Opinión

Alta decepción

Por: Efraín Mendoza

Transcurrida la quinta parte del tiempo que ocupará Enrique Peña Nieto la presidencia de la República, podríamos sintetizar su desempeño con estas palabras: el del PRI no ha sido un feliz retorno. El panorama es de un muy temprano desencanto, sólo que lo interesante es que el desencanto ocurre no sólo en los niveles populares sino en las élites, tradicionalmente aliadas de la figura presidencial.

Primer dato. La más reciente medición de Mitofsky mostró que la popularidad del presidente va a la baja. Empezó diciembre de 2012 con 54 puntos de aprobación; en mayo de 2013 alcanzó hasta 57.3 y para finales del año descendió a 49.7 por ciento. Entre los más recientes tres presidentes priístas, es el único que acusa una caída de popularidad. Ernesto Zedillo en su primer año de gobierno subió un punto, mientras que Carlos Salinas pasó de 57 a 69 por ciento de aprobación.

En la base social se percibe al gobierno de Peña Nieto como lejano frente a las angustias de los pobres, débil en asuntos políticos y sin control del país y, desde luego, se le reprocha no haber mejorado la seguridad. Podría comprenderse esta desaprobación con el hecho de que Peña Nieto se hizo de la presidencia con el 62% de los votos en contra, pues llegó al cargo con apenas el 38 de la voluntad ciudadana. Para la población en general, su situación ha empeorado con un trasfondo histórico de deterioro creciente. No olvidemos que la Comisión Económica para América Latica (CEPAL) nos ha recordado en estos días que el salario mínimo que se paga en México es el más bajo en toda América Latina, más abajo incluso que Venezuela, el nuevo demonio latinoamericano.

Veamos otros frentes.

La consultora KPMG, ubicada entre las cuatro firmas de asesoramiento financiero más importantes del mundo, mide periódicamente la percepción de los altos dirigentes de negocios del país, y a través del estudio “Perspectivas de Alta Dirección en México en 2014” ha mostrado las apreciaciones de presidentes de consejos de administración, directores generales, gerentes y vicepresidentes de empresas de diversos ramos.

Resulta que de cada diez capitanes de empresa, sólo uno considera que el gobierno tuvo un buen desempeño en materia económica durante 2013. Tenemos, pues, que un voluminoso 91 por ciento de la élite económica evalúa su desempeño entre regular, malo y pésimo. Es muy alta la decepción en un sector tradicionalmente privilegiado, máxime si recordamos que en la medición del año pasado, al inicio de este gobierno, 49 por ciento de los altos mandos empresariales calificaron el desempeño del gobierno federal como “bueno” y 12% como excelente. A un año, Enrique Peña Nieto perdió a ese 12 por ciento que lo calificaba como excelente y, más aún, perdió a 40 de los 49 que le daban buenas calificaciones.

Podríamos pensar que, por un lado, el empresariado no tiene quién pueda saciarlo, sobre todo cuando las llamadas “reformas estructurales” van orientadas, justamente, a consentir al capital, no al trabajo. También podríamos suponer que esto refleja que, efectivamente, el desempeño del gobierno ha sido errático, patético, al tiempo que el ministro de Hacienda resultó un fiasco hasta para sus promotores y aliados.

Un último dato.

Junto al empresariado, otro segmento de la élite tradicionalmente aliada de los gobiernos en el país es la cúpula de la Iglesia Católica. Tal vez como un síntoma del “efecto Francisco” en México, pues el nuevo pontífice está exigiendo a los obispos dejen las púrpuras y comiencen a “oler a oveja”, durante el encuentro privado que el pleno del Episcopado sostuvo con el presidente el pasado 2 de mayo, le fue entregado un documento que en su parte esencial consta de cinco preguntas que son, en realidad, severos juicios que, por primera vez en muchos años, se alejan del tono aterciopelado, acrítico e incondicional que se le tenía reservado.

Hay en ese planteamiento un cuestionamiento a la esencia de las reformas y se percibe un guiño hacia los críticos y, en general, hacia los intereses de la sociedad desprovista de poder institucional. Respecto de la reforma educativa, los obispos exigen que se garantice que los cambios no alimenten “una nueva estructura burocrática que sólo defienda sus propios intereses”, y respecto de la fiscal, se preguntan si ésta no constituye “una maraña en la que puedan evadirse o esconderse quienes se benefician de los recursos del pueblo de México”.

En relación con la reforma política, exigen que se garantice que sea útil para superar “las artimañas de los más habilidosos para lucrar con el poder”, en tanto que de la energética piden se garantice que efectivamente sirva para superar los “graves atrasos” y que se garanticen controles para que los nuevos inversionistas cuiden el ambiente y contribuyan al progreso social “por encima de sus intereses particulares”.

Por último, en relación con la reforma en Telecomunicaciones, la cúpula eclesiástica exige garantías de que se pondrán al alcance de todos las ventajas de la tecnología, la calidad de los contenidos y el respeto a la dignidad y privacidad de los ciudadanos, al tiempo que formulan una aseveración rotunda: “¡Sin verdad y sin justicia los monopolios sólo cambiarán de manos, la manipulación de la opinión pública y de los contenidos la definirán los intereses dominantes!”

A estos tres datos podríamos añadir evidencias adicionales de la decepción y de este nada feliz retorno del PRI. Como el recurso promovido por una veintena de Premios Nacionales de Ciencias y Artes contra la reforma energética, o las muy celebradas preguntas que formuló el cineasta Alfonso Cuarón. Lo cierto es que los fastos del arranque de este gobierno, que en los subsuelos ocultaban la restauración del centralismo autoritario, acabaron convirtiéndose en un auténtico naufragio.

 

Ciudad de Querétaro, mayo 8, 2014

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