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Alas de colibrí, amuleto de amor y salud

Es obvio que el amor no se consigue con ningún amuleto o pócima, el amor se hace, se construye cotidianamente. El individuo se acepta como es y acepta a sus semejantes, sin importar diferencias físicas o ideológicas.

La medicina escasa, la más insuficiente

es la de remediar la mente

Silvio Rodríguez

 

Pregonan en la calle, el brujo y su aprendiz, rememorando las enseñanzas de aquellas mujeres incineradas por fomentar pócimas de amor y salud, que las alas del colibrí son un excelente amuleto para las almas solitarias, aquellas abandonadas, enfermas, desequilibradas, indigentes de la vida, millonarios sin amor y pobres con dolor.

Proponen estos caminantes que los colibríes -en particular sus alas, haciendo caso omiso a los protectores de la biodiversidad- poseen una vibración energética generada por ese batir constante de flor en flor que protege a todo doliente y afligido.

Los que escuchan, esos presos de la vida -desempleados, trabajadoras de la oscuridad y uno que otro empresario solitario, comprador de amor- se asombran y lentamente extraen de sus bolsillos las monedas para adquirirlas.

En mi mente revuelan pensamientos, mientras miro a la muchedumbre asombrarse por las mágicas historias que cuentan esos juglares callejeros, sobre los poderes ocultos de las alas del colibrí y que entre más rara sea su especie mayor poder posee: enamoran al amor, sanan al afligido, acompañan al solitario, afirman el deseo y mil beneficios más.

Las bondades de las alas del colibrí son el ejemplo de la añeja utopía del ser humano por liberarse de sus sempiternas cadenas para volar, amar y soñar despierto.

Silvio Rodríguez -poeta, músico e historiador universal- nos dice en una de sus melodías su propuesta poética de formar “talleres donde reparar alas de colibríes, se admiten tarados, enfermos, gordos sin amor, tullidos, enanos, vampiros y días sin sol”.

En la actualidad las grandes ciudades han erosionado la diversidad biológica y en particular masacrado a las aves, con excepción de palomas y cuervos, es extremadamente raro encontrarse con un colibrí, un pájaro carpintero, una lechuza o algo similar. Por ello la atracción de los dolientes hacia los amuletos y sus poderes secretos, sólo develados por esos artistas de la palabra callejeros, que con una amplia diversidad de tonos y gestos convencen al más escéptico.

Seguramente los ambientalistas radicales, si mirasen el espectáculo, además de horrorizarse, culparían a esos juglares de la extinción de los colibríes, pero más que ellos, la culpable es la sociedad de consumo compulsivo y esos paradigmas ideológicos que trastornan la mente, crean soledades colectivas, enferman el alma y provocan que esos seres desamparados busquen amuletos en vez de proponer nuevas interpretaciones de la realidad y sobre todo su transformación.

Es obvio que el amor no se consigue con ningún amuleto o pócima, el amor se hace, se construye cotidianamente; mediante éste, el individuo se acepta como es y acepta a sus semejantes, sin importar diferencias físicas o ideológicas. El amor perdona, previene, “convierte en milagro el barro” a decir de José Martí.

El grupo de los colibríes reúne a 330 especies -todas ellas americanas- particularmente en México y Norteamérica se han descrito 57 especies, en náhuatl se nombra ‘huitzilin’ en honor a Huitzilopochtli. Durante la época de la colonia se usaron como amuleto para el amor, siempre que se llevara cerca del corazón se gozaría de la simpatía de las mujeres.

Además de su emblemático uso en el amor, el colibrí representa sabiduría, fuerza de voluntad, conocimiento, audacia y conciencia, características erosionadas en esta era imperial y postmoderna.

Más que atrapar y disecar colibríes, se requiere construir, desde los abismos sociales, nuevos tejidos y redes, dando cabida a todo aquello que enriquezca la diversidad de pensamientos, sin protocolos, jerarquías, diplomas, títulos académicos o de nobleza que pretenden segmentar a los seres humanos en mejores y peores, exitosos y fracasados.

La batalla de hoy, independientemente de si se porta o no amuletos, es por lograr consensos, dejar las viejas formas pseudodemocráticas y electoreras, para dar paso al verdadero poder, ese que se ejerce cotidianamente, construido pacientemente por aquellos que luchan toda la vida, los imprescindibles.

La riqueza de todo grupo social se construye con la diversidad de propuestas, pensamientos, acciones coordinadas que emergen del alma de sus integrantes, no de aquellos que pretenden legislar hasta las formas de amar.

Por más etiquetas y adjetivos que se lancen en contra de la desmitificación de los paradigmas, esta es una necesidad insoslayable. A lo largo de la historia solo los necios, los constantes y los atrevidos trascendieron, el resto quedo en la inerte masa de los alienados.

 

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