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Pixie Ocampo: tragedia y trascendencia en pintura

La obra de Pixie Ocampo podría resumirla en el fragmento de un poema de Enrique Linh: «Es como un borracho que, harto de su imagen, en el Café de la Ópera, se suicidara arrojándose contra el espejo», sobre la brutalidad en la emoción.

 

En la ciudad de Querétaro, el arte pictórico se ha desenvuelto de manera concisa, específica y cerrada a gremios establecidos e identificados. Personas o personajes han labrado un nombre a partir de su trabajo y no pocas relaciones públicas y oportunidades centralizadas. De tal forma que el arte, en muchas ocasiones, se parece más a una plaza comercial que al ágora. Explorar, entonces, las diversidades alrededor de la ciudad, es un acto necesario. Los barrios, las calles, la periferia, el mundo más allá de una zona patrimonial, de experiencias e historias propias andando a la par que el resto, con algo que contar. Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que lo que puede soñar tu filosofía, anuncia Shakespeare, en Hamlet.

En este espacio nuestro y quizá no tanto hay multitud. Lugares de enunciación que expresan, de manera individual o colectiva, la propia interpretación del mundo que les rodea. Sentimientos, pensamientos, escenas, deseos. Da igual. Entre tantos, hay quienes a partir de la palabra tienen algo que contar: sentarse en el escalón de algún local y platicar, al compás de alguna canción y un trago. Los hay quienes con la imagen exclaman. Quienes son capaces de subir a un espectacular de 16 metros de altura para dejar huella. También los de taburete y lienzo, entes que mediante el óleo o acrílico, expresan. Dentro de estos personajes se encuentra Pixie Ocampo Ferrer, artista plástica del lado norte de la ciudad, egresada de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), aunque más bien de sus propias circunstancias.

La obra de Pixie Ocampo podría resumirla en el fragmento de un poema de Enrique Linh: «Es como un borracho que, harto de su imagen, en el Café de la Ópera, se suicidara arrojándose contra el espejo», sobre la brutalidad en la emoción. Hay dos referencias fundamentales en el trabajo de la autora, quien cuenta con dos exposiciones individuales de título «Homónimos» y «Álbum»: la trascendencia individual y la tragedia; como la literatura testimonial, Pixie Ocampo se interpreta a sí misma, consciente o no, y su obras se vinculan más a la autobiografía que a la novela, al rastreo introspectivo antes que una inventiva, el instante asido en la obra, son sus componentes. También hay tragedia, tópico sustancial en su obra, aunque no apacible, sino violenta: interpela a quien lo observa e incómoda, es el suicidio arrojado víctima de la angustia, no la planeación flemática.

El griego, nos cuenta Niezstche en ‘El nacimiento de la tragedia’, conoció y sintió los horrores y espantos de la existencia: para poder vivir tuvo que colocar delante de ellos la resplandeciente criatura onírica de los olímpicos, pero, ¿qué pasa cuando se asume? Cuando, como explicara Franz Kafka, no se cuestiona el sentido de fe, pero se sabe ajeno, «al menos no para nosotros», concluirá en su diálogo con Max Brod.

La pintura es un referente: no hay inmediaciones ni especulaciones sino concreción, sentido de pertenencia y expresividad. Así como hay evasivas también adjudicación mediante los dos sentidos del tiempo: la memoria y el olvido. «Gracias a la memoria sabemos que estamos vivos», referirá Fernando del Paso, «y lo podemos contar. Pero se existe… gracias a los momentos en que olvidamos ciertas verdades»; la artista prefiere la memoria, pues ya somos el olvido que seremos, y si amplío la referencia a Borges, sólo queda decir que «el mundo es, desgraciadamente real», y ella, desgraciadamente Pixie Ocampo Ferrer.

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