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Tres Jinetes en el Cielo: Gaeta, Llanero Y Molina

En el Corrido de Rubén Jaramillo, José de Molina decía: “Tres jinetes en el cielo cabalgan con mucho brío y esos tres jinetes son Che, Zapata y Jaramillo”, pero hoy cambiamos esos nombres y ya podemos decir que dichos jinetes son Gaeta, Llanero y Molina.

Además de recordar a Don Gaeta en este tercer aniversario luctuoso, también hacemos un merecido y sencillo reconocimiento al ‘Llanero Solitito’ que falleció apenas en este año 2019. Se adelantó primero José de Molina, y ahora son tres las estrellas rojas que iluminan el cielo. Es por eso por lo que recordamos aquel encuentro que tuvimos con el inolvidable Enrique Cisneros Luján, El Llanero Solitito —así con mayúsculas— y cómo fue su impacto en tierras del semidesierto queretano.

Cliserio Gaeta nos dio la oportunidad de conocer al hombre que maquillaba su cara de manera sencilla y que siempre se presentaba en los espacios de lucha que así lo solicitaran. Por lo tanto y sin más preámbulos, iniciemos con la reseña. Lo conocí allá por el año de mil novecientos noventa y… ¡no me acuerdo! Yo apenas era un niño que tenía entre siete o nueve años. Pasamos por él a la terminal de autobuses que, en aquel entonces, se ubicaba entre las avenidas Luis Pasteur y Constituyentes, frente a la Alameda.

Recuerdo cuando ya iba con nosotros en el carro; que, por cierto, era un Renault muy compacto. Lo acompañaba otra persona de sexo masculino. Dentro del vehículo se encontraba el chofer, un niño que iba sentado en el asiento del copiloto; atrás, y siguiendo el mismo orden de izquierda a derecha —porque así lo exige la ocasión—, se colocó su compañero, en medio el Llanero; y, por último, faltaba yo, que lo miraba atónito, sorprendido y que no sabía qué decir ni hacer —no recuerdo si Enrique ya tenía el pelo blanco y la barba canosa, pero estaba muy seguro de que yo estaba muy impresionado por su aspecto—. Me acomodé detrás del copiloto.

Me mantuve callado, pensativo y sin decir palabra alguna, siempre pensativo; no entendía quién era (‘El Llanero’), a qué venía, ni porqué estaba con nosotros o porqué razón pasábamos por él a la terminal de autobuses. Ya dentro del carro, avanzamos por avenida Pasteur; él nos dijo que tenía hambre y que le diéramos “chance” de bajarse para comprar algo en una tienda.

Descendió del auto y, cuando regresó, recuerdo que llegó comiendo un yogurt —tal vez de sabor nuez, porque tenía un color blanco— de la marca “San Juan”, le agregó unas galletas de chocolate —lo inferí por el color oscuro de éstas— y, así, comenzó a comer. Al interior del auto, me miró y dijo: “¿Quieres?”. No le contesté, solamente moví la cabeza indicando que “no”.

Él continuó comiendo y yo mirando. Sin embargo, nunca le confesé que aquel yogurt con galletas que comía se me antojaba mucho y, hasta la fecha, a donde quiera que voy y miro yogurt con características parecidas a las que el ‘Llanero’ comía en aquel momento, recuerdo ese instante y viene mi memoria aquel encuentro.

Así transcurrió el recorrido, hasta que llegamos al lugar donde lo estaban esperando para presentar su trabajo como artista del pueblo. Era la novedad y todos ponían atención, se escuchaban carcajadas; y, otras veces, parece que reflexionaban lo que decía y hacía. Sin embargo, como eso pasó hace mucho tiempo, no tengo muchos recuerdos al respecto; sólo me viene a la mente que se escuchó la canción de El moco, y que los asistentes la escuchaban alegres, les parecía graciosa y se miraban unos a otros sorprendidos y sonrientes.

Después la memoria de aquella la primera vez que lo conocí se esfuma y no me permite seguir escribiendo de nuestro encuentro ni dar detalles de su presentación. Es más, ni siquiera tengo alguna remembranza de que hayamos tenido alguna plática entre ambos. No cruzamos palabras, no le dije ni por lo menos “si” a su invitación de probar el yogurt.

A pesar de mi corta edad en aquel tiempo, supe que ‘El Llanero Solitito’ era importante, que su labor como artista era significativa y que no era cualquier persona —tal vez porque el abuelo Gaeta lo había invitado y eso bastaba para darle toda la importancia—. No comprendía bien el contenido de su trabajo artístico-político, pero dentro de mí podía advertir que estuve frente a una de esas personas que son únicas y totalmente diferentes, que su presencia imponía al cualquiera que se le ponía enfrente.

