Opinión

Anécdotas y humor en Hugo Gutiérrez Vega II y último

Edmundo González Llaca

A Lucinda, que fue para Hugo todo lo que puede ser una mujer para un hombre: su novia,

su esposa, su amante, su amiga, su cómplice, su secretaria, su enfermera; su compañera de toda la vida.

Por: Juan José Arreola

“Cada quien muere como vive y vive su propia muerte”, decían los griegos, y si en alguien se hizo plena realidad esta máxima fue en Hugo Gutiérrez Vega, quien dedicó buena parte de su vida a pasársela divertido, por eso dice mi querida Lucinda, que Hugo ni en los peores momentos de su agonía perdió su humor.

Efectivamente, cuando Hugo no provocaba la risa con su ingenio lo descubría en otros autores, principalmente por medio de la anécdota. Juan José Arreola era su autor preferido, no solamente por su genialidad, sino porque narraba hechos de los pueblos de los Altos de Jalisco que Hugo había conocido y vivido. Tenía autoridad para verificar al cuentista.

Una buena parte de los cuentos giran en torno a los desasosiegos del cura en relación con los entusiasmos eróticos que lo desbordan. El clérigo escucha los pecados ingenuos, pero está consciente que al salir del confesionario los jóvenes entonarán el versillo que narra colocar la mano en el pecho de la amada, la que es tan atrevida que es capaz de decir:

-“Por ái vas derecho”.

Y no sólo eso, sino que las costumbres se han relajado tanto que las alteñas son enemigas de los seductores y de sus engañifas de machos. No se andan entre las ramas y cuando les interesa un cristiano, pá pronto le dicen:

– “A mí no me platique tanto. Dígame piruja y agárreme una chichi”.

El orador

En el tono de Juan José Arreola, Hugo rescata hechos y personajes muy propios del Bajío de su obra, como las fiestas cívicas y los poetas donde se despliegan las efusiones líricas, en las que los “naturales”, pronuncian todo tipo de discursos inflamados de ardor patrio. Esta retórica desbordada provoca que el sector de los pocos letrados aproveche también para desatar sus complejos y boicoteé la retórica barroca con gritos, chiflidos y trompetillas.

Es el caso de Celestino González, poeta leonés radicado en Lagos, declamador profesional, insustituible en todo acto en el que ondeara una bandera nacional, por supuesto el discurso del 15 de septiembre. Ese día pronunció una arenga tan larga como poco comprensible, se requería prácticamente contar con un diccionario a la mano, para más o menos entenderle. Un grupo de gente de la peor ralea se dedicó a interrumpirlo con gritos y silbidos.

El orador y poeta aguantó como los buenos, pero ya cansado de tantas burlas, improvisó los siguientes versos:

“Y si a alguno no le cuadre mi patriótica elocuencia, que vaya y chingue su madre y viva la Independencia”.

Dicho lo anterior abandonó la tribuna.


El débito conyugal

Hugo vivió toda la educación no únicamente de la provincia sino de una época terrible en la que sumaban fuerzas los buenos modales con un pudor que lo condenaba todo.

Con gran amenidad Hugo nos cuenta de su tío Primitivo y su tía Cuquita, que tenían entre su currículo, obviamente modelos de virtud, de haber participado en la Cristiada y de pertenecer ambos a la Adoración Nocturna de la Vela Perpetua, y ella a la Unión Católica Femenina. Religiosidad y decencia que no impidió que procrearan siete hijos. No sabemos si el ritual previo impidió que tuvieran más o, al contrario, la ceremonia erótica y la contención sexual propiciaban la fecundidad, Démosle la palabra a Hugo:

“Cuando tenían que cumplir el débito conyugal mi tío se esperaba a que la casa estuviera a oscuras, todos dormidos y él, calzado con sus pantuflas, se iba por el pasillo y llegaba al cuarto de mi tía, que había dejado la puerta entreabierta para indicar que había modo. Entonces él tocaba la puerta y ella no contestaba la primera vez para no pasar por deseosa, la segunda vez ella se movía en el lecho para indicar que estaba despierta a la tercera pregunta ella respondía con voz meliflua: “¿Quién es?” Él contestaba: “Tu esposo soy, ¿estás dispuesta a recibir obra de varón?” Ella respondía: “Dispuesta estoy y todo sea para mayor gloria de Dios”.

Hasta aquí la anécdota, pero la familia la completaba. Cuando el tío entraba, prendía la luz y después de localizar la ubicación de la tía, la que por cierto estaba cubierta con la llamada sábana santa, además de una cobija y un edredón para que no le viera el cuerpo, ni siquiera un talón. El tío procedía a pelar esa especie de cebolla humana; quitar la cobija y el edredón. Luego entraba a la cama con gran cuidado, ya sobre de ella procedía a encontrar los dos orificios, el de la sábana y el del cuerpo de la tía. Todo en medio de un tenso silencio y respiraciones entre cortadas, finalmente el tío con voz sofocada decía:

– “Ahora sí Cuquita, haz como que me la retuerces”.

