Invitados

La fascinación mexicana por el abismo del poder (III)


Las sectas describen una parábola del poder. Por un lado, las condiciones de su emergencia en la sociedad moderna y contemporánea son síntoma de decadencia cultural; por el otro, responden a una necesidad para producir sentido social. El resultado no puede ser más paradójico para la vida en común. Veamos por qué.

La democracia expresa una contradicción palpable con el sectarismo. Sin embargo, como ninguna otra forma de sociedad, la democracia difícilmente logra enquistarse con fuerza en el tiempo. Es un régimen político que tiene una incapacidad para petrificarse, a diferencia de otros regímenes como el totalitarismo, la dictadura o el autoritarismo. Su lógica social es contingente. Es esa indeterminación la que hace que las sectas sean un mercado monetario y simbólico creciente dentro de la democracia.

Lo anterior es posible porque existe una relación excepcional entre democracia y locura, intersección donde las sectas son una variante perversa. Pensemos en el manejo de la locura en los regímenes totalitarios: el confinamiento, el encarcelamiento y la desaparición son prácticas normales para tratar a los desviados. Hay una intolerancia extrema a la locura. Fue un problema insoportable en las experiencias del fascismo, nazismo o comunismo. Justo aquí está contenida la idea de que las sectas son una parábola del poder.

Al respecto, veamos el dibujo que marca la historia del célebre personaje ucraniano, Andréi Románovich Chikatilo, llamado el “carnicero de Rostov”, manifestación viviente de un malestar que surge por el disciplinamiento extremo de las conductas y los deseos, y que en este caso fue la piedra de toque en el totalitarismo. Para darnos una idea de lo que representó, basta con ver la película italiana de 2004 que lleva el título de Evilenko, protagonizada por el actor inglés Malcom McDowell (actor por excelencia de los juegos del poder si recordamos sus memorables actuaciones en ‘Naranja Mecánica’ o ‘Calígula’), y dirigida por David Grieco, quien publica el mismo año en que realiza la película su crónica sobre el caso con el título caústico de Il comunista che mangiava i bambini (el comunista que comía niños).

Las sectas son un efecto de ese malestar disciplinario. Son una respuesta radical y vigorosa al enquistamiento social de la ley. Con frecuencia se nos olvida que la democracia es una forma de sociedad que garantiza la mayor de las libertades, al tiempo que es una forma de gobierno que sucumbe a la práctica política de capturar y reglamentar los afectos. Las sectas son, en efecto, una manifestación de una actitud transgresora frente a los valores predominantes dentro de la sociedad. Huyen de este mundo para redimirse en su pequeño universo cerrado. Ahora bien, la transgresión no solo significa ruptura, también erección de nuevos muros y reglas. Y como sabemos, las fronteras producen separaciones que a su vez generan guetizaciones. Estas últimas siempre terminan por ser un combustible para la actitud reactiva. Es decir, para la violencia al otro y al entorno, así como para la activación del odio y el resentimiento, para el espoloneo del clasismo y el racismo. La interpretación apresurada del nuevo mapa partidario-electoral en la capital de nuestro país es indicativo de esta actitud sectaria y atrabiliaria.

Las sectas no son un fenómeno exclusivo de las culturas políticas populares o de sectores sociales excluidos. Son un rasgo predominante de la vida en sociedad contemporánea que impone la tiranía del ‘self’ colectivo como fin último. Desde esta figuración inaugural, ya empieza su decadencia en la vida en sociedad.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba