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Reconocimiento y encuentro con el otro

Han pasado grandes cambios desde la Revolución Industrial, varios descubrimientos y creaciones de artefactos que nos han facilitado varios aspectos desde lo cotidiano hasta la vida misma; incluso pasando algunas veces por Centro Universitario de la UAQ, se puede apreciar la afirmación: “La ciencia salva vidas”, y en efecto, así es. Sin embargo, se habla de ciencia como algo alejado de lo cotidiano, de una cosa que solo los expertos pueden hacer, y aquellas personas, los científicos, parecen ser seres inalcanzables, como si vivieran alejados de nosotros los comunes que nos encontramos en las calles, en medio del tráfico, en el supermercado, en los parques.

Esto no solo ha pasado con los científicos, sino con cualquier profesión u oficio, nuestra mente los clasifica como empleados, soldados, vendedores, maestras, etc., pero no como personas; solemos quedarnos con las etiquetas sociales. ¿Por qué pasa esto?, la masificación de producción y de población es tanta que se prioriza en el sistema capitalista la estabilidad económica antes que la estabilidad social, antes que la humanidad del ser.

“El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo” (Galeano, 1998). El autor Eduardo Galeano nos hace un obsequio a la reflexión, visibilizar al otro como una promesa, dejando atrás el papel antagónico que solemos darle a las personas que nos rodean, aquella amenaza latente en nuestra sociedad. Propone una visión alentadora que nos aleja de la soledad, la que nos rodea de “drogas químicas y amigos cibernéticos”, como un consuelo a la falta de vínculos sociales, de encuentros significativos. Esto nos ha trasladado a un entorno de aparente acompañamiento, pero entrañado de soledad, donde nos vemos distanciados, segmentados y reducidos a un rol. El encuentro con el otro va perdiendo humanización y se relaciona con fines utilitarios, “al barrendero le hablo solo porque necesito un servicio, pero ni siquiera me he acercado a saludarle antes”, los acercamientos se han basado en el interés para el beneficio propio. Sin embargo, el periodista uruguayo nos da pistas sobre los alcances de nuestros aportes a la sociedad, para no caer en una postura fatalista. La transformación es posible y está al alcance de todos.

Por ende, es necesario reconocer al otro más allá de aquello para lo que nos puede “servir”, ponernos lentes de empatía y humanizar nuestro andar, al brindar un trato digno en nuestro encuentro con el otro, aquel que no es ajeno a nuestra realidad y de quien es posible reconocer su dignidad humana; sin reducirnos a los roles sociales y el status que estos confieren, fuera de nuestras funciones laborales somos parecidos en muchos más aspectos, somos padres, madres, hermanos, amigas, hijos, nietas, etc. Nuestra realidad es mucho más compleja y amplia que las implicaciones capitalistas de nuestros tiempos.

Referencia: Galeano, E. (1998). Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Siglo XXI.

*Estudiantes de quinto semestre. Facultad de Psicología.

Contacto: ligesociocultural@gmail.com

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