8M: Recuento de los daños

Cada año, muchas mujeres lidiamos con debates cuasi-estériles sobre la importancia histórica, política y social del 8 de marzo, reconocido internacionalmente como “El Día de la Mujer”. Un día al año, solo un día, en el que se ha luchado para que el espacio público sea escenario de demandas, denuncias, protestas, cantos, consignas e incluso iconoclasias. A pesar de los esfuerzos por socializar el mensaje, el flujo de información se enfoca en lo que considera vandalismo, violencia y radicalización.
Aquel día, y gracias a la maravillosa inmediatez de las redes sociales, videos de mujeres que documentaron parte de la marcha del 8M en Querétaro se viralizaron para mostrar cómo un hombre con cámara fotográfica en mano fue capaz de propinarle una patada en el rostro, presuntamente a una menor de edad; esto a consecuencia de pedirle que se alejara de los contingentes, ya que históricamente se convocan a reporteras, investigadoras y fotógrafas para documentar los hechos, preponderando, evidentemente, la participación de las mujeres debido a la brecha histórica de desigualdad en todos los ámbitos.
Se instrumentalizaron los tendederos de deudores alimentarios con fines de propaganda política. Lo que debería de ser un espacio de denuncia pública, por efectos de la incapacidad de las autoridades formales para otorgar justicia, se ha utilizado como un escaparate de micro-campañas sucias al tender presuntas denuncias con rostros de personajes que figuran en la vida política de Querétaro, lo que ocasiona a que les dé foco a quiénes de inmediato realizan videos y comunicados en afán de restaurar su buen nombre.
Además, se promovieron discursos que fomentan la preponderancia al cuidado del patrimonio histórico y símbolos religiosos. Los actos de iconoclasia tal vez son las acciones políticas menos entendidas, pues la percepción de quienes no tengan claro el contexto histórico les puede generar un rechazo inmediato ante lo que consideran vandalismo y blasfemia. El Templo de San Francisco de Asís, cimentado en pleno corazón del Centro Histórico, fue intervenido con consignas como “abusadores”, “México feminista”, “Feminicidas”, “¿Religión? Rebelión”. Aumentando un rechazo generalizado ante el intento de flamear la entrada principal del Templo, que, para fortuna de la puerta, “no se quemó gracias a toda la prevención, a toda la obra preventiva [sic] que se hizo de poner materiales retardantes en cuanto al fuego, gracias a esta acción pudo evitarse un daño mayor”, manifestó el vocero de la Diócesis de Querétaro, Martín Lara Becerril. Me pregunto si el vocero o algún jerarca de la iglesia católica podrían realizar un ejercicio de exégesis y considerar los actos de iconoclasia como una reacción ante la deuda histórica que tiene el cristianismo por la persecución –principalmente hacia mujeres–, que desencadenó la bula de “summis desiderantes”.
Si las intervenciones iconoclastas parecieron alarmantes, más alarmante son las cifras de la Encuesta ENDIREH 2021, que revelan que el 75.2 por ciento de las mujeres en Querétaro han experimentado violencia psicológica, física, sexual, económica o patrimonial. ¿Cuántas acciones preventivas se tomarán para proteger a las mujeres? ¿Más que las que se tomaron para el cuidado de los monumentos?



