Opinión

125 razones para creer en un mundo mejor

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

El pasado 2 de noviembre vivimos otro de esos lutos festivos, propios de la cultura del México bravío, que se burla de la muerte y del dolor. Dicen que en las escuelas, y en las plazas públicas mexicanas, en este último año, logramos recuperar nuestras tradiciones populares de la visita al cementerio, de los cantos, de los altares de muertos, de los copales y sahumerios de romero, de ruda y eneldo, de hoja santa, de albahaca, yerbabuena, epazote y estragón; del pan de muerto, de La Llorona, de La Catrina, de las calaquitas de azúcar y las calaveras literarias, del papel picado, las charamuscas y los esqueletos de papel maché; frente a esas feas y malhechotas calabazas de plástico, con rebaba en sus junturas y disfraces de zombis o de Drácula, propios del imperialista “jalogüín”, que se propagan comercialmente, envueltos en negro y zanahoria.

Muchas veces los niños que pedían “dulces o travesuras”, con la cantaleta del “¡Jalogüín, jalogüín!”, tuvieron que cambiar por “¿no me da mi calaverita?”, para poder ser atendidos, ante la negativa de algunos necios chovinistas, globalifóbicos, que insisten en que “estamos en México y aquí no nos gustan las costumbres gringas”.

Quizás ahora nos volvimos mucho más sensibles a esta tradición de Todos Santos y del Día de Muertos, por las tantísimas defunciones que nos han sido anunciadas en los últimos años.

El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad de Javier Sicilia no se daba abasto, en el Ángel de la Independencia, para colocar las sin cuenta (sic) mil cruces, con sus sin cuenta mil veladoras, que recordaban a todos los muertos que ha costado la guerra calderonista. Tampoco han sido suficientes los pañuelos para enjugar las sin cuenta lágrimas de las mamás y papás, de los tíos y los abuelitos de esos sin cuenta niñitos de la guardería ABC, ni de los de las sin cuenta chicas de las maquiladoras de Ciudad Juárez, ni los de las del Estado de México, ni los de los muchachos de Creel, ni de todos los familiares y amigos de aquellos que se murieron de violencia intrafamiliar y de suicidio, por pura frustración o porque la vida terminó por volverse insoportable, porque, como dice Valenzuela Feijóo (en El mundo de hoy, mercado, razón, utopía) se les coló, “por todos los poros (…) la desesperanza, el cinismo, la auto-marginación y la sensación de que están clausuradas todas las alternativas y prohibidas todas las rutas de salida que conduzcan a su superación”.

Como sucede casi todos los años, diversos grupos de manifestantes, repudiando tanta violencia, fueron reprimidos otra vez, especialmente en Ciudad Juárez, por “los guardianes del orden”, por haber pintado en los espacios públicos un centenar de cruces negras, que apenas lograban representar el uno porciento de las nueve mil víctimas del odio y del desfogue pasional sin contención, que cosificó a las personas en esa ciudad, en los últimos tres años. Y es que es mucho más fácil encarcelar a manifestantes pacíficos, que a todos esos violentos que se hacen los invisibles, aunque bien los conozcan diversos funcionarios con autoridad formal.

Pero ya no lloremos, que “la Chispa de la Vida” viene a consolarnos. ¿Para qué preocuparnos por los dramas que vivimos en México en todos los órdenes?, ¿para qué sufrir por las terribles desigualdades sociales, o porque el asqueroso PRD se empeña en destruir la opción de la izquierda?, ¿o porque Peña Nieto invita a “ser audaces” y privatizar Pemex?, ¿o porque la Secretaria de Relaciones Exteriores admite inocentemente la penetración de la DEA?, ¿o porque la deuda pública ha aumentado estratosféricamente en los últimos años?; ¿para qué escandalizarnos por la corrupción y el desaliento generalizados o por el profundo desprecio que tienen los políticos por el pueblo?, ¿para qué sufrir por las reformas a la Ley Federal del Trabajo o a la Ley de Seguridad, etc.?; ¿para qué desgastarnos señalando las groseras y estúpidas reformas de la SEP, si a la Coca-Cola, que cumple en estos días sus 125 años de existencia, le ha dado por ser una empresa “socialmente responsable”, la educadora omnipresente, la promotora de los valores, de los derechos humanos, del optimismo, de la salud, de la paz y la buena onda?

Con su lema “viviendo positivamente”, y a través de un hermoso coro de chicos entusiastas, nos instruye, en un texto (que no pasó por ningún corrector de estilo), sobre “125 razones para creer en un mundo mejor: Es cierto, en los últimos años hemos sido testigos de algunas de las mayores tragedias de la humanidad, colectivas y personales, violencia, discriminación, atentados, crisis económicas, enfermedades… Sin embargo, también es cierto que en cada instante se pueden encontrar muchísimas cosas buenas y personas con voluntad de cambio que nos inspiran a salir adelante. Sólo tenemos que estar dispuestos a verlas” (…) En Coca Cola, hicimos una investigación que demuestra que hay más soluciones que problemas (…) Después de 125 años de existir, estamos convencidos de que en este mundo no hacen falta superhéroes, sino un mundo de héroes anónimos que se la juegan por los demás (sic). Seguimos creyendo que se puede construir un mundo mejor. Un mundo de manos tendidas, de sonrisas y esperanzas. Un mundo en donde podamos encontrar la felicidad, en donde todo lo que te propongas, nos propongamos, sea posible. Con energía y solidaridad. Donde lo más importante sean los sueños y los pequeños momentos…”

Como empresa socialmente responsable nos hace ver que “Los padres y tutores tienen el derecho a decidir qué consumen los niños, por eso nuestras botellas contienen algo más que una bebida”. Como empresa socialmente responsable la Coca-Cola se preocupa por promover “un estilo de vida activo y saludable con programas de fomento al deporte y la actividad física, beneficiando a 25 millones de mexicanos” y también dice que se preocupa por preservar el equilibrio ecológico.

Cuando niños nos contaron la fábula del lobo, disfrazado de oveja, que buscó aprovecharse de los pobres borreguitos que se habían quedado en casa solos, porque su mamá tuvo que salir a trabajar. Con este cuento aprendimos a desarrollar una sana actitud crítica, frente aquellos que pretenden engatusarnos, disfrazados de bondad.

La ansiedad que genera la falta de horizontes, la necesidad de consuelo y de protección frente a la violencia, el hastío ante los mensajes relativos a la problemática social, etc., lleva a muchos jóvenes a repudiar la política y a buscar los espacios de seguridad, de confort y del máximo disfrute posible en el aquí y el ahora; los lleva también a caer en las garras del lobo, disfrazado de oveja.

Una de las tareas educativas de mayor envergadura y que urge en la actualidad es la de promover una sólida alfabetización mediática entre las nuevas generaciones. Por tal entiendo el desarrollo de una actitud crítica frente a los mensajes que recibimos a través de todo tipo de medios; esto implica, no sólo tener cuidado frente a sus contenidos, sino también frente a las formas como éstos se transmiten.

Un vistazo a la Historia negra de las aguas negras (Gustavo Castro Rojo del CIEPAC, A.C.) es indispensable para reconocer el lado oscuro y siniestro de esa empresa que se nos muestra como la portadora de los valores humanos más elevados. Según diversas investigaciones, como la de Castro, La Compañía Coca-Cola, desde tiempo atrás, ha sido acusada de estar involucrada en múltiples violaciones a los derechos humanos, a diversas legislaciones y en múltiples daños a las poblaciones en donde se asienta: flagrante y multimillonaria evasión de impuestos, tendencias monopólicas, fraudes, asesinatos, torturas y amenazas; persecución y chantajes a campesinos, obreros, sindicatos, pequeños comerciantes, gobiernos y empresas de todo tipo; contaminación del medio ambiente, robo de agua y perturbación de las culturas populares, entre otros delitos.

Hay una respuesta mexicana al anuncio de Coca Cola que concluye: “Efectivamente, creemos que hay muchas razones para creer en un mundo mejor, pero NO están en una botella de Coca-Cola”.

Hacer estas razones visibles a nuestros niños y jóvenes es una tarea insoslayable de la educación actual. Todo el arte popular mexicano, que nos identifica; toda la belleza teatral, poética, plástica, dancística, lúdica y musical; todo el recogimiento y la comunicación en silencio con nuestros antepasados, que se crea y se recrea durante las celebraciones del Día de Muertos en México, es una de ellas.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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