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Alguna vez tuvo la UAQ una “casa del pueblo”

Se estableció —al fin— la Casa de la Vinculación Social (por ahora, aquí se la puede llamar “Casa del Pueblo”, aunque ese no haya sido su nombre oficial).

A finales de 2012, la UAQ se vinculaba con empresas de Querétaro. Su función era apoyar a la industria, los servicios y el comercio. El ángulo social universitario todavía no entraba en escena. Por eso, en 2013 se fundó la Dirección de Vinculación Social y una de sus primeras actividades fue el Verano intensivo (VI), en varias localidades del estado. En el pueblo de Carrillo Puerto —igual que en otros cuatro espacios locales de la ciudad de Querétaro— se llevó a cabo la primera versión del VI: varios estudiantes de la UAQ lo trabajaron como su servicio social, pues su carga de créditos les permitía hacerlo así.

Una organización popular, representante de Carrillo Puerto (la Asamblea General del Pueblo), se sintió complacida por la distinción y, además, acompañó a los universitarios en sus actividades, comenzando con visitas al vecindario, para abrir caminos a los estudiantes.

Mientras se cumplía con el encargo, la AGP hizo notar a los muchachos de la UAQ que en Carrillo había una casa (de 1000m2) que no estaba habitada, pues su dueña (aquí se le llamará así) había salido del país desde hacía tiempo. La AGP buscó, entonces, comunicarse con la dueña y proponerle que prestara su casa para dar en ella servicios a la población, con el apoyo de la UAQ y por mediación de la DVS.

No se logró fácilmente convencerla, pero la dueña accedió al fin, pues hacía tiempo que su casa se le estaba deteriorando, y puesto que la sugerencia era que la prestara (no que la vendiera ni la alquilara a la UAQ), decidió prestársela por mediación de la AGP. Se llevaron a cabo los protocolos de ley, y se entregó la casa por un contrato de comodato (préstamo condicionado bajo preceptos legales).

Se estableció —al fin— la Casa de la Vinculación Social (por ahora, aquí se la puede llamar “Casa del Pueblo”, aunque ese no haya sido su nombre oficial), y se nombró como responsable del inmueble a una persona, quien invirtió sus ahorros de años para remozarla y remodelarle espacios.

Entonces, quedó lista para echar a andar varios proyectos con la población. Uno de los primeros fue diseñar y montar un Museo comunitario (que duró sólo unos meses, pues los encargados de esta tarea se dedicaron a otros menesteres para sobrevivir).

La casa se orientó, entonces, a otras actividades: construcción de tinacos de ferrocemento, compostaje, cría de gusanos, cultivos de plantas endémicas, cosecha ecológica de productos para la alimentación, formación y prácticas en cocina saludable, preparación de espacios de juegos para los niños de la zona, iniciación en economía solidaria, talleres de diversos oficios (costura, carpintería, corte de pelo, primeros auxilios, prácticas para la salud, organización popular y más).

El trabajo de estudiantes en servicio social, con guía y apoyo de sus profesores (la Casa del Pueblo comenzó con herramientas de la UAQ, y después adquirió instrumentos de trabajo propios, mediante donaciones y rifas de la población), posibilitó que mucha gente —sobre todo, adultos y muy pocos jóvenes— se entusiasmara y comprometiera no sólo a ayudar (con frecuencia se dice así, cuando se hace el trabajo desde la “exterioridad” y sólo se lo ve como pasatiempo), sino a hacerlo suyo. Algunos aprendieron los secretos de un oficio y se dedicaron a él, para resolver problemas domésticos o para “ganarse la vida”.

El contacto con profesores y jóvenes en servicio social, permitió que algunos del barrio se dieran cuenta de los beneficios de aprender un oficio y trabajar en él. Además, con sus opiniones e iniciativas, mejoraron sus prácticas y, todavía más: quienes ya tenían alguno de los oficios que ofrecía la UAQ (y se inscribieron en él “para mejorar personalmente”), entendieron que podrían enseñar a estudiantes —y a algunos de sus profesores— varias claves para prosperar en esos conocimientos y en la vida. De esta suerte, se obtuvo algo que pocos se habían propuesto: la conciencia de que

  • los conocimientos científicos tienen su origen en el quehacer popular y en gente que, por su práctica, puede lograr ciertos grados de madurez profesional, y sólo les falta la profundidad en conocimientos, el método y la perfección creativa que se da en centros de investigación o en laboratorios para arribar al conocimiento en los niveles en que lo ha logrado el ser humano: el conocimiento científico. Las necesidades humanas, el esfuerzo por ofrecer solución a esas necesidades y el afán por guardar y organizar esas experiencias generan el trabajo científico.
  • asimismo, la vida particular de la población se ve influida y puede ser mejorada gracias a los aportes de las ciencias y de las tecnologías; pero si éstas (ciencias y tecnologías) no favorecen la vida humana —sino que dan lugar predominantemente a instrumentos de destrucción y armas—, entonces sirven sólo a la muerte y fracasan al pretender servirle al ser humano.
  • por tanto, la vida diaria da lugar a la ciencia, y ésta tiene sentido por la vida –no únicamente de la humanidad, sino también del planeta–. Una se debe a la otra; de su articulación depende el ser humano. El transcurrir cotidiano y el conocimiento científico tienen por propósito fomentar la vida.

A ocho años de haberse fundado la DVS y a seis años de que el pueblo creó la Casa del Pueblo (CVS) hiere ver que, aunque hay iniciativas para propiciar un mundo con alternativas de vida grata y sana, hoy pueden perderse por el egoísmo. Lo que sigue en el quehacer humano no se puede predecir, pero cabe la posibilidad de que el pueblo genere alternativas de vida.

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