Opinión

Alternancia familiar

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Por alguna razón recordé en días pasados a Manuel Camacho Solís, ex regente del Distrito Federal y en sus tiempos juveniles autor de algunos interesantes ensayos políticos. En una visita a Querétaro, le oí decir que para entender la política mexicana no había que remitirse a las siglas de los partidos, sino que era necesario identificar los círculos de poder, que traspasan las fronteras partidarias, las atraviesa y las supera. Y también recordé cómo un primero de mayo del siglo pasado el palabrero Julio Figueroa se integró al contingente obrero con una pancarta que buscaba poner el acento en la confrontación entre el Estado Familiar Queretano, cerrado, y la Sociedad Abierta Democrática.

 

Viene esto a cuento por la próxima elección de gobernador. Aunque jugarán diez partidos políticos, la disputa real estará centrada en dos: Roberto Loyola Vera, del PRI, y Francisco Domínguez Servién, del PAN. Las últimas tres elecciones de gobernador se han decidido por diferencias entre 3 y 5 puntos, que equivalen a la población de dos colonias de la capital. Hay que ir consiguiendo impermeables, pues hay en el horizonte señales de tormenta y lodazal.

En realidad, lo que veremos no es una disputa entre partidos o ideologías, menos aún de proyectos de sociedad, veremos una disputa entre familias que han controlado las instituciones del Estado en los últimos tiempos. En una primera aproximación, veamos las ligas que unen las esferas de ambos candidatos para darnos cuenta que las fronteras entre PRI y PAN sólo existen en las boletas electorales.

Si el priísta Roberto Loyola Vera llegara a ser electo gobernador, ocupará de aquí hasta el año 2021 la misma silla que ocupó su hermano, el panista Ignacio Loyola Vera, que gobernó de 1997 a 2003.

Si la gubernatura la ganara el panista Francisco Domínguez Servién, ocupará la silla que ocupó antes el abuelo de su esposa, el priísta Juventino Castro Sánchez, en los años 50.

En realidad, con la liberalización de la política, la oligarquía local encontró la forma de controlar el acceso del poder por dos vías distintas. Dos vías distintas pero un solo propósito verdadero. No es que las familias se hayan pluralizado, sucede que con pragmatismo encontraron el modo de siempre salir ganando. Los entendimientos entre las mismas familias se expresan de mil formas cotidianas. Por ejemplo, cuando Enrique Burgos buscó la gubernatura por el PRI, tuvo como cuartel de campaña la Casa de la Zacatecana, propiedad del padre del gobernador Ignacio Loyola, emanado del PAN.

Sea quien sea el partido que gane en las urnas, en los hechos la procedencia partidaria del gobernador será lo de menos. Cualquiera de los dos servirá a los mismos amos, que para efectos prácticos no son precisamente los ciudadanos. Tampoco gobernarán con ideologías distintas, pues en los hechos no hay distinción. Los partidos, pues, quedan relegados a una función secundaria como meros instrumentos para resolver la contienda en el plano legal. Presenciaremos una disputa entre las familias que desde hace décadas controlan el poder. Y, bueno, quien gane relevará a José Calzada Rovirosa, hoy cabeza de su propia estirpe, pues es hijo de gobernador.

Un botón más. Tenemos que por ejemplo que el presidente estatal del PRI, Mauricio Ortiz Proal, de facto jefe de campaña de Roberto Loyola, es hijo de un hombre que lo fue todo pero que no pudo cumplir su sueño de ser gobernador. Su padre, Fernando Ortiz Arana, fue dos veces candidato y las dos veces fue abatido por el PAN. Por cierto, en la primera derrota, vimos la más clara señal del sello familiar queretano: los hermanos Fernando y José Ortiz Arana fueron vencidos por Ignacio Loyola, esposo de la señora Mary Carmen Arana, prima hermana de sus dos contendientes.

Así las cosas, de pronto la política local se nos aparece como el usufructo de herencias familiares, pues pareciera un juego al interior de la casta reinante, lo más lejano a la idea moderna de democracia.

A esto que habría que imaginar como un artefacto con vasos comunicantes, lo llaman algunos sencillamente PRIAN. De ahí que tampoco no resulte extraño que tanto en círculos panistas como en círculos priístas se está fomentando la idea de que las dos fuerzas se repartirán la hacienda previa escenificación de trompadas (quizá como las trompadas que los queretanos dicen fue la manera de resolver la batalla de la fundación de Querétaro), y que en el reparto uno retendrá la gubernatura y el otro recuperará la capital, y todos contentos.

Espero que no sea así y que los candidatos independientes algo aporten. Lo más sano para nuestra precaria democracia es que nuestra izquierda (hoy penosamente dispersa) avance y se meta a la disputa real. Y que los ciudadanos se tomen en serio que son los auténticos electores.

No obstante, puede ser que tengan razón Camacho Solís y el palabrero, y más que a los partidos habrá que ponerle atención a la heráldica y al árbol genealógico. Es penoso que nuestra democracia se esté reduciendo al derecho de los ciudadanos a elegir entre dos facciones de la misma élite.

Sólo para la reflexión.

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