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¿Agrandar la crisis del agua o revertirla?

Es la pregunta obligada para Querétaro, que en los últimos meses pasó de la extrema sequía a las precipitaciones extremas. Las recientes trombas, por un lado, y el corte al suministro de agua potable, por el otro, dejan expuesta la fragilidad en el manejo integral (subrayo integral) del agua en la ciudad.

Los impactos de una expansión urbana cuya impermeabilización del suelo y pérdida de avenidas pluviales o zonas de recarga ha modificado los escurrimientos, empezaron a verse con mayor claridad a partir de inicios de este siglo. Particularmente, con las inundaciones de 2003, 2004 y 2017 en la cuenca del arroyo El Arenal, una de las zonas más impactadas por cambios de uso de suelo. Para 2016, la Comisión Nacional del Agua advertía ya patrones de cambio climático en la ciudad, con lluvias con similar cantidad, pero distinta frecuencia, es decir, más cortas, pero más abundantes. El Q500, los Planes pluviales y otros instrumentos de planeación llevan años anticipando el riesgo.

En mi artículo titulado Malos diagnósticos, pobres soluciones explicaba por qué desconocer o desestimar todas las causas del problema nos puede llevar a complicarlo en vez de resolverlo. Como crónica de un desastre anunciado, se asoman a la nueva administración estatal dos de las políticas que nos tienen en crisis: el trasvase, mejor conocido como Acueducto II, y la privatización.

El primero no ha impedido que se abata el acuífero del valle de Querétaro, que fue su principal justificación. Tampoco duró lo que se dijo que duraría ni garantiza eficiencia, al perderse un aproximado de 40 por ciento de sus aguas en tubería rotas una vez que entran a la ciudad. Amén de los conflictos por despojo que ha dejado a su paso, el impacto energético que provoca y la desestabilización de las cuencas por desvío de sus aguas. La segunda que ha sido elemento clave para el acaparamiento y la expansión urbana, tal como lo explica Agua sin feudos, la recién publicada investigación de PODER, LABIP y Bajo Tierra Museo del Agua de Querétaro.

Sólo la crisis, real o imaginaria, produce un cambio. Cuando ocurre esa crisis, las acciones que se toman dependen de las ideas que están al alcance, escribió Krishnamurti. Cuidado con lo que ponemos en nuestro imaginario en estos días de contingencia. Porque el discurso de la escasez (por cierto, provocada) genera miedo y disposición a aceptar cualquier salida fácil de mira corta; igual que la naturalización de desastres que no son nada naturales oculta las responsabilidades en la falta de prevención. Ambas impiden imaginar otras formas posibles de manejar el agua y su cuenca.

La política hídrica de nuestra ciudad no puede seguir basándose en una ciudadanía ausente y permisiva, ni en nuevas dosis de más de lo mismo: desmantelamiento del Estado en la provisión de servicios, dependencia de cuencas externas, saneamiento gentrificador de ríos sin visión integral ni vinculación cuenca arriba. Es la receta al fracaso. La política de Cambio Climático tampoco puede limitarse a la creación de leyes de adorno o consejos a modo, que no ofrecen ni representación ni transparencia. Ambientalistas locales señalaron que el medio ambiente fue el gran ausente en la toma de protesta del nuevo gobernador, quién incluso olvidó nombrar entre su gabinete a la cabeza de la Procuraduría Estatal de Protección Ambiental. La naturaleza, sin embargo, no se anda con medias tintas. Es cosa de tiempo, y quizá no demasiado. O cambiamos el rumbo o nos preparamos para el inminente colapso hídrico de Querétaro. ¿Con qué pie querrá empezar el nuevo gobierno?

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