Es pertinente decir que cuando Hugo me contó la anécdota, la orden final del tío fue: «…haz como que me la tronchas”, no como que me la retuerces, que es la palabra que aparece en el ameno libro: “Hugo Gutiérrez Vega”, de David Olguín. Quizás Hugo prefirió “retuerces”, por estar más de acuerdo con el texto escrito. Independientemente de todo, la anécdota es un ejemplo muy ilustrativo de una de las técnicas del humor: la deflación. En este caso, la yuxtaposición de una escena sublime con un lenguaje rimbombante que concluye con un diálogo de tono, no digamos vulgar, pero sí no tan elegante.

El dilema

Uno de los grandes dilemas de los poetas es conciliar el dinero con su vocación literaria que no permite sobrevivir, en cualquier economía, pero menos en la despiadada neoliberal. Hugo narra una conversación con José Gorostiza, autor del extraordinario poema Muerte sin fin y a quien Hugo profesaba una intensa admiración.

Gorostiza era en ese tiempo encargado del despacho de Relaciones Exteriores y Hugo había sido designado como agregado cultural en Roma, fue a buscarlo a su oficina para despedirse. Gorostiza le recomendó que escribiera al menos un verso al día:

-“Para mantener ágil la mano”.

Hugo le reclamó su falta de autoridad, pues después de haber escrito su magnífico poema de la muerte ya no había vuelto a escribir un poema.

Gorostiza sonrió por la amable reclamación, suspiró un poco y dijo:

-“Ay Hugo ¿Usted cree que tiene ánimos para escribir un poema alguien que dice cincuenta veces al día?: ‘Reitero a Usted las seguridades de mi más atenta y distinguida consideración’”.

Los dos rieron de buena gana, sabiendo que compartían la rutina del lenguaje acartonado de la burocracia y la palabra libre y desparpajada del poeta.

Los viajes

Hugo se reconocía como un viajero compulsivo y tenía en el gran poeta y diplomático José Gorostiza, familiar y casero por excelencia, su contraparte. Con una especie de masoquismo cuando andaba de trotamundos recordaba una cita de Lao Tsé que se sabía de memoria y que Gorostiza escribió en uno de sus libros: “Sin traspasar uno sus puertas, se puede conocer el mundo todo, sin mirar fuera de la ventana se puede ver el camino del cielo. Mientras más se viaja puede saberse menos. Pues sucede que, sin moverte, conocerás, sin mirar, verás; sin hacer, crearás”. Eran palabras que, como decía Hugo, hacían polvo su pedantería viajera.

En una ocasión Hugo fue a despedirse de Gorostiza pues salía al extranjero, aunque conocía la actitud hogareña del poeta, no pudo evitar hacer una apología de sus peregrinajes. El poeta lo escuchó con atención y ya para despedirse, como que no quiere la cosa, le dijo:

– “Recuerde Hugo, que los viajes ilustran, pero también estriñen”.

Es difícil de encontrar una forma más rápida y anti climática para boicotear el turismo.

Un jalisciense tragón

Los deleites de la cocina no podían quedar fuera de la insaciable curiosidad de Hugo por toda manifestación cultural. De acuerdo con el tema su prosa adquiere una sabrosura que conforme se va leyendo se le va haciendo a uno agua la boca.

Al describir este arte mayor de los fogones, Hugo no pierde la jovialidad salpicando sus experiencias con la comida, conscientes como él afirma: “Que la sazón no tiene explicación científica ni natural, pues su presencia es milagrosa y pertenece a los reinos de las gracias y de los misterios”. Se reconoce, como buen mexicano, arrocero, en todo tipo de presentaciones, blanco, rojo, con chícharos; se acepta también convicto y confeso tamalero; muestra su respeto por el “milagroso mole que solemniza los momentos más importantes de la vida”; pero no hay duda que sus preferidos son los sacrosantos frijoles, “que llenan los huequitos”.

La anécdota es de un jalisciense cuyo buen apetito se inicia desde la mañana, a tal punto que Savater, citado por Hugo, afirma que los que van al cielo son acreedores a tomar un desayuno mexicano. El tapatío llegó de visita a la casa de un amigo de Monterrey. Los regiomontanos que tienen fama, para mí muy bien ganada, si no de tacaños sí de ser bastante ahorrativos.

En la mañana llegó al comedor y fue recibido por la amistosa y sonriente sirvienta que le preguntó:

–       Señor, ¿cómo quiere su huevo?

El singular del producto de gallina fue un duro golpe a su estómago. Obviamente no quería manifestar abiertamente que en Jalisco se comen cuando menos dos.

–       ¡Perdón!

–       Que cómo quiere su huevo.- repitió la muchacha.

–       Lo quiero revuelto con otro.

En paz descanses mi estimado Hugo. Tenemos que releerte para que no se nos vaya el buen humor que siempre contagiaste.

 

 

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