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Afición por la salud

Era muy pequeña y ya, desde entonces, me sentía mal cuando encontraba un pajarito, un perro o un guajolote que sufrían por alguna herida o por hambre. Saber que un ser vivo cualquiera padecía también a mí me hacía sufrir.

Por eso, cuando le dije, a mis 17 años, que quería entrar de voluntaria a la “Cruz Roja”, mi mamá se rio de mí. Me dijo que, más bien, tenía que dedicarme a alguna actividad de escritorio o algo donde no tratara con ningún ser vivo. Pensaba que no aguantaría el dolor ajeno. Es que no le había contado que, a veces, al salir de clases, iba con mi amiga Vicenta a un hospital o un asilo y, desde la puerta, platicábamos con algún interno o con una enfermera.

Así supe que quien trabaja en un hospital tiene que aguantar vómitos o desechos de los internos, o sus rabietas e impertinencias; ellos se saben a merced de otros, aunque sea poco tiempo, y dependen de ellos, por más que les dé vergüenza o no les guste que les vean sus partes. Me acuerdo que, años después, atendí a un señor al que un tiburón le arrancó los dos brazos y un pie, y yo debía cuidarlo; aullaba cuando estaba con él, en parte por el dolor de sus heridas, pero más porque se sentía humillado cuando le acercaba el “cómodo” y lo limpiaba.

No nos dejaban entrar al hospital o al asilo, cuando Vicenta y yo íbamos por allí, porque éramos menores de edad y no teníamos conocimientos ni licencia para estar en un nosocomio.

Casi lo mismo me pasó cuando me ofrecí de voluntaria a la “Cruz Roja”. Me quedé en oficina porque, por mi edad, no podía andar en ambulancia; a los camilleros sólo les dan un cursillo de primeros auxilios y así los mandan a la calle. Si yo anduviera con ellos, decía el director, me bajaría la policía o, al menos, me expondría a groserías de algunos usuarios.

Yo me molestaba y me preguntaba cuál era el sentido de la “Cruz Roja”, si nació en la adversidad de la guerra, para atender a los heridos en batalla y a los que fueron hechos prisioneros; igual que para atender a esos otros, los no soldados, civiles que caían por hambre, tifoidea, disentería, hacinamiento, sin desagües ni higiene. Precisamente, entre los principios de la “Cruz Roja” están la humanidad, la neutralidad, el voluntariado y la universalidad. Pero la compasión que me acompañó desde la infancia me obligó a aguantarme en el voluntariado.

Como sea, estuve otro “tiempito” en la “Cruz”. Cuando pude, me inscribí en “Enfermería». Aprendí lo que jamás me había imaginado: anatomía, fisiología, química, matemáticas, etc. Además de la “uni”, fui a las capacitaciones que impartía una monja, Estela, en vacaciones intersemestrales, en hospitales o centros médicos que le prestaban. Me enseñó que una enfermera se ocupa de la salud integral de individuos, pueblos y todo ser vivo.

Parientes y amigos me preguntaban, intrigados, por qué no iba a fiestas o paseos. Siempre me la pasaba en clases o en las capacitaciones de Estela, la mejor enfermera que he conocido, más que Florencia Nightingale, a la que ella siempre admiró y de la que nos decía que, en medio de la guerra, “se deslizaba suavemente, de sala en sala, atenta a sus enfermos, quienes siempre esperaron, en la oscuridad del hospital, la mano generosa de esa misionera de la salud”.

Terminé con muy buenas calificaciones la carrera. Mi mamá compró en abonos un vestido elegante, para acompañarme en mi graduación. Después me confesó que le había costado mucho mantener mi carrera con el sueldo que ganó todo el tiempo en la cocina económica donde trabajaba.

Después de la licenciatura, estudié la maestría en México, mientras trabajaba en una clínica del IMSS para pagar mis gastos y, a la distancia, mantener a mi mamá. Regresé a Querétaro con la plaza que tenía en el “Seguro”, donde sigo trabajando y, con frecuencia, tengo que atender a gente que aparece moribunda porque, sin saber, quedó en medio de una batalla entre un cártel y la policía, o quedó malherida en la riña de la borrachera de anoche. Además de eso, doy una clase en la universidad y, ¡eso sí!, voy como capacitadora con los voluntarios de la “Cruz Roja” en el Bajío, para que sean valiosos en la prevención y los cuidados de la salud.

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