Opinión

Alta desconfianza

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Nunca estará de más insistir en la cada vez más penosa pérdida de confianza de los ciudadanos hacia los políticos. Tienen un prestigio bajo cero muy bien ganado. Todos los días, los periódicos y noticiarios nos aportan algún nuevo motivo de desconfianza hacia ellos. Sea bajo la forma de alguna promesa incumplida o de algún discurso que hace quedar mal a la realidad; sea porque se antepone el interés de las tabacaleras al de los pulmones limpios o por las absurdas prioridades que ponen por delante el ornato frente a las necesidades básicas de la población; sea bajo cualquiera de esas formas, hasta escenas grotescas como las de Pancho Cachondo o el hijo del rey de la basura, íconos del político deleznable.

Parte de la mala fama de los políticos es inherente a su función, pues son justamente ellos los que aprueban los nuevos impuestos, los que definen las nuevas prohibiciones legales, los que imponen a los ciudadanos nuevas obligaciones… son los que crean nuevas figuras delictivas, incluyendo la fijación de cuántos años puede un ciudadano pasar en la sombra. Pero si son los que imponen las multas y, de paso, se sirven con la cuchara grande del presupuesto, motivos de sobra habrá para sentirles rencor. Entre los diputados se dice, medio en broma y medio en serio, que la curul dura tres años, pero el desprestigio toda la vida.

En cada medición anual, Latinobarómetro nos confirma la bien ganada mala fama de los políticos en todo el mundo. Máxime si la mayoría de los habitantes del planeta se ubican en la clase baja, que suele ser siempre la más afectada con las decisiones de los políticos. Para América Latina, ese organismo ubica dentro de la clase baja a 68 de cada 100 latinoamericanos; en la clase media, a un tercio; y en la clase alta, únicamente al 2 por ciento. De ese tamaño podría ser el rencor hacia la capa delgadita que forman los que gozan de todos los privilegios. No les falta nada y, además de no faltarles nada, le imponen al resto lo que les place, pues tienen el control de las instituciones formales para ello.

La mayoría de los latinoamericanos vive la política como un padecimiento, como algo que hay que sufrir, de ahí el alto desprecio que se le tiene. Por ello, muchos se declaran abiertamente ajenos y hasta de espaldas a la actividad de los políticos. No sólo lucen con orgullo su abstencionismo sino que se solazan diciendo que pueden vivir sin ellos. Cosa que, entre paréntesis, favorece la impunidad y la precaria rendición de cuentas de los políticos.

Para 2013, el interés por la política en América Latina alcanzó apenas el 28 por ciento, un punto promedio entre el 33 que alcanzó en 1997 y el 24 que registró un año antes. Es interesante notar que el más alto interés en la política lo registró Venezuela, con 49 por ciento. Quizá esto se explique porque se trata de un país altamente polarizado. Entre los países que reportan el más bajo interés está Chile, un país con una importante tasa de crecimiento económico, donde sólo 17 por ciento de los ciudadanos se dice interesado en la política. México anda sobre 30 puntos. En la medida que los ciudadanos toman conciencia de la relevancia del papel de los políticos sobre sus vidas personales, suelen cobrar interés en lo que dicen y en lo que éstos hacen o dejan de hacer.

Sólo uno de cada cuatro latinoamericanos toma en serio la política. Pero aún más, de cada 100 latinoamericanos, 90 nunca han ido a una manifestación de protesta ni han firmado una petición al gobierno y menos han trabajado para un partido político.

Pero hay un dato adicional que podría ser aún más dramático, que es la desconfianza interpersonal, la desconfianza entre ciudadanos. En países europeos, la confianza interpersonal anda sobre el 70 por ciento. Sólo 30 de cada 100 dicen no tener confianza en las otras personas, en sus vecinos, en sus compañeros de trabajo. En nuestra región, la proporción se invierte, pues aquí la gran mayoría no confía, no confiamos, en los otros. Entre 1999 y 2011, la confianza de los latinoamericanos en las personas se mantuvo oscilante entre 16 y 23 por ciento. Muy bajo. De cada 100, 77 personas nos resultan indignas de confianza. México está ubicado en la media latinoamericana.

Lo cierto es que estamos ante un cuadro severo: alta desconfianza de los ciudadanos hacia los hombres y mujeres con poder. Pero también una muy alta desconfianza hacia los que no tienen poder, hacia la gente común. Si no confiamos unos en otros, menos habrá posibilidad de apoyarnos unos a otros. Por eso no prosperan las organizaciones. Cosa en la que los gobiernos algo ha tenido que ver: por ejemplo, al amparo de la psicosis que ha provocado la inseguridad, el Estado ha abdicado de sus facultades investigadoras y ha dotado a los ciudadanos de una nueva condición: ser delatores de sus vecinos, con la comodidad de la denuncia anónima. Nos ha invadido el espíritu de la sospecha y cualquier ruido o movimiento nos mete en la tentación de llamar al 066 o al 089 o a uno de tantos 01 800 puestos para ello. Cualquiera de nosotros, mal encarado o no, a los ojos de los otros, es un presunto delincuente. O, al menos, sospechosos.

Alta desconfianza.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba