Opinión

Aquellos abogados

Sólo para nostálgicos…

Por: Salvador Rangel

Es común que las personas tengan una percepción muy particular acerca de profesionales de una ciencia, como en el caso de la medicina, las personas dicen “es un doctor muy atinado” y no falta médico que refute ese comentario, diciendo “no somos atinados, somos certeros en nuestro diagnóstico y sabemos que recetar”.

En cuanto a los licenciados en Derecho, hay personas que desconfían de ellos, tal vez por la suplantación que hacen los “coyotes” que dejan mal parada la profesión de leyes.

Pero en cuanto a los licenciados en Derecho, hay casos excepcionales de honradez y ética como el caso de José Menéndez “El Corbatón”; hombre que defendía a pobres que habían caído en la cárcel, a personas sin recursos económicos.

Pero en la acera de enfrenta hay abogados como el tristemente célebre Bernabé Jurado, hombre de la época de los cincuenta, mujeriego, (se casó 14 ocasiones) misógino y de armas tomar; entre otros adjetivos que lo identifican estaba el de “abogado del diablo”.

Y el abogado que en múltiples juicios sacó de la cárcel a clientes culpables con todas las pruebas y que gracias a sus “habilidades” los exculpaban, fue huésped de la prisión. En 1979 mató a su esposa en un arranque de celos, en un departamento de las calles de Varsovia, en la Zona Rosa de la ciudad de México, un año después moriría.

Bernabé Jurado era un defensor de causas perdidas, pero siempre las ganaba con base a chicanas. Entre sus clientes destaca el escritor estadounidense William S. Burroughs (1914-1997), fundador con Allen Ginsberg y Jack Kerouac, del movimiento literario conocido como generación Beat.

Burroughs llega a México con su esposa a finales de los años cuarenta huyendo de las autoridades estadounidinenses de narcóticos y radica en la colonia Roma, en la calle de Orizaba 210, era cliente frecuente del restaurante Ku Ku, ubicado en el primer piso de un edificio en la esquina de Coahuila e Insurgentes Sur, era aficionado a las peleas de gallos y las corridas de toros.

Todas las mañanas se inyectaba una buena dosis de metadona (droga sintética derivada del opio), era fanático de las armas y le gustaba practicar tiro el blanco, esta combinación –droga y armas– resultó fatal, el 6 de septiembre de 1951.

Ese día, como dirían los cursis “fatídica fecha”, acudieron a una reunión a casa de John Healey, en la calle de Monterrey 122, fluyeron en buena cantidad alcohol y droga, su esposa Joan se puso impertinente y hostigaba a Burroughs para hacer un truco, pero ese truco era el mismo de Guillermo Tell, nada más que en lugar de arco y flecha y una manzana, era un vaso en la cabeza de su esposa.

Burroughs sin pensarlo tomó la pistola, disparó y atinó… en la cabeza de su esposa, quien murió al instante.

Burroughs fue aprehendido y recluido en la célebre cárcel de Lecumberri… y quién podía sacarlo de prisión, pues ni más ni menos que Bernabé Jurado, quien utilizando toda clase de argucias, aconsejó a su cliente para declarar que el arma se había disparado sola, mientras la limpiaba.

A los 13 días el presunto culpable salía libre, con las “reservas de la Ley”, se fue de México a Tánger, Marruecos.

Pero, el peso de la conciencia no deja a las personas y en su biografía publicada en 1982, diría que la muerte de su esposa se debió a que sufrió la posesión de un “espíritu feo”.

Entre sus novelas están Yonqui (1953) y El almuerzo desnudo (1959), basadas en sus experiencias con las drogas. El explícito lenguaje sexual de la segunda, así como la evocación de imágenes grotescas, provocaron la prohibición del libro en Boston. Esta prohibición se levantó tras un juicio en 1965 y 1966.

Burroughs publicó su último libro en 1905, Un libro de sueños. Decía que no escribía porque no tenía más cosas que decir. Falleció en 1997.

Y los nostálgicos recuerdan cómo un hecho trágico reunió a dos figuras, cada una en su terreno. Bernabé Jurado, el “abogado del diablo” y a William Burroughs, quien mató a su esposa, el ser poseído por un “espíritu feo”.

rangel_salvador@hotmail.com

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