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¿AMNISTÍA O CASTIGO?

Una solución que han aportado los pueblos no europeos es resarcir del daño: quien comete una falta no ha de ser castigado, sino que el infractor tiene que resarcir su falta; que el buen vivir arrebatado a lo social se le reintegre.

 Un tema que atañe a todos,

en comentario a la Lic. Celia Maya

Estimada y admirada Celia, con frecuencia oigo tu programa de radio (XEUAQ). A veces, lo hago de modo intermitente, debido a otras ocupaciones, pero trato de no perderle la ilación. Muchas veces, a sabiendas de que no puedes oírme, durante tu programa comento en voz alta lo que dices, como si estuviésemos juntos. En fin, te identifico como mi maestra e interlocutora en asuntos referidos al derecho, y siempre estoy aprendiendo de ti.

El jueves 9 de agosto estuviste hablando en tu programa sobre la amnistía que AMLO ha planteado desde su campaña, y que –ahora que es presidente electo– tiene que definir con más claridad.

Algo que advierto en el sentimiento de parte de la población y también entre los ofendidos o sus familiares, es el relativo a la función social de la ley a la que se entiende como si su objetivo fuese punitivo. De suerte que se busca el castigo a quienes han infringido alguna norma escrita o acuerdos tácitos de convivencia.

Esto último es lo que se plantea problemático hoy frente a la propuesta de López Obrador y se formulan preguntas acerca del perdón, la amnistía, etc. (lo que recoge parte de las propuestas del presidente electo), como si éste fuese nuestro problema.

El sentido de la ley ha de ser social; esto es, en bien de la sociedad. Las decisiones legales que se hayan de tomar en cualquier asunto –uno de los cuales, es ahora el relativo a la conducta jurídica del Estado ante quienes han cometido los llamados delitos– es, antes que nada, el beneficio de la sociedad.

A quienes se dedican al cultivo o trasiego de estupefacientes o de sustancias consideradas “drogas”, se les llama criminales, y se pide tratarlos como tales, con todo el rigor de la ley. Es legítimo el sentimiento de los ofendidos cuando tienen conciencia de que un grupo de la sociedad actuó –directa o indirectamente– en su contra, al tener plantíos, campos de beneficio, espacios de almacenamiento y distribución de esas sustancias.

Pero no se puede tratar de la misma manera a todos los que están en “el negocio”, pues con frecuencia quienes trabajan la tierra, siembran, cosechan o almacenan estupefacientes son campesinos o gente muy pobre que se esfuerza por llevar una vida productiva y de beneficio social, pero que el sistema político y económico imperante se lo ha impedido; se trata de otras víctimas más, y no de agresores. Son gente menuda.

Con frecuencia, esta gente menuda está a expensas de los verdaderos grupos criminales, integrados por personas de enormes recursos económicos (magnates), que ocupan ámbitos clave para la toma de decisiones políticas: personas vinculadas con grupos o sectores de otras partes del mundo (que controlan el mismo negocio en otros países u otros continentes). Esos verdaderos grupos criminales forman parte del 1 por ciento que posee la riqueza que corresponde a la mitad de la población mundial. No sería legítimo ni justo castigar a los más pobres entre los pobres con el afán de castigar a quienes controlan los estupefacientes porque, además de todo, no se aplica el mismo rasero para todos: los pobres serán siempre los maltratados; a los ricos no se les roza ni con el pétalo de una flor.

Vuelvo a la consideración sobre la función social de la ley, a la que se entiende como debiera ser punitiva, es decir, dirigida a castigar, mediante el argumento de que es el castigo lo único que permite cambiar el comportamiento de la gente y reorientarlo a lo aceptable o sano para la sociedad. La pregunta que me hago sobre el castigo tiene dos filos:

 1) Si, con la idea de castigo se encubre, en realidad, venganza.

2) Con el castigo, la sociedad pierde; con el resarcimiento, intenta recuperarse.

 Occidente –esto es, la cultura de la blanquitud, como dijo Bolívar Echeverría– enarbola a la violencia como parte de su proyecto básico: para la ciencia y la técnica, para la producción, para las relaciones entre los seres humanos, para el reconocimiento del otro. No extraña, pues, que busque el castigo como resultado de la falta (o del pecado, concepto propio de Occidente).

Una solución que han aportado los pueblos no europeos, de otras áreas del planeta, es resarcir del daño: quien comete una falta no ha de ser castigado, en el sentido punitivo, sino que el infractor tiene que resarcir su falta; es decir, que el buen vivir arrebatado a lo social se le reintegre.

 

gguajardoglez@hotmail.com

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