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Lo que se ve y se escucha

De pronto vuela de la camioneta al mini auto una lata de “algo” y por lo que se ve, cumple su cometido: rocía el cristal frontal y pega en el cofre.

Era lunes, alrededor de las 14:45 horas, la entrada al centro universitario (la que está entre la Facultad de Bellas Artes y Derecho), la línea de automóviles está detenida. Una camioneta obscura detiene el flujo; espera a que otro automóvil se disponga a salir de su cajón para ocuparlo. Estacionar cualquier auto a casi cualquier hora resulta materialmente azaroso, festivo e increíble.

Seguimos esperando; el tiempo se alarga y no se mueve auto alguno. Ahora la entrada y la salida están detenidas por el retorno que también se ve detenido. Se empieza a impacientar la gente, se escuchan cláxones unos más impertinentes que otros, el que va frente a mí es uno de los que está impaciente impertinente… Finalmente, el auto sale de su cajón y parece que todo se va a agilizar; pero, desde donde uno estaba, lo adecuado era que el que estaba adelante de mí esperara a que la persona de la camioneta obscura con placas del estado de México hiciera la maniobra que obligaba y técnicamente tenía que hacer.

El desesperado avanzó su pequeño Foxcross y le bloquea la maniobra, se abre un resquicio y el mini auto de adelante y se para a la altura de la ventanilla de la camioneta en movimiento; no se oye, pero se ve que se están gritando algo. De pronto vuela de la camioneta al mini auto una lata de “algo” y por lo que se ve, cumple su cometido: rocía el cristal frontal y pega en el cofre, se siguen gritando, se baja el muchacho del pequeño y, ahora sí se escucha.

Lo reta a que se baje de su auto, clásico. Se dejan escuchar las bocinas de los autos, se baja el sujeto de la camioneta obscura con placas del estado de México, y para fortuna de toda la concurrencia, llegan dos personas de seguridad, interceden, conminan al muchacho a que se suba a su auto.

Como que no se deja, sin embargo, la actitud de los de seguridad no le dan mucho margen para seguir alegando. Se va y lo que alcanzamos a escuchar es que el sujeto de la camioneta obscura con placas del estado de México le decía vehemente a uno de los de seguridad, como clamando más protección: “Yo soy docente de esta escuela…” (señalando hacia la facultad de Enfermería), lo cierto es que el sujeto que se dice docente de enfermería traía colgando un gafete de una institución no universitaria.

Avanzó la circulación y el muchacho de la Foxcross buscaba, porque se metió ahí, su lugar en el estacionamiento de la Facultad de Derecho. Pasos adelante la vida sigue, una pareja continúa festejando el día de los novios, enfrente se ha demolido una cancha de futbol rápido para construir otra más mejor, la gente haciendo cola en los cajeros y las plumas en la salida de Hidalgo subiendo y bajando gracias a la mano amiga del personal de seguridad que hace lo propio.

Dos cosas: Una, ¿quién realmente se estaciona en el Campus Universitario? ¿Existirá algún día la voluntad para que se regule este fenómeno que ya desde hace tiempo atrás se ha tornado en un problema estructural en el acontecer diario de la Universidad?

Dos, no deja de sorprender la fragilidad de la cultura universitaria, de un momento a otro, dentro del campus universitario un supuesto docente y un supuesto estudiante se pueden, sin más ni más, liar a golpes, ¿no sin antes prodigarse linduras verbales tan características y bullangueras costumbres entre el populacho nacional?

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