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Las enseñanzas del “Viejo Tonto”

Supe de él precisamente en su casa. Allí lo primero que vi, y que al parecer todo mundo ve, es el famoso letrero en la entrada principal: “Aquí vive Mao, el viejo tonto”.

Existió en este mundo un peculiar hombre que habitó en el municipio de Tolimán, se llamaba Cliserio Gaeta Jara, mejor conocido como Don Gaeta, “El Viejo Tonto”. A él quiero dedicar estas líneas con las que pretendo recordarlo. A través de sus enseñanzas deseo hacerlo presente. Por ello, comienzo relatando el día que lo conocí, porque fue allí donde creció aún más mi decisión por luchar.

Supe de él precisamente en su casa. Allí lo primero que vi, y que al parecer todo mundo ve, es el famoso letrero en la entrada principal: “Aquí vive Mao, el viejo tonto”, esta frase, ya es una incitación; es un exhorto a leer-. Quien no esté de acuerdo con la injusticia tiene la obligación de realizar lectura revolucionaria. Dicha actividad fue esencial en la organización social para Cliserio Gaeta Jara.

Enseguida, lo que se veía eran esos vehículos, casi todos con medio motor de fuera, pues fue conocido por su trabajo en la mecánica. Así, mientras más me adentraba, confieso que mi curiosidad aumentaba y, según sabía, no se trataba de cualquier hombre.

Pronto llegué a un cuartito, allí estaba sentado sobre la cama como esperando ansioso la visita. Luego de saludarle y estrechar sus manos rebeldes por primera vez, comenzó la plática.

Recuerdo algunas cosas que me decía, por ejemplo: “Pregúntame, pregúntame lo que quieras”. Esa actitud de Don Gaeta, siempre imponente, decidido, retador y firme, le caracterizó. Ahí comenzó mi nerviosismo; no sabía qué decir o preguntar. “¡Vaya que la ignorancia es grande!”, pensaba en esos momentos. He aquí mi primera lección: saber, al menos, que no sé -eso me hizo recordar un tanto a Sócrates-.

La charla de aquel día seguía y dijo: “entonces te pregunto yo”. Eso me deshizo más todavía. “Ahora sí me dejará en ridículo ‘el Viejo Tonto’”, pensé. Encima de todo me quiere aplicar la mayéutica, y por si no estuviera conforme, prosiguió con las preguntas, “¿crees en la virgencita?”. No supe qué contestar. La presión crecía.

Pronto llegó la pregunta obligada “¿Qué es la filosofía?”, sugirió. Afortunadamente había buscado el significado de la palabra en un diccionario con anterioridad y conteste: “¡amor a la sabiduría!”. Me quedé esperando su aprobación al respecto y sólo agregó entre sonriente y pensativo: “más o menos, te falta”, señaló. Con eso me sentía librado.

Las palabras le sobraban, avasallaba cual guerrillero con fusil. Finalmente expresó: “Calderón es un pendejo”, y proponiéndome un reto, indicó que iba a escribirlo pero que yo firmara. Eso de plano amarró mi garganta. Este hombre estudia bien a los sujetos y no puede confiarse de nadie. He aquí otra de sus enseñanzas: Es necesario conocerlos poniéndolos a prueba. Así terminó la charla.

Ese día fue para pensar, aprender y crecer. Son precisamente sus enseñanzas las que me impulsan y permiten seguir adelante junto al pueblo, como nos enseñó, con “los jodidos”, abriéndonos paso con la dignidad. De esta manera es posible avanzar en esta disputa entre proletarios y burgueses que Marx describe como la “lucha de clases”.

No puedo terminar en este texto dedicado al maestro Cliserio, sin agradecer a la Sra. Marianita, que ahora se encuentra entre aquellos hombres y mujeres valientes que están en el otro mundo, porque ella me dio la vida para poder conocer al hombre: al “Viejo Mao”que derribó montañas. Y a él, va un saludo combativo hasta donde se encuentre, porque su lucha no fue en vano, “El Viejo Mao” no está acabado ni apagado, su luz sigue alumbrando los caminos, y de ser preciso: ¡seremos como Don Gaeta!, “el hombre de armas tomar”.

 

¡Hasta siempre! “Viejo Tonto”; ¡Hasta la Victoria Siempre Comandante!

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