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A plena luna. Se dice en el barrio

Querétaro, Qro.

“De las lunas, la de octubre es más hermosa”. No sé qué tan cierto es. Pero para los chamacos del barrio, es época de dulces de cacahuate, miel y ajonjolí, por la fiesta de San Francisco. A fines de septiembre, en casa de Rosita y Nicho hay gente que sabe hacer golosinas. Llegan, otra vez, para ayudar a preparar la comida. Pelan y tuestan semillas, consiguen la mejor miel, ordenan tazas y platos infinitos. Se dan a la cháchara o cantan. A cada rato, los escuincles husmean si ya está el dulce. Rosita no se cansa de repetirles: “no coman ansias, hijos; les avisaré cuándo”.

En la calle, dos juegan canicas. Rosita sale y les dice: “ya están los dulces. Avísenles a los demás que los esperamos a las siete. Los quiero con codos tallados, cara lavada y bien peinados, o no hay nada”. Como si en el encargo les fuera la vida, los chamacos salen veloces, gritando la nueva.

Apenas son las seis y media de la tarde; la chiquillada está ya en la puerta. Las señoras revisan codos y cara, y terminan de peinar a unos. Tres hombres, en el umbral, animan con guitarra, violín, acordeón y un tambor abollado. Música y canciones llenan la fiesta, sólo para menores de trece años. Adentro, los señores colocan platos y vasos en la mesa y sacuden y colocan bancas en círculos. Las señoras sientan a los más pequeños en las bancas de adelante y a los mayorcitos atrás. Es un hervidero de niños y adultos. Trastos van y vienen con dulces, tamales, bolillos y atoles.

Nicho toma el micrófono y, excepto dos o tres niños que reclaman que no les tocó atole de masa, todos callan. El viejo va a contar la vida de los de antes, o inventará historias. Los músicos dejan sus instrumentos.

Nicho habla de cuando todavía no se casaba con Rosita. Él era joven. Desde entonces trabajaba la milpa. En muchas fiestas que se hacían aquí o en el pueblo del “Crucero” llegaba la feria: rueda de la fortuna, payasos, casa de los espantos y cosas que ya no se ven. Mi hermano Lalo y yo, dice Nicho, una vez fuimos al “Crucero”; cada uno ensilló su caballo y salimos. La fiesta estaba en grande, hallamos amigos, comimos enchiladas; nos divertimos. Era luna llena, así como hoy; alumbraba todo con claridad, casi como de día. Se nos fue haciendo tarde; era ya hora de regresar.

Siguiendo el arroyo, con algunos encinos y robles, chaparrales y matas jóvenes, pues acababan de pasar las lluvias, veníamos de regreso. De las hierbas bajas, salió un llanto infantil. Los caballos aguzaron las orejas; se pusieron nerviosos; agitaban los belfos, aunque el trote era lento. El llanto fue más fuerte, como que algo lastimara al niño. El caballo de Lalo levantó, agitado, las patas y quiso lanzarse en carrera; mi hermano, buen jinete, controló a su cuaco. El niño no paraba, cada vez más ruidoso. Nos detuvimos, pese a la inquietud de la montura. Le di mis riendas a Lalo, para bajar del caballo y buscar entre las matas.

Lo hallé, entre hierbas, cubierto hasta la cabeza, por el frío de la madrugada. Levanté el bulto, con el cuerpecito del nene; lo acerqué a mi pecho para que sintiera tibieza corporal. Se calmó; dejó de llorar. Fui a mi caballo, que se puso más inquieto. Lo controlé y me trepé. El animal se resistía, con estertores ansiosos, cuando lo tomé firme. Volví la cabeza hacia el brazo donde traía acunado al niño, para ver si estaba bien.

El niño era un hombrecillo. Abría la boca para morderme el cuello. Se me erizó la nuca. Lancé esa “cosa” a la tierra, se zafó de la frazada y se escondió entre la maleza. En carrera despavorida, los caballos llegaron a casa. Caí con diarrea, de la que aún no me levanto.

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