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18 de marzo de 1938. La utopía olvidada

Conmovedoras son las imágenes cuando, al tener que pagar la nacionalización, el pueblo se volcó a las calles a entregarle al gobierno lo que tuviera a la mano: gallinas, floreros, joyitas y centavos para, así, comprar el hidrocarburo y ganar la independencia económica de México.

Hace ya 80 años que por medio de la radio, el general Lázaro Cárdenas del Río anunciaba a todo México, y de paso a los Estados Unidos, que la creciente industria petrolera sería expropiada para beneficio de la nación, haciendo valer el artículo 27 de la Constitución de 1917, que establecía que el país sería dueño del suelo y del subsuelo de su territorio. Dirigiéndose al pueblo con un discurso de poco más de quince minutos, el revolucionario de Michoacán, encabezó una acción histórica, la segunda expropiación de este tipo en América Latina (la primera había sido un año antes en Bolivia), pero, sin duda, la más importante, por su dimensión.

Cárdenas, al igual que miles de personas que se lanzaron a la ‘bola’ revolucionaria, vivió y participó de cerca en las complejas jornadas de la guerra de facciones; si bien tuvo simpatía por la causa zapatista, se adhirió a los constitucionalistas dirigidos desde el escritorio por Venustiano Carranza y desde el campo de batalla por Álvaro Obregón. En ferrocarril, en coche, a caballo o a pie, Lázaro conoció y palpó la pobreza y la desigualdad de amplias zonas de México, lo que le llevó a conectarse y sensibilizarse frente al campesinado.

Asesinados Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Francisco ‘Pancho’ Villa y el gran caudillo Álvaro Obregón, el ‘jefe máximo’ Plutarco Elías Calles, pretendió hacer con Cárdenas lo que ya había hecho con Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez durante el ‘maximato’, sin embargo, Cárdenas rompió con el grupo de sonorenses, exilió a Calles e inició el periodo más interesante de la larga Revolución mexicana, quizá, de hecho, haya sido hasta el periodo de Lázaro (1934-1940), cuando realmente se inició la dichosa revolución.

Más de 18 millones de hectáreas de tierras fueron repartidas entre miles de campesinos de todo el país, sin duda, la razón por la que tantas mujeres y tantos hombres se habían lanzado a las armas con el ímpetu revolucionario años atrás; se impulsó en el campo la estructura de los ejidos, suerte de propiedad colectiva-estatal que mantendría el autoconsumo y aumentaría la producción, con sus desiguales resultados, claro está; se (re)nacionalizaría el ferrocarril, símbolo de la lucha armada y elemento vital para iniciar con la industrialización; se harían grandes campañas de alfabetización, se incrementaría el número de escuelas, se crearía el Instituto Politécnico Nacional para poner ‘la técnica al servicio de la patria’, todo enmarcado en el proyecto de la educación socialista, tal vez la iniciativa más criticada por las derechas encabezadas por la Iglesia católica; se organizarían las grandes confederaciones para unir y fortalecer a la clase trabajadora, la CTM para los obreros, la CNC para los campesinos (pilares, posteriormente, de la corporativización priista, la máquina más aceitada del acarreo de votos); y, como ya apuntamos, se expropió nada menos que el petróleo.

Desde finales de 1936 que el gobierno de Cárdenas encaró a las más de 20 compañías extrajeras, las cuales no habían cumplido con el acuerdo previamente establecido, en el que se incrementaría el salario de los trabajadores en proporción al crecimiento económico que dichas compañías obtuvieran, motivo por el cual, tras más de un año de discusiones, se tomó la soberana decisión de expropiar. Conmovedoras son las imágenes de los días siguientes, cuando, al tener que pagar la nacionalización, el pueblo se volcó a las calles a entregarle al gobierno lo que tuviera a la mano, gallinas, floreros, joyitas y centavos para, así, comprar el hidrocarburo y ganar la independencia económica de México. La unidad nacional llegó a su punto más alto.

La Segunda Guerra Mundial, estallada a finales del año siguiente, acabó con los bloqueos impuestos desde Estados Unidos, donde Franklin D. Rooseveelt, recordado como el mejor presidente del vecino del norte, aceptó que México se quedara con lo que de hecho era suyo. Cárdenas, medianamente retirado a la vida privada, se había ganado a pulso el cariñoso y paternalista apodo de ‘el tata’ entre los campesinos de sus estado natal. Con los años, elevaría su estatura como la autoridad moral de la Revolución mexicana, personaje muy incómodo para los futuros gobiernos, desde Miguel Alemán Valdés hasta Gustavo Díaz Ordaz, quienes se distanciaron muchísimo de la obra de Cárdenas, quien finalmente falleció en 1970, a nada de que tomara posesión Luis Echeverría.

En el 2013, la reforma energética, madre de las reformas estructurales del gobierno neoliberal de Enrique Peña Nieto, el ‘nuevo PRI’, apuntaló el último clavo al ataúd del nacionalismo-revolucionario y de la Revolución mexicana misma. Cínicamente, al promulgarse la citada reforma, se dijo que recuperaron ‘palabra por palabra’ el legado de Cárdenas. Realmente pocos se manifestaron en contra y la privatización de Pemex inició. La utopía cardenista había pasado al olvido.

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