Opinión

Aquel México que nos ve

Por: Daniel Muñoz Vega

¿Habrá un México invisible, el cual nos observa y se ríe de nuestra insensatez por seguir a oscuras y negarnos a ver la luz? Ese México es, sin lugar a dudas, un alma curtida a través del tiempo. Un alma vieja, por lo tanto, sabia. Una especie de energía superior, inmaterial, que guarda su grandeza no por egoísmo, sino por ser una especie de acertijo que hay que descifrar. Sabe que al nivel de conciencia en el que operamos, no lo vemos. Ahí está ese México, un punto energético dedicado a la contemplación, es un México que no juzga, simplemente observa, nos observa… Ve marchar a millones contra las tremendas injusticias que pasan y nos hace gestos, como diciéndonos: ¡ya casi!.. van por el camino correcto, pero les falta.

Sospechamos que ese México nos ve. Trato de conceptualizarlo como si fuera una persona. Un mestizo a quien no le importa la raza. No piensa en su grandeza ni muestra superioridad. Lo invade la tranquilidad, aquella de la que carecemos por el consumo desenfrenado, por la precarización, por la inseguridad. México nos ve desde otras esferas, desde otros niveles. Nosotros no lo vemos, sólo lo imaginamos y lo sentimos, a veces cercano, a veces lejano. Pensar en una nación más justa, solidaria, humana es algo que nos parece imposible al ver la figura de nuestros gobernantes, con sus cuellos blancos y sus corbatas rojas, nos parece lejano ante la muerte cotidiana, la sangre que lo baña todo y la corrupción que daña el porvenir; pero levantamos un grito de protesta por la desaparición de los 43 estudiantes y en ese costal enviamos el pasado, es ahí cuando México, el grande, se nos para de frente y nos sonríe, y nosotros lo sentimos cerca y comenzamos a soñar que el futuro puede ser mejor; nos damos cuenta que cuando el vecino indiferente marcha junto a nosotros, cuando los amigos marchan, cuando los mexicanos del mundo marchan lejos de su tierra, cuando encontramos en la protesta la manera de despertar, atraemos el México de la esperanza, el tranquilo, el independiente, el consciente, el justo, el vacunado contra la clase gobernante.

La historia reciente de nuestro país es todo lo opuesto a lo que nos imaginamos. Creo seriamente que nuestro problema es inconsciente. Al ir dándonos cuenta de lo que pasa dentro de nuestra nación, cuando interiorizamos colectivamente, nos resulta fácil salir a marchar y protestar. Nos hemos envalentonado hasta el nivel de pedir la renuncia del presidente. Vamos de gane al saber dónde estamos parados. ¿Hemos cambiado? Yo creo que sí. Vamos construyendo un contexto diferente. Cuando un ciudadano apaga Televisa, vamos de gane. Cuando un ciudadano comienza a cuestionar a su gobierno, vamos de gane. Cuando un ciudadano lee un libro, vamos de gane. Cuando un ciudadano tiene la capacidad de analizar, cuestionar, burlarse del personaje que se dice presidente, vamos de gane. Cuando un ciudadano cuestiona a las transnacionales, vamos de gane. Cuando un ciudadano comienza a sentir el México grande al que aspiramos, el cual nos ve con paciencia, vamos de gane.

La renuncia de Peña Nieto al puesto que ocupa sería sólo la aspirina necesaria para quitar un poco el dolor; sin embargo, la enfermedad seguirá ahí representada en la cabeza de cualquier otro político. La renuncia de Peña Nieto no resuelve el problema, pero sí reivindica nuestra dignidad, que es amplísima, ésta quedó manifestada de forma implacable el pasado 20 de noviembre. Somos una nación de paz y como tal marchamos. La violencia es la que siembra el Estado, tanto es su cinismo que su respuesta a las multitudinarias concentraciones es difundir el miedo. Ahí van los infiltrados, codo a codo con los pacíficos, ahí van haciéndose pasar como anarcos, ahí van los medios también para darles cobertura, ahí se representa la mentalidad de los que ejercen el poder; pero somos más los que aspiramos al México grande, al México de paz, justicia e igualdad; ese es el país que nos está viendo llegar, el que nos recibirá como nación madura cuando tengamos la capacidad de construir el destino con nuestras propias manos y no bajo cuestionados procesos electorales, tratados de libre comercio e individualismo infame. Hay un México al que vamos, como si fuera nuestra tierra prometida, un lugar donde nos preocupamos más por la sustentabilidad que por el crecimiento económico. Hay un México donde la gente entiende la colectividad y va construyendo la cultura con respeto al de lado. Hay un México donde hacer política es pensar en todos y tomar decisiones para todos, donde el funcionario piense en el trabajo actual y no en el siguiente puesto. Hay un México donde cada ciudadano construirá su propio heroísmo a base de fraternidad.

Ayotzinapa fue el epicentro del gran despertar. Tenemos que estar atentos y seguir poniendo ladrillos. Me resulta paradójico que me despierte la esperanza en los momentos en que parece haber más oscuridad; pero hoy veo una energía especial que tenemos que saber materializar para derramar la conciencia para un futuro mejor.

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