Opinión

¿A dónde van las marchas?

Por Angélica H Morales

Comprendo bien que las palabras presentes no parecen coincidir con mi habitual sentimiento de descontento político y social, pero es justamente ese descontento el que incita mi discurso.

Valiosos esfuerzos están siendo desperdiciados sin beneficio alguno. Gran parte de una generación joven se manifiesta desde hace algunos meses en contra del sistema político nacional y de sus grandes titiriteros. Y aunque en un primer momento sus acciones promovieron el despertar de la consciencia social, a estas alturas llevan a cabo una labor sin fondos ni frutos posibles.

Resumo:

Vuelve al poder (¿alguna vez se fue?) el creador del sistema político impuesto hace más de 80 años en nuestro país. Regresa para dirigir de nuevo la vida de los mexicanos después de 12 años de más decepciones y, lo peor, lo hace apoyado por más de un tercio de la población.

No sé si quienes se manifiestan contra la imposición de Peña Nieto se han percatado de que pretenden derrocar al tirano a través del sistema que el propio tirano creó. Los ciudadanos de a pie, a quienes más nos afectan las disposiciones de nuestros gobernantes, llevamos las de perder en esta lucha porque las leyes mismas han sido creadas y reformadas a través del tiempo para defender a la clase político-empresarial, no para limitarla.

No sé si nadie se ha dado cuenta que ésta no puede ser clasificada como una revolución social o de pensamiento, porque quienes se manifiestan y marchan no proponen la creación de un nuevo paradigma económico, político y social, sino por la permanencia del actual con cambios estructurales en la escala de valores.

No sé si quienes proponen un boicot económico son conscientes de las limitaciones del sistema comercial monopólico en el que estamos inmersos. Proponen dejar de consumir productos como Marinela, Coca-Cola, Maseca, Colgate, Comex; servicios como Telmex, Movistar, Megacable; no comprar en cadenas como Wal-Mart, Soriana, Liverpool, Sanborns. ¿Quieren un verdadero boicot comercial? No consumamos, entonces, ningún producto de la comercializadora Unilever, es decir, el 70 por ciento de los productos del mercado. Del restante 30 por ciento existente en las cadenas de autoservicio tampoco podemos consumir ni un solo producto, puesto que éstas adquieren sus mercancías a través de intermediarios. Nos quedarían los mercados tradicionales, atestados de materias primas, frutas, verduras, legumbres, carnes de origen extranjero.

Tampoco podemos utilizar ningún sistema de Internet, pues todos subarriendan los servicios del emporio dirigido por Slim. No utilicemos ningún sistema automotor a gasolina, porque Pemex es el principal proveedor de riquezas para la clase política.

Cancelemos cuentas en cualquier entidad bancaria, no consumamos mercancías importadas ni tecnologías compradas a países que han reconocido a Peña Nieto como el virtual Presidente electo. En pocas palabras, consumamos sólo artículos básicos de productores nacionales o sigamos manteniendo al monstruo. El boicot comercial es una posibilidad en los países en los que existe una verdadera competencia, no en uno monopólico ­­-en todos los rubros- como el nuestro.

A este punto, las marchas, los mítines, los plantones, el recuento de votos, la exposición de irregularidades, las cartas dirigidas a los organismos internacionales, todo ese sinfín de artilugios creados por el propio sistema resultan como flechas de flores contra corazas de acero reforzado.

Considero que el cambio debe ser reestructurado y redirigido; las fuerzas ocupadas en lograr un viraje imposible -desde donde se lo mire- deben ser encauzadas hacia la construcción de un nuevo sistema sociopolítico y hasta económico (aunque quizá sea «y sobre todo»). Pareciera que todos los grupos manifestantes plantean la reorganización de un sistema obsoleto, cuando lo que se necesita es la instauración de uno totalmente distinto.

Quienes niegan la necesidad de una revolución armada tampoco han podido generar una revolución intelectual, y viceversa. En más de una ocasión, marchas eminentemente pacíficas e informativas se han llenado de expresiones vulgares de descontento. Pelean contra la ignorancia demostrando su falta de educación cívica; que para expresar el fastidio ante la porquería no hace falta ser parte de la misma.

Como en todo, considero, lo que necesitamos es la conjunción de los opuestos o, más bien, de los complementarios. Ser revolucionario no significa ser violento pero ser justo no implica ser sumiso.

Yo participé en la primera marcha de #YoSoy132 convocada en Querétaro porque entonces había una propuesta: que los medios fueran imparciales, que emitieran la misma cantidad de espacios dedicados a cada candidato, que se hablara de los pros pero sobre todo de los contras de cada propuesta. Entonces significaba algo, entonces había un motivo, un problema y una solución que nos beneficiaba a todos, sin importar nuestra preferencia electoral.

Ahora, tristemente, veo una lucha polarizada: o es Peña Nieto o es Obrador. Y lamento lo siguiente porque afecta a mis propias preferencias, pero ninguno de los dos representa ya la solución para un pueblo harto de un mismo sistema al que los dos, de hecho, pertenecen, cada uno con sus bemoles.

 

Imaginemos la posibilidad de la participación de policías y militares -ese gremio tan despreciado y a la vez tan incomprendido- de jueces, abogados, politólogos, periodistas, sociólogos, ingenieros, médicos, todo gremio profesionista, campesinos, ganaderos, obreros…

 

Si el despertar del pueblo va en serio, dejemos de lado las preferencias electorales, los candidatos únicos, las marchas no propositivas, consideremos mejor la inclusión de los sectores sociales desfavorecidos por las políticas actuales, la creación de un nuevo paradigma realmente democrático y equitativo. A estas alturas del desarrollo nacional, la imposición de Peña Nieto o de Obrador no hará más que extender la agonía de un sistema obsoleto y del país que mansamente lo sostiene.

 

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