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La vigencia del marxismo a 200 años del natalicio de su fundador

En el balance social existen altibajos, en cuál debe ser la prioridad en la construcción de un socialismo democrático e incluyente, si lo es la justicia social, o la libertad de los individuos, o la síntesis dialéctica de ambos valores.

 

Carlos Marx, como ya lo han expresado en estas páginas otros colegas de nuestro semanario, nació 5 de mayo de 1818 y murió el 14 de marzo de 1883. Entre las principales tesis filosóficas del “barbado revolucionario” están las siguientes:

La realidad existe independientemente de la conciencia (lo real es tal, no por ser pensado, sino por la materialidad de su existencia). Esta concepción se opone al pensamiento idealista. La dialéctica explica la relatividad del conocimiento humano, además de contener el principio de la contradicción en la naturaleza y la condición cambiante de la misma. Esta perspectiva se encuentra radicalmente opuesta a la naturaleza inmutable de las cosas y al mundo de las esencias. Marx afirmaba que los filósofos no habían hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trataba era de transformarlo. (Tesis XI sobre Feuerbach).

En lo que corresponde al materialismo histórico, están sus aportes analíticos: para “la concepción materialista de la historia, el elemento determinante (en última instancia) es fundamentalmente la producción y la reproducción de la vida real…por tanto, si alguien cambia esta afirmación por la del elemento económico es el único determinante, la transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda”. (Engels, 1890, Carta a J, Bloch).

La concepción materialista de la historia parte del principio de que la producción y, junto con ella, el intercambio de sus productos, constituye la base de todo el orden social. Las causas últimas de todas las modificaciones sociales y de las subversiones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres… sino en las transformaciones de los modos de producción” (Engels, “El Antidurhing”, Unesco, t. III: 1339).

La concepción materialista señala que históricamente siempre ha prevalecido la contradicción entre explotados y explotadores, entre dominados y dominadores, expresándose ello en la conformación de los modos de producción que evolucionaron del modo de producción comunitario al esclavista (amo-esclavo), feudal (siervo-señor) y capitalista (proletario-burgués) y al socialista.

Particularmente en ‘El Capital’, en la primera sección, se desarrolla el análisis del sistema capitalista con la mercancía y la moneda; en la segunda sección se retoma la conversión del dinero en capital, en la tercera y cuarta secciones se estudia la generación de plusvalía (absoluta y relativa), en la quinta sección se hacen nuevas consideraciones sobre la plusvalía absoluta y relativa. En la sección sexta se manifiestan los diversos tipos de salario, en la sección séptima se desmenuza el fenómeno de la acumulación de capital y en la octava sección se desnuda el proceso de acumulación originaria. Toda la obra de ‘El Capital’ se enmarca en la idea del valor-trabajo como fuente de la riqueza social y de cómo los dueños de los medios de producción se apropian del plusvalor generado por los trabajadores directos.

El impacto del marxismo

El marxismo es la conjunción del pensamiento de Marx con el de Engels, pero también con el de Lenin, Stalin (no lo puedo suprimir), Mao Tse Tung, Tito, Enver Oxxa, Fidel Castro, Ernesto ‘Ché’ Guevara, Antonio Gramsci, Ho Chi Minh, cada uno de ellos con sus experiencias históricas de socialismo “realmente existente”.

Muchos movimientos insurgentes y de liberación nacional en África, América Latina y Asia, tuvieron como inspiración algunas ideas del marxismo, aplicadas a la realidad específica de cada sociedad. Sin duda, en el balance social existen altibajos, en cuál debe ser la prioridad en la construcción de un socialismo democrático e incluyente, si lo es la justicia social, o la libertad de los individuos, o la síntesis dialéctica de ambos valores.

Ahora, en el siglo XXI, todo pareciera indicar el triunfo absoluto del neoliberalismo y la obsolescencia del marxismo. Sin embargo, los problemas estructurales como la pobreza, el hambre, la explotación, la exclusión social, la violencia, el crimen organizado, la corrupción, la concentración monopólica de las áreas estratégicas de las economías nacionales, los procesos de globalización y de desnacionalización, nos convocan a pensar que el capitalismo no es eterno, ni es el fin de la historia.

La transformación social ahora no debe venir de arriba hacia abajo, sino como decían los zapatistas, desde abajo, desde los sótanos oscuros de la patria y desde la izquierda. La utopía de un mundo justo, equitativo, solidario, democrático e incluyente, en un nuevo proyecto de nación es posible, sí los ciudadanos dejamos de pensar en que nada puede cambiar y que así nos tocó vivir.

En conclusión, la vigencia del pensamiento marxista está no en los dogmas doctrinarios de la vanguardia obrera de los países industrializados, ni en camino ineluctable hacia la sociedad comunista, sino en el análisis social, en el pensamiento crítico de las desigualdades, en el estímulo a la participación de los nuevos sujetos y actores sociales como las y los jóvenes, las mujeres, los ecologistas, los grupos alternos, las diversidades sexuales, los movimientos magisteriales y campesinos (“sin maíz, no hay país”), los grupos opositores a las reformas estructurales, los organismos no gubernamentales y los ciudadanos que ya están cansados de “más de los mismo”. La pelota está en nuestra cancha…

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