Opinión

Adiós capitalismo

Por: Omar Árcega

«Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera, no se resolverán los problemas del mundo»

Papa Francisco

Las agencias internacionales de noticias estaban a la espera, los editores esperaban con ansias los primeros informes y no quedaron defraudados. El Papa Francisco volvió a sorprender al mundo, hace unos días publicó su primera exhortación apostólica, un documento donde delinea el actuar de la Iglesia para los próximos años.

Entre los muchos temas que trató, hubo uno que llamó la atención del mundo entero: el del injusto sistema económico en que vivimos y cómo está consumiendo la vida de millones de personas. No es la primera vez que los máximos dirigentes de la Iglesia tocan el tema, Juan Pablo II hizo señalamientos al respecto, y Benedicto XVI llegó a expresar « La economía no funciona sólo con una autorregulación mercantil, sino que necesita de una razón ética para funcionar para el hombre» o denunció «el hombre debe ser el centro de la economía y esta no se debe medir según el máximo beneficio, sino según el bien de todos». Sin embargo estos señalamientos no causaron el revuelo de las expresiones del Papa Francisco, quizá porque no estaban acompañadas de los signos que son tan característicos de este pontífice: cercanía con los más desprotegidos de la sociedad, sencillez en el trato, lenguaje directo sin desvaríos teológicos y la bien ganada fama de vivir la pobreza evangélica.

Lo que dijo

Las expresiones que más impactaron del Papa Francisco fueron su crítica a una economía donde el mercado sea el único regulador «algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante». Recuerda que los excluidos siguen esperando los beneficios de estas teorías económicas y advierte «Hemos dado inicio a la cultura del «descarte». Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, “sobrantes”».

Son señalamientos fuertes que vienen acompañados con su testimonio de vida, esto hace la gran diferencia. Hacia el interior de la Iglesia católica el marcar, el poner el acento en estas realidades de injusticia y exclusión causó gran revuelo, sobre todo en los grupos más conservadores; incluso hay sectores que de forma soterrada cuestionan la autoridad del obispo de Roma. Para el resto de los católicos debería ser una llamada de atención sobre su legitimar activa o pasivamente las reglas económicas que hoy nos gobiernan. Visibilizar estas situaciones son el primer paso para cambiarlas, pero hace falta una sociedad que presione para lograr los cambios necesarios, una academia que aporte sus reflexiones de forma clara, contundente y concisa eliminando el enciclopedismo discursivo que es poco atractivo al ciudadano; unas organizaciones civiles que levanten la voz sin miedos y movimientos tales como «Occupy Wall Street» que muestren el descontento de las grandes masas. Solo con todos estos actores presionando al mismo tiempo se podría lograr algún cambio. Estamos ante situaciones cercanas a las que padecían los obreros en la Revolución Industrial y solo hasta que estos levantaron la voz, las condiciones de su trabajo empezaron a sufrir modificaciones.

El reto

En el corazón de este modelo económico se encuentra una actitud de egoísmo. Los dueños del dinero solo viven para multiplicar al máximo su ganancia mediante el sistema financiero y desde ahí se genera el comportamiento de alcanzar el mayor beneficio posible, esto solo se logra disminuyendo costos y una forma de hacerlo es sacrificar el costo de la mano de obra, así se genera una dinámica perversa donde los trabajadores reciben menos salarios y por lo tanto se merma su calidad de vida.

Al mundo le urge una economía al servicio del ser humano, donde este sea el fin y no solo el medio. Actitud que impediría la acumulación grotesca de ganancia. Es necesario no solo para no lastimar la dignidad de los millones de personas que sufren las consecuencias de esta voracidad desmedida, sino que también está en juego la propia subsistencia del sistema capitalista, pues este se basa en el consumo y pare ello es menester gente con dinero y esto no se logra excluyendo sino incluyendo. Debemos estar atentos en los próximos años sobre el impacto de los señalamientos del pontífice, estos servirán de poco si no existe una sociedad mundial que le haga frente a los dueños del dinero.

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