Invitados

Lucha es nombre de mujer

Desde hace algunos años cada 8 de marzo las mujeres nos sentimos convocadas a congregarnos, a transitar en manada, a dejar por un momento el sentirnos solas, arropándonos ante este mundo lleno de injusticias vividas en cada proceso de nuestro ciclo de vida.

Las mujeres hemos luchado por poder tener voz y voto, en la casa, en la política, en las calles, en las escuelas, en todos lados. Hemos gritado con palabras y con versos, con pintura en las paredes, los edificios y en sus monumentos. ¡Ay en sus amados monumentos emplayados!

Hemos luchado por poder decidir en qué momento embarazarnos y cuantos hijes tener. Por acceder a nuestro derecho a una educación integral en sexualidad, a métodos anticonceptivos o a un aborto seguro, libre y gratuito.

Hemos luchado por poder salir a trabajar cada mañana para ganar nuestro propio dinero, para aportar en nuestra casa, para sostener a nuestra familia o para nuestra propia vida. Luchamos contra esa brecha salarial de hasta el 35% por mismos trabajos.

Luchamos por años para poder estudiar. Nos hemos inconformado porque algunas carreras u oficios siguen siendo catalogados solo para un género, y que en el camino se hayan cuestionado nuestras capacidades o habilidades. Seguimos luchando contra un techo de cristal y contra un piso pegajoso.

Luchamos para poder divorciarnos, pero también para que las niñas no deban de casarse.

Insistimos en que los hombres respondan a las responsabilidades económicas y afectivas que tienen con sus crías, en un país con tantos padres ausentes y con miles de demandas por incumplimiento de pensiones alimenticias.

Cada día seguimos trabajando en nosotras mismas, juntas o en solitario, cuestionando el amor romántico, ese amor que nos despoja de nuestra autonomía emocional, que nos hace susceptibles y vulnerables. Trabajamos por construir otro tipo de amores, amores sanos, amores compañeros, amores que no duelan. Luchamos contra esa educación emocional que nos ha repetido hasta el cansancio que el amor es para siempre, que una debe aguantar todo, que entre mayor sea nuestro sacrificio mejores recompensas tendremos, y hemos descubierto dolorosamente que no es así.

Cuestionamos este sistema de cuidados que nos ha dejado a cargo de tanto, de todos, de un sistema que no cuida a las que cuidan, que nos ha enseñado a no cuidar de nosotras mismas por estar siempre para otres. Que los cuidados pesan demasiado, y nosotras ya estamos cansadas de tanto sostener la vida.

Luchamos con ahínco para poder llegar a ser ejidatarias, para formar parte de una unidad agrícola industrial, o formar parte de un grupo que trabaja en algún proyecto productivo o de servicio.

Hemos luchado para que al solicitar un empleo ya no nos pidan pruebas de embarazo. Luchamos por la visibilización de nuestra fuerza de trabajo, tanto la reproductiva como la productiva.

Hemos luchado por nuestra autonomía financiera, trabajando para poder ir al banco a abrir una cuenta a nuestro nombre, para sacar una tarjeta de crédito o para comprar un auto, una propiedad, un viaje, o cualquier inversión sin necesidad del permiso por escrito de un tercero.

Hemos luchado ferozmente contra la mutilación genital femenina, contra esa violencia sexual que mira con recelo y envidia el placer femenino, que lo mira como una afrenta cotidiana.

Hemos luchado contra la violencia obstétrica, por hacen parir en condiciones que nos despojan de nuestro cuerpo, de nuestra sexualidad, de nuestra maternidad.

Hemos rugido para defender nuestro derecho a vivir libres de violencia, les gusten o no las formas, pero nos rehusamos a seguir siendo aventadas a canales de aguas negras, a ser quemadas, torturadas, violadas, despedazadas, despojadas de toda humanidad. No, este no es el mundo que deseamos, ni para nosotras, ni para nuestras amigas, nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras madres. Para nadie.

Hemos luchado por buscar a nuestras desaparecidas, pero también por no tener que morir en la búsqueda de un poco de justicia, memoria y dignidad.

Nos arrebatan nuestros sueños, nuestro derecho a vivir tranquilas.

Sin embargo, a pesar de tanto la resistencia está presente. Aun cuando vivimos esta serie de injusticias logramos resistir, abrazarnos, ser fuertes, aprender a dejar de comprarnos esos discursos patriarcales que nos han enseñado a mirarnos como enemigas; hoy nos defendernos colectivamente. Nos rehusamos, pero luchamos y luchamos.

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