discriminación del otro, estaban supeditadas al esoterismo que anuda fuertemente la movilización política a la fe.

Si el éxito de NXVM con las élites de nuestro país responde a una demanda de cohesión de grupo, quizá se deba a que es un mecanismo de uso común en las sociedades reservadas y en las mafias. Keith Raniere sometía al poderoso para devolverlo a la vida diaria con nuevas densidades y convicciones. Los más ricos reconocen abiertamente un deseo por las experiencias-límite. Logran volverse auténticos salvajes. Mientras tanto, el líder, hoy en la cárcel, se mete miles de dólares a los bolsillos. Un fenómeno perfecto de reificación política, que ya el sociólogo Alan Wolfe definía como la “política de la ilusión”. Es la apuesta por la creencia en lo imposible. Más aún, es la obsesión por conquistar lo inconmensurable.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba