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Misiva a Don Gaeta

Estimado abuelo quiero decirte lo siguiente:

Después de muchos años regresé a la huasteca, pero ahora sin ti. Tu compañía nos faltó. Por dondequiera que uno miraba, la pobreza no cesaba de mostrarse. El antagonismo entre la riqueza que la naturaleza ofrece y la miseria que azota la vida de los más desfavorecidos, de los que aún caminan con los pies descalzos, son parte de la imagen que se deja ver en aquellos territorios, en esas geografías.

Las casas de palma se asoman entre el monte. Los ‘bohíos’ —que siguen siendo los hogares de los huastecos— son muestra de que la lucha de clases no ha terminado. Las letrinas y los fogones nos indican que la cuarta transformación no los alcanzó. No hay mejoramiento para ellos: para los pobres.

La alimentación también sigue siendo la misma desde hace muchos años. Los frijoles negros, las tortillas enchiladas con queso y el café negro son la dieta de todos los días. A veces se come cecina, pero en otros casos se saborea un rico ‘zacahuil’ que completa la gastronomía potosina.

Pero, si nos adentramos hacia las comunidades (que en realidad muchos son ejidos), miramos no sólo a la naturaleza sino a las personas que allí viven. Los hombres regresan a sus casas tiznados y sudorosos, con la camisa desabotonada y un paliacate en el cuello; otros, además, traen entre sus manos un machete que amarran a su cintura; el cual no es un arma blanca, sino una herramienta de trabajo.

Su estampa refleja el trabajo que inicia, en algunas ocasiones, desde la madrugada. Son cortadores de caña que se ganan la vida vendiendo su fuerza de trabajo —Marx acertó en ese aspecto—. Por 400 o 700 pesos a la semana, salen todos los días a cortar caña que previamente ha sido quemada, para más tarde procesarla y convertirla en azúcar.

Los cortadores, después de segar la caña, proceden a amontonar la cosecha; y, posteriormente, la recoge una máquina que la lleva hacía un camión para vaciarla. A cada porción recolectada por la cosechadora se le llama ‘agarrón’ o ‘burra’.

El caso de las mujeres no es más fácil: estas deben preparar la comida con la poca ‘raya’ que les dan sus esposos. Como no alcanza para el gas, les toca recolectar leña para atizar el fogón y tener los frijoles y el café calientes para la hora de la comida. Si bien les va y el gasto les alcanza, pueden ir a comprar un refresco —bien frío como dice el comercial—.

Niñas y niños también padecen eso que los políticos llaman pobreza. Algunos descalzos y desnudos salen de sus casas para mirar quién está en la calle; otros juegan con alguna pelota y, los más afortunados, comen churros, se chupan los dedos y lamen la envoltura porque no pueden desperdiciar nada de la bolsita que protege sus frituras.

A pesar de que el tiempo sigue su marcha, la pobreza no se queda atrás; más bien, se mantiene y se consolida en la vida de muchas mujeres y de muchos hombres, de niñas y niños, hasta de los perros y gatos que se hacen parte de la familia. La miseria también es comunitaria, colectiva y local.

En los caminos aún quedan las huellas de la lucha revolucionaria, de sus anhelos y exigencias. Cada que nos adentramos en la huasteca podemos mirar, en la orilla de las carreteras, letreros que tienen la palabra “ejido” nombrando algún lugar, pero poniendo por delante el anhelo agrario que también defendieron los campesinos en la primera década de mil novecientos en nuestro país.

Vemos ejidos y escuelas que llevan por nombre “Emiliano Zapata”. Por su cuenta, al entrar a Ciudad Valles, se echa de ver una estatua enorme de aquel líder campesino, de aquel que safío a los porfiristas y al propio Madero; aquel que prefirió estar con los pobres antes que traicionar la Revolución. Se yergue la estampa de Zapata sosteniendo su rifle y mirando al horizonte manteniendo en lo alto sus ideales de ¡Tierra y libertad!

Así como el general Emiliano Zapata tuvo la osadía de sublevarse y rebelarse contra la injusticia, así fuiste tú también: rebelde. ‘Nihil humani a me alienum puto’ —frase que retomó Marx y que, tal vez, tu también lo hubieras hecho—. Mirar la huasteca potosina y ser indiferente no era lo tuyo.

Allá dejaste tu juventud, tus sueños de libertad y ganas de que los pobres dejarán de serlo. La huasteca te cuidó; ramas y veredas te protegieron. Aunque andabas ‘a salto de mata’, fuiste un venado en la montaña, un prófugo en la ciudad y un héroe con los campesinos.

Pronto nos volveremos a ver Viejo Tonto. Cada árbol, cada río y cada montaña siguen guardando tu recuerdo. Tus pasos no los han borrado los años. El follaje protege tus huellas y esconde tu guarida. Los campesinos te aguardan y en su memoria conservan la imagen de aquel hombre aguerrido y combativo que luchó con ellos hasta el final.

Recibe un abrazo y un combativo saludo. La familia no te olvida. ¡Hasta siempre comandante Gaeta!

P.D.- Ahora tienes quien te acompañe y cuide tus pasos.

¡Gaeta vive, la lucha sigue!

¡Gaeta vive y vive, la lucha sigue y sigue!

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