¿A cuánto la democracia?

La caída de un hombre no supone, por sí misma, la liberación de un pueblo. El falso dilema es una trampa.
El sábado mientras miraba la televisión pública venezolana, apareció en pantalla una mujer envuelta en la bandera de su país. Hablaba a pocas horas de que Estados Unidos ingresara de manera ilegal al espacio aéreo venezolano con más de 150 aviones de guerra, irrumpiera en una residencia de máxima seguridad y se llevara al presidente de esa nación, junto con su esposa.
La mujer en la televisión hablaba sin rabia, casi con una sonrisa:
“Sí. Es el precio que tenemos que pagar todos como venezolanos: nuestro petróleo. Pero quizá vamos a estar mucho mejor. Es el precio que hay que pagar”.
La frase se me quedó atravesada porque nos confirma que incluso la esperanza aprende a hablar el lenguaje de los vencedores.
Pero no escribo para regatear la expectativa que un operativo de guerra y detención ilegal, despertó en millones de venezolanos; pues después de años de autoritarismo, miseria y violencia, cualquier sacudida puede sentirse como victoria. Esa sensación no se discute. Lo que sí, es necesario desmontar el falso dilema que se instaló desde esa mañana.
Desde entonces, se repite una dualidad diseñada para tranquilizar conciencias: que se puede estar en contra de Estados Unidos, pero celebrar la liberación de Venezuela; que se puede rechazar el intervencionismo, pero aceptar que “era necesario”. Incluso columnistas que celebraban el fin de una dictadura, a costa de la invasión.
Bueno, no es así. La caída de un hombre no supone, por sí misma, la liberación de un pueblo. El falso dilema es una trampa.
Quien celebra la captura de Nicolás Maduro como si fuera el inicio automático de la libertad venezolana confunde la democracia con botín. Porque no hay democracia que cueste miles de millones de barriles de petróleo.
Y no hace falta creerme, sino los propios protagonistas. Basta escuchar la conferencia de prensa ofrecida por Donald Trump apenas horas después de la detención de Nicolás Maduro. Las palabras “democracia”, “soberanía”, “derechos humanos” brillaron por su ausencia. De hecho Trump explicó que la detención del venezolano era por su condición de narcotraficante; no de dictador, ni de presidente ilegitimo, ni por haber robado las elecciones o haber implementado una política criminal en su país durante años llevando al exilio a 8 millones de venezolanos.
Pero sí habló de la transición que se viene; no de una transición democrática, claro, sino de una transición comercial. Frente a los ojos del mundo explicó, con entusiasmo, su nuevo proyecto estratégico para que las empresas estadounidenses controlen la producción del petróleo venezolano. Porque, casualmente, Venezuela es el país con las mayores reservas del mundo. Pero eso, por supuesto, es solo una coincidencia.
Dicho de otro modo: la democracia puede esperar. El petróleo, no.
Por eso la esperanza también puede ser engañosa. Y se vuelve peligrosa cuando confunde la caída de un dictador con la emancipación de todo un país. Cuando confunde la libertad con mercancía. El gesto externo, con una conquista propia. No hay dilema posible.
No existe una democracia a cambio del petróleo. La primera solo es posible si se construye; el segundo se extrae, se controla, se disputa.
Pensar que la transición democrática depende del precio del petróleo no solo es ingenuo, es demostrar que hemos vaciado de todo sentido la palabra democracia.



No hubo, hay, ni habrá «democracia» sin soberanía. La soberanía solo es posible sin injerencia del imperio, ni los países mas «democráticos» son soberanos, si los intereses de USA y del capital siguen traspasando cualquier frontera y gobierno, así como ideologías.
Para tratar de dejar de lado la narrativa anglosajona imperialista y «anti-cualquier otro tipo de gobierno», considero que habría que comenzar a usar los términos soberanía y autodeterminación para hablar de las naciones acechadas por USA, y que no casualmente suelen tener otro tipo de gobierno, para poco a poco, quitarle valor y peso a palabras como democracia, dictadura, régimen totalitario, etc. que alimentan el imaginario colectivo que los medios, principalmente privados, han implantado en las masas.
Es bueno leer opiniones con pensamiento critico. Saludos Brenda.