 

Gaeta y el ‘Llanero Solitario’

Recordemos cómo se estableció contacto con Enrique Cisneros para presentarse en el semidesierto queretano: Don Gaeta acudía constantemente a la única caseta telefónica que había en San Pablo Tolimán. Allí, además del exguerrillero, había más personas que se comunicaban con sus familiares que estaban en el país vecino o en alguna otra parte de la República Mexicana.

Cada quien esperaba su turno. Una vez que Don Gaeta tuvo la oportunidad de entablar comunicación con el ‘Llanero’ y dar inicio a la organización para que éste último pudiera presentarse en aquella comunidad de Tolimán, Cliserio decía: “Bueno, estoy hablando con el Llanero Solitito”, expresaba Gaeta.

Atentos, los asistentes en la caseta telefónica también ponían cuidado a la comunicación. Disimuladamente trataban de saber con quién hablaba Don Gaeta. Paraban la oreja. Los curiosos no se retiraban; al contrario, seguían atentos, y ansiosos esperaban a que Gaeta terminara de hablar por teléfono y esperaban que éste les comentara algo.

Sin embargo, una vez que termina la llamada, Don Gaeta se retira. Los curiosos no pueden cargar a cuestas la duda de saber lo que se había acordado en aquella conversación y deciden comunicar a la comunidad lo que ellos entendieron de la llamada telefónica entre Gaeta y ‘El Llanero’. Por todos lados se corrió el rumor de que Don Gaeta había hablado con el ‘Llanero Solitario’ y que iba a ir a San Pablo.

Sin duda había una gran confusión, fruto de la curiosidad y la intriga. La gente de San Pablo no podía esperar y cerciorarse si la persona con la que se comunicó era otra distinta de la que ellos imaginaron (el ‘Llanero Solitario’). Así se corrió el rumor. Por todos lados se comentaba de la llegada del ‘Jinete de Plata’ a tierras tolimenses —cosa que nunca ocurriría—.

Las películas y la fama del héroe de origen gringo impresionaron tanto a los habitantes de San Pablo que estos nunca tuvieron la oportunidad cerciorarse si verdaderamente este pisaría su desértica comunidad. La popularidad de Don Gaeta se hizo más fuerte —pues cómo no, si aquel hombre era amigo de una estrella de cine—. Algunos más atrevidos preguntaban a la esposa del exguerrillero si era verdad que el ‘Llanero Solitario’ iría a San Pablo.

Sin querer, y gracias a la curiosidad de los habitantes de aquella comunidad del municipio de Tolimán, el evento político-cultura se hizo famoso y acaparó la atención de las personas. No podrían dejar ir aquella oportunidad de conocer en persona al ‘ranger’ de Texas que tanto admiraban en televisión.

Así pasaron los días. La gento no sabía que en realidad la persona que asistiría a aquel tan esperado evento era un mexicano chaparrito y moreno como muchos de ese país, que hablaba español y no traía ni a Toro ni plata (dinero); que nunca había actuado en televisión o en el cine estadounidense. Más bien, su espacio de siempre eran los foros de la Casa del Lago, las colonias populares, la escuelas y universidades, y todos aquellos lugares donde hubiera la oportunidad de presentar su trabajo revolucionario.

Sólo el tiempo daría la razón y dejaría en claro quién era la persona que tanto impacto les causaba. Por fin se llegó la fecha esperada, atentos en el jardín de San Pablo y acomodándose en primera fila, esperaban ansiosos el famoso grito de “¡Hi-yo, Silver, away!”. Pero, tal fue su suerte que lo primero que vieron fue a un hombre de baja estatura, disfrazado de manera sencilla y diciendo: “Ay ooojetes”.

No se sabe si los habitantes de San Pablo quedaron decepcionados al ver a aquel hombre pequeñito en comparación con el gringo que tenían en mente, pero, como no les quedó otra opción, decidieron permanecer en sus lugares y apreciar la presentación del llamado ‘Llanero Solitito’ iniciando con su cuento de presentación:

“Soy un trabajador apenas, un trabajador del teatro, sencillo. Con hambre en los rincones de dos que tres partes de mi organismo. Renta descongelada. Cuatro escuinclas y tres escuincles que llenar de frijoles y un salario mínimo; tan miserable siempre como el alma del rico. Pero, a veces, en las horas de mi soledad más íntima, suelo marcharme por líricos caminos en busca de algún cuento o en busca del olvido a tanta pena diaria que sufro en condominio con todas mis hermanos y hermanas, las del salario mínimo. A ustedes, mis cuentos les dedico”.

Sirva, pues, este pequeño texto como un pequeño reconocimiento por la lucha emprendida por Enrique Cisneros Luján ‘El Llanero Solitito’; y, por supuesto, de Cliserio Gaeta Jara.

 

¡Hasta siempre camaradas!

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