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A clases

Querétaro, Qro.

“Las clases son virtuales nomás por la pandemia, pero es necesario que convivamos”, dijo Celeste. “El de ‘metodología’ avisó que tendremos ya casi las últimas, porque en unos días volvemos a las presenciales, o a casi todas”, añadió Gema. “Pues, a mí, ya me llevó…”, repuso Baldomero, “porque entré en un despacho, para ordenar archivos y cobrar en la ‘moto’ los pendientes. Como las clases eran en línea, me conseguí este empleo para ganar algo. Ahora les diré a los patrones que no seguiré más. ¡Qué ‘joder’!, ya no podré ahorrar para independizarme”.

Los muchachos están hartos de clases en línea. No tienen idea clara de lo que académicamente pierden al no ir a la universidad, pero saben lo que significa no hablar directo con los “profes”, no preguntarles ni debatir, no intercambiar ideas con los compañeros. Quieren compartir con los demás sus inquietudes, sus afanes, su descubrimiento de la vida.

Un funcionario dijo que las clases en línea son la clave para una nueva forma de aprender, y más para una sociedad “globalizada”. Su gusto por la eficiencia le hizo confundir “educación” con “capacitación laboral”; no vio los lazos humanos que se tejen en el aula diaria ni se atrevió a reconocer que la vida se hace siempre en la interacción de la comunidad y con el medio. La capacitación entiende a los seres humanos sólo como instrumentos.

Celeste nació y creció en una ranchería, cerca de Hidalgo y lejos de todo. Los niños cursan la primaria con dificultades: caminan dos horas y media para llegar a su escuela, y otras tantas de regreso. Cuando ella les dijo que quería estudiar una profesión en la “uni”, los papás se preguntaron cómo la podrían apoyar, pues entendieron su deseo; ellos también quisieron estudiar, pero los tiempos no lo permitieron. Buscaron en la ciudad dónde viviría su hija, pues no podría viajar todos los días. Encontraron un cuartito con cama, un roperito, su escritorio y una mesita para la estufa. Afuera queda el baño. Con eso, Celeste hasta se vio privilegiada. Después, cuando el “covid” ya no la dejó seguir en clases, se regresó a ayudar a sus papás, aunque allá le es difícil seguir clases en línea; la señal es muy mala o no hay. No pudo quedarse en Querétaro y seguir pagando la renta de su cuarto. Ahora que regresará a las presenciales, le emociona encontrar a sus compañeros, estudiar y compartir la vida estudiantil con ellos. Pero tendrá que volver a buscar casa y pagar renta. Se pregunta cómo le harán sus papás, ahora más viejos y cansados.

Madre soltera de dos niños, ellos viven con Gema donde sus viejos. La mamá jubilada y él en trabajos artesanales. En casa de los señores, pequeña, pero con cierta comodidad, ellos les dan albergue gustosamente, sin cobrar nada; hasta le regalan un “dinerito” para ropa, materiales de trabajo y alguna diversión modesta. El estudio en línea le ha permitido a Gema cuidar a sus hijos y, a la vez, cocinar para todos, lavar la ropa, asear la casa y agradecer con su trabajo la generosidad de los padres. Pero no sabe con qué cara se irá todos los días a la “uni”, ahora que tenga que volver. Los hijos (nueve y diez años) ya regresaron a la escuela; los entusiasmados abuelos los llevan y recogen. Varios días, Gema no puede conciliar el sueño, pensando en que no quiere “ser carga” para sus padres.

A Baldomero “no lo calienta ni el sol”. Le gustó recibir pesos por su trabajo, y quiere seguirlos ganando. Pero también sabe que, si no sigue la carrera hasta terminarla, no pasará de asalariado de “outsourcing” y cada vez más sometido por los poderosos. ¿Cómo ser independiente y, a la vez, a la larga poderse titular?, se pregunta; también a él se le va el sueño en las noches.

Algunos calculan que, en este año y medio, casi el 50% de los estudiantes de educación media y superior desertaron, porque las necesidades de sobrevivencia los hicieron pensar que ellos no continuarían. Se les ha vuelto imposible seguir estudiando. No saben a qué se dedicarán en adelante ni de qué van a vivir. Los jóvenes tienen motivos personales para ansiar el reinicio de clases en su salón o rechazar la posibilidad.

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