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8 de marzo: Esas y esos que no se ven

El buche se llenó de piedritas, el volcán feminista estalló en mil protestas de “¡Ya basta!” y la furia se desbordó como volcán en erupción, como nunca antes se había visto.

Al menos tres veces al año, el 8 de marzo, el 10 de mayo y el 25 de noviembre, los reflectores se vierten sobre las mujeres: sobre lo importantes que somos y los problemas que tenemos, lo injustos que son los varones con nosotras o la incomprensión que sufrimos de la sociedad, o lo sometidas que estamos al Estado patriarcal…

Pero después de dichas celebraciones, parece que todo sigue igual. Volvemos a la rutina de la vida, sin que las cosas cambien de modo significativo, como si la humanidad estuviese atrapada en una rueda de hámster. Últimamente, sin embargo, parece que esas conmemoraciones “están haciendo eco, al fin”. El buche se llenó de piedritas, el volcán feminista estalló en mil protestas de “¡Ya basta!” y la furia se desbordó como volcán en erupción, como nunca antes se había visto.

Ha sido tan fuerte y tan legítimo el grito para hacer valer el derecho a ser mujeres, a ser libres, a estudiar, a expresar lo que pensamos, a realizarnos como profesionistas o a valorar la enorme importancia de las “tareas femeninas”, a andar solas por la calle, ¡a mantenernos vivas!, que el diablo-patriarcado pareció zarandearse.

Sin embargo, muy lejos de darse por vencido, vuelve a desplegar su enorme capacidad seductora y camaleónica, hablando todas las lenguas y transformándose, según lo requieran las condiciones de la historia. Ahora hasta disfrazó a varios de sus aliados y aliadas de “feministas”, para no perder poder.

Y, como si no tuviéramos ya suficientes conflictos, a los dramas que cada quien sufre en sus micro espacios, hay que añadir las constantes y perturbadoras noticias sobre desapariciones forzadas, violaciones, feminicidios, que no sólo cesan, sino parecen cada vez más cercanos.

El malestar se contagia y andamos sensibles y confundidas (dos), sin saber quién es quién. En lugar de cortarle la cabeza al demonio patriarcal, comenzamos a desconfiar de todos(as) y nos tratamos mutuamente como enemigos(as), nos hablamos ríspidamente y nos volvemos extremadamente blandas(os) o sentimentales, y a la vez demasiado duros y exigentes con las demás personas. Entramos a un nuevo combate sin sentido, a una guerra sin cuartel.

Nos separamos y fragmentamos y cada lucha se vuelve individual o clasista. Las mujeres se distancian de los varones, los rurales de los urbanos, hermanos de hermanas, esposos de esposas, amigos de entre sí; el cuerpo de la mente; los sentimientos del pensamiento crítico…

Mientras más separaciones sufrimos, menor es la fuerza para frenar al sistema.

Por eso, además de valorar las manifestaciones para gritar el drama de la desigualdad y del sometimiento femenino, “en general” (ya sea la del 8 de marzo o la de la desaparición estratégica del 9), hay que voltear la mirada hacia esa lucha cotidiana y silenciosa que libran las mujeres que pertenecen a las clases sociales más desprotegidas o que las atienden, desde las instituciones públicas.

Porque son ellas, las que conocen la realidad más difícil y dolorosa que padece la población más vulnerable e invisible: las niñas y niños, las ancianas y ancianos, las indígenas, los campesinos, las obreras y obreros, los barrenderos, las ambulantes, las que habitan los barrios bajos urbanos, las y los discapacitados, adictas y migrantes de todas las edades, muy en especial si son POBRES.

Tomando esto en cuenta, no queda más que reconocer que la lucha de las mujeres por su liberación sólo podrá tener frutos si se abre y acoge las luchas de los demás oprimidos.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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