Opinión

Agradece ser mexicano

The american life

Por: Nadia Nesme

Desde nuestra llegada al mundo nuestra existencia va a estar marcada por el lugar en el que nacemos. Esta idea me brotó mientras disfrutaba de una tradicional cena americana y desde ese momento no dejó de dar vueltas en mi cabeza.

Conforme vamos creciendo y entendiendo un poco al mundo, es inevitable darnos cuenta de que nuestra perspectiva de la realidad siempre tendrá un estigma: nuestra nacionalidad. El país, la tierra natal, queramos o no, nos guste o no, va a marcar nuestro comportamiento, la forma en que interactuamos con los demás seres vivos, la manera en que estructuramos nuestros pensamientos e ideas, nos ayudará a decidir la ropa que usamos, los sentimientos que surgen cuando vemos alguna película, lo que comentamos cuando escuchamos alguna canción y pondrá en una balanza, de manera inconsciente algunas veces, lo que es importante en la vida para existir.

Tal vez suene un poco exagerado, pero si lo pensamos con detenimiento, las dimensiones geográficas son las que definen nuestras diferencias culturales, son las que, a partir de cuestiones intangibles como las costumbres, tradiciones y conocimientos, dotan a todo ser humano de identidad. Nuestra nacionalidad siempre será “la cruz de nuestra parroquia” y ésa nunca se puede negar.

El pasado 22 de noviembre me tocó ser partícipe de la tradicional comida de Thanksgiving, famosa en Estados Unidos y Canadá. En realidad no se como festejen este día los canadienses pero el día festivo de los norteamericanos es algo digno de compartir.

Como pasa con todo buen día de fiesta, el verdadero origen de esta celebración se encuentra en proceso de olvido, la historia de los peregrinos y los indios que compartieron alimentos se ha visto resumida. A pesar de esto, el cuarto jueves de cada mes de noviembre siempre es pretexto, sin importar religión o creencias, para juntarse y agradecer, simplemente agradecer todo lo que se tiene.

Así, observando la grandeza de cada platillo que estaba esa tarde sobre la mesa, presenciando a familias unidas alrededor de un pavo, entendí que nuestra nacionalidad y lo magnífico, lo que hace única a cada cultura, también se encuentra presente en la comida. El haber nacido en un lugar en específico lo llevaremos siempre cargando en la espalda y estará presente hasta en la forma en que agarramos un tenedor para comer.

Y es ahí, sentada en una mesa, rodeada de americanos, en un país ajeno al mío, celebrando algo que en realidad no era significativo para mí, que descubrí lo gratificante de realizar un intercambio cultural. Acercarse a otras culturas sin imponer la tuya, apreciar la historia de otro país sin dejar de recordar la propia, valorar nuestras tradiciones sin dejar de reconocer las costumbres de los demás, pero sobre todo crear un acercamiento que facilite el entendimiento de ambas partes y el respeto por lo que es diferente, por la identidad de los demás.

@NadiaNesme

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