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Maíz nativo al rescate de la seguridad alimentaria de México

El maíz se utiliza principalmente como alimento humano, es tan amplio el uso de estos maíces en las zonas rurales que integran 605 recetas distintas, incluyendo 124 maneras de cocinar el elote tierno, 278 usos para el nixtamal, 86 variantes de tamales y 17 recetas de bebidas elaboradas a base de maíz seco. El grano y las otras partes de la planta de maíz se aprovechan como forraje, abono, medicina (e.g., infusión de pelos de elote), envoltura y usos artesanales, combustible, usos ceremoniales (Robles et al., 1994).

De acuerdo con las estimaciones del Coneval, en el medio urbano el consumo anual per cápita de tortilla es de 56.7 kilogramos y en el medio rural es de 79.5 (CEDRSSA, 2014).

En México, la tortilla de maíz es uno de alimentos más importantes en la dieta de poco más del 90% de la población. Especialmente en el sector más pobre, la tortilla adquiere mayor importancia al convertirse en el plato principal y, en ocasiones, el único. Cuando el ingreso familiar alcanza para la compra de otro tipo de comida, la tortilla sirve como compañía, para envolver, revolver y prensar otros alimentos. Es el único alimento que sirve como cuchara y que es posible comerse después de su uso (Novelo V, García A., 1998).

El maíz representa la ingesta del 60% de las calorías y el 30% de proteínas de los requerimientos diarios de la población mexicana, y además sirve de alimento para la crianza de aves de corral, ovinos y otras especies menores que al venderlos representa ingresos adicionales para diversificar la alimentación de las familias de los pequeños agricultores y campesinos.

¿Pero, que es un maíz nativo?

Como tal no existe una definición de maíz nativo (Zea mays L.), pero en la literatura revisada existe una acepción como la siguiente: Louette, (1996); citado por Hernández, et al (2016), donde sostiene que “un maíz nativo tiene la capacidad de adaptación en una diversidad de condiciones agroecológicas existentes y donde la diversidad genética del maíz es dinámica, existiendo miles de variedades de más de 200 razas que se transportan e intercambian constantemente entre localidades y regiones a veces separadas por grandes distancias”.

Considerando esta definición, se puede asumir que esa capacidad de adaptación que tienen los maíces nativos a una gran diversidad de condiciones medio ambientales, la dinámica de su diversidad genética y agregando la geografía del país que promueve la diferenciación entre tipos climáticos y sistemas agrícolas son fundamentales para la preservación in situ de estos maíces junto con el manejo agronómico y de selección que los propios campesinos realizan.

No obstante, para la producción de maíz nativo es fundamental incluir a los pequeños productores como parte de la agricultura familiar, tal como lo exponen Altieri y Anderson, (1986). Los sistemas de agricultura familiar han surgido a través de siglos de evolución biológica y cultural, y representan experiencias acumuladas de interacción entre el ambiente y agricultores sin acceso a insumos externos, capital o conocimiento científico. Estas experiencias han guiado a los agricultores en muchas regiones del mundo en el desarrollo de agroecosistemas sustentables, manejados con recursos locales y con energía humana y animal.

Por otra parte, si bien es cierto que la seguridad alimentaria tiene cuatro dimensiones, a saber: disponibilidad de los alimentos, acceso a los alimentos, utilización biológica y estabilidad en el tiempo de los mismos. La disponibilidad tiene gran relevancia en estos momentos dado que está determinada por la existencia y oferta de alimentos de manera oportuna, y está cubierta por la producción interna, tanto de productos primarios como industrializados, por las reservas, importaciones, exportaciones y ayudas alimentarias. Esta dimensión refleja el lado de la oferta del concepto seguridad alimentaria, y generalmente se evalúa a nivel nacional (FAO, 2005).

Por lo explicado anteriormente, el maíz cobra relevancia como alimento prioritario para la seguridad alimentaria de nuestro país. Hoy en día, queda al descubierto la fragilidad de los sistemas productivos intensivos para la producción de este cereal y otros granos básicos complementarios, debido a la dependencia de fertilizantes que, por sus precios elevados; por el incremento del costo del gas aunado a los efectos negativos que dejará la guerra entre Rusia y Ucrania a largo plazo en la balanza comercial mexicana será difícil lograr nuevamente la productividad del campo y además, las posibles limitaciones a las importaciones de esta gramínea que se puedan derivar de este conflicto. Por eso, para que México tenga la seguridad y la soberanía alimentaria es necesario que se logre primero, la autosuficiencia mediante la incorporación de los sistemas tradicionales en la producción tales como: el sistema milpa, maíz-árboles frutales (MIAF), sistemas agroforestales entre otros; pero sin olvidar la inclusión de los campesinos, sus conocimientos ancestrales y sus semillas nativas.

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