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Apuesta por la palabra

Anaya y Meade hablan como si no tuvieran responsabilidad en el pantanoso y violento desastre que tenemos por país. Se plantan como si sus formaciones políticas no hubieran gobernado. Tendrán lo que merecen.

Los debates constituyen una apuesta por la palabra. Son ejercicios que permiten calibrar la capacidad de escucha y la posibilidad de entendernos más allá de la violencia. Como la mayoría de los candidatos presidenciales no se caracteriza por el rigor en el uso de la palabra, sería aconsejable que un equipo de Verificado 2018 se integre como parte del staff de la moderación, al menos, del tercer debate, previsto para el 12 de junio en Mérida.

Esa afortunada y muy pertinente iniciativa de periodistas e investigadores se ha ganado, por derecho propio, un sitio apreciable dentro del diálogo público. Para que quienes aspiran a gobernar sean cuidadosos con las palabras y con los números que usan como soporte de su visión de país, sería útil que, en vivo y en cadena nacional, sean exhibidas las mentiras de los mentirosos. De este modo, podríamos ir restaurando el respeto perdido por la palabra.

Por otro lado, si con el segundo debate se trataba de mandar el mensaje de que en la gente común radica la soberanía, tal como lo dispone el artículo 39 constitucional, habría sido muy útil seleccionar individuos del estrato más informado. Que la incorporación de ciudadanos constituya, en sí misma, una propuesta del modelo de sociedad que requiere este país, esto es, integrada por personas informadas, con discurso robusto y capacidad de interlocución.

Por lo demás, en esta segunda confrontación vi a un López Obrador que para no exponer su ventaja ignora cuestionamientos, incluso aquellos que nos darían noticia de su disposición a rendir cuentas, de ocupar el Ejecutivo federal. Vi a un Anaya sin estatura para el cargo que ambiciona, rijoso, carente de empatía; con una sonrisa de amabilidad perenne y universal, pero con aire siniestro. Vi en Meade a un tecnócrata con aire de profesor de un posgrado en ciencias oscuras; un oficinista que al llamarse limpio a sí mismo confiesa la tétrica máquina electoral que lo puso ahí.

En el colmo, estos dos aspirantes hablan como si no tuvieran responsabilidad en el pantanoso y violento desastre que tenemos por país. Se plantan como si sus formaciones políticas no hubieran gobernado (en las últimas tres décadas, 12 años el PAN y 18 el PRI). Hablan como si vinieran de las estrellas, con la promesa de que con ellos el mundo se fundará de nuevo. Tendrán lo que merecen.

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