Así empieza lo malo

Nos movemos, quizá como nunca, en terrenos desconocidos. Es difícil no especular sobre qué va a suceder y cómo se va a acomodar todo el poder. No solo por las reformas, aunque eso añada incertidumbre. No sólo por las que están, polémicas algunas, faltas de diagnóstico otras (pienso en la reforma judicial), sino por las que podemos intuir, siguen. Ya dijo la presidenta electa que la fiscal no será, lo cual es una lástima. Pero decía: no son sólo las reformas. Las supermayorías no negociadas fueron siempre indeseables por diseño. Y por eso hubo muchos intentos de académicos, exfuncionarios y comentaristas de acomodar la realidad al modelo y exigir del Tribunal Electoral una interpretación estrambótica de un precepto constitucional bastante claro.
La crítica política tendrá que acomodarse. Ya lo está haciendo, de alguna forma. Durante el sexenio que culminará en octubre, hubo obstinación (o negación, si consideramos las etapas del duelo): los espacios de la conversación pública estaban prácticamente monopolizados por las mismas voces, que repetían lo mismo pero que no le hablaban a nadie más que a sí mismos. Poco a poco se fueron abriendo espacios para voces más afines al nuevo poder. En las últimas semanas hemos visto la incorporación de nuevas voces y, sobre todo, la salida de algunas marcadamente opositoras pero que francamente aportaban poco, si algo.
Por ahora reina el desconcierto y la ira, así que los desplazados por el nuevo poder buscan culpables, siempre que no sean ellos mismos, por supuesto.
Los partidos, arrinconados y prácticamente espectadores, no reflexionan sobre sus liderazgos ni candidaturas, tampoco sobre su desempeño como gobernantes. Acríticos, voltean a ver al electorado como el único responsable.
En la academia tampoco hay nuevas ideas. No fue este un sistema hecho para crear nuevas cosas sino para reproducir un orden; así que también, frustrados, voltean a la gente como la única responsable: el gobierno los compró a punta de programas sociales.
Estamos en el mundo de las interpretaciones ad hoc, perniciosas desde donde se le vea. Porque muchas de las ideas (si es que acaso lo son) del nuevo poder, también descansan en interpretaciones facilonas. No hace falta diagnóstico, hay que acabar con el poder judicial como lo conocemos para que dejen de ser corruptos. Poco importa que la impunidad se deba a las fiscalías o que a la justicia federal llegue menos del 10% de todos los asuntos que se ventilan en el país. No importa que los jueces sin rostro sean prácticas autoritarias utilizadas por Fujimori, si son de la cuarta, son bondadosas.
¿Podemos realmente darle el beneficio de la duda a alguien dispuesto a dilapidar su legitimidad en debilitar al poder judicial en vez de fortalecer al Estado mediante una reforma fiscal? ¿Cómo confiar en alguien decidida a seguir utilizando la prisión preventiva oficiosa a pesar de toda la evidencia en contra?
Dice Shakespeare en Hamlet: “Así empieza lo malo. Y lo peor queda atrás”. En el México del nuevo poder, no obstante, lo peor acaso esté por venir.

