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Absurda literatura

La literatura contemporánea es absurda porque se ha industrializado. El mundo moderno exige la industrialización de todo, y no lo critico; más bien, lo entiendo, y tampoco le juego al héroe para intentar cambiar eso.

La literatura es un oficio absurdo. Hablo como gente que escribe. Todo aquello en lo que se busca un aplauso es absurdo. La expresión artística está llena de esa mierda; los escritores desgastamos el tiempo en buscar reconocimiento, cuando logramos ver esto, se experimenta la vergüenza, y sí, dan ganas de dejar de escribir. Yo he llegado al extremo de buscar espacios propios, muy individualizados, soy un autor autopublicado, he invertido dinero y tiempo, primero para publicar, y también para a aparecer en los libreros de los grandes vendedores de literatura. Disfrazo ese juego inventando el gusto por una actividad estética, pero es más una pretensión que cualquier otra cosa.

La literatura contemporánea es absurda porque se ha industrializado. El mundo moderno exige la industrialización de todo, y no lo critico; más bien, lo entiendo, y tampoco le juego al héroe para intentar cambiar eso. No hay nada más patético que ser críticos del espíritu comercial que rige las cosas. Eruditos de todo critican los libros bestselleros cuando, en el fondo, desean estar ahí vendiendo de “a madres”. Es como el clásico rockero que despotrica contra Maná diciendo que su música es una mierda, cuando él nunca dejó de coverear en los bares de la ciudad. Así pues, mejor me callo cuando se trata de criticar a la “mala” literatura que vende millones.

Un escritor al que aprecio mucho, que ha rosado un poco el mundo literario de las élites, me cuenta lo pedante que son las reuniones con los gigantes de la literatura. Yo le digo que todos los que escribimos quisiéramos estar ahí, en algún salón del castillo de Chapultepec, cenando con patrocinio del Estado, hablando pendejadas. Sí, sé que es una mierda, pero no deberíamos ser tan hipócritas.

Hace unos días se armó un lío porque Juan Villoro ocupó su columna en ‘Reforma’ para despotricar contra alguien a quien le puso el nombre de Charly Girón. Su columna fue patética. El día que leí a Villoro también yo me sentí patético; siempre lo tuve en un concepto de escritor inmaculado. Un día le escribí una carta y me sentí soñado cuando me contestó por medio de un correo electrónico agradeciéndome. Por la propia admiración que le tengo le he mandado los ejemplares de los libros que publiqué, uno de ellos con una cursi dedicatoria. Y después de leer lo que piensa de los escritores jóvenes que se autopromocionan mandando sus textos a escritores consagrados, me di hueva. ¿Qué necesidad de estarle oliendo los pedos a esos “gigantes” de la literatura? Lo otro, lo del pleito que supuestamente tiene con un escritor llamado Tryno Maldonado, quien se supone es el mentado Charly Girón, me parece divertido, algo que demuestra lo nefasto que es el ambiente literario; creo que en los mismos términos debería contestar el ofendido, si es que hay un ofendido.

Más joven, soñaba con ser intelectual. Según yo, iba a hacer el esfuerzo por no ser nunca alguien pendejo, y uno va por la vida negando su pendejismo: dos o tres libritos leídos y bueno, uno cree que lo sabe todo, pero el pendejismo es innato al ser, así se lean todos los libros posibles. ¿Dónde podemos ver nuestro pendejismo? Es necesaria la autocrítica, vayamos a nuestras redes sociales y a ver las formas como interactuamos en el mundo y nos daremos cuenta de que bajo cualquier criterio se es pendejo. Así que también he entendido lo absurdo que es la literatura, si es que se ocupa para desapendejarnos; es como aquel que trata de curarse el cáncer con hiervas milenarias.

La literatura tiene su imagen natural a través del libro, y el libro en esencia tiene poder (hoy no tanto como antes: ya cualquiera se autopublica) y a veces toma formas totalitarias. Un grupito de letrados tiene el derecho, como cualquiera, de abrir un fideicomiso para damnificados de un sismo. Solo que parece que, por ser parte de una élite intelectual, de algunos con la etiqueta de escritores no se puede dudar de su calidad moral (hasta se ofenden), pero cuando el acto tiene intenciones políticas, es natural que se dude de los actos de “buena fe”. La intelectualidad no es forzosamente ética, y no nos hagamos tontos, cuando un intelectual toma posiciones políticas, tarde que temprano va a querer pasar factura al régimen al que apoyó. No tardaremos en sustituir a los Krauze por los Taibo.

El mundo actual es en extremo pretensioso, en todas las áreas y en todos sentidos. Estamos ante la sobrevaloración de las cosas, pero más ante la sobrevaloración del yo. Unos lo hacemos a través de la literatura, en el oficio de escribir. El fenómeno digital nos ha llevado a los seres humanos a cubrir nuestros vacíos existenciales aparentando cosas. Las redes sociales son pedantes. Algunos ponemos posts mamarrachos jugándole al inteligente, otros suben foto con la pareja presumiendo su felicidad o con un corte de carne poniendo que están en un gran restaurante. Lo que sea, estamos habitando el mundo de lo absurdo. Quizá estemos ante la necesidad de que guardar silencio o dejar hojas en blanco sea considerado una cualidad.

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