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BUEN DECIR O DECIR BIEN

Comenzaba el mes de junio. A los correos electrónicos de los colaboradores en televisión, radio y Tribuna de Querétaro llegó una frase lacónica, que daba sentido a la invitación: “Su presencia es fundamental para el desarrollo de un lenguaje que beneficie a las audiencias”. Firmaba la dirección de comunicación y medios de la UAQ.

Se trataba de tres motivos, el jueves 20, para dilucidar la responsabilidad universitaria de la comunicación. La voz de las conferencias serían de Francisco Perusquía Monroy (el lenguaje y sus funciones), Mariana López Salazar (los géneros femenino y masculino en el discurso) y Augusto Islas (decir con atingencia).

No fueron muchos los asistentes; poco más de cuarenta. Todos se entusiasmaron al hablar con quienes tenían asignada la palabra y reflexionar juntos sobre esa otra función de la universidad pública: el intercambio con el monstruo de mil cabezas que a diario se congrega alrededor de la comunicación universitaria y exige superar el sentido común del diario acontecer. La prensa escrita, televisada y producida por la universidad pública exige ejercicios que superan prácticas ramplonas.

Se habló acerca de las diferencias de comunicación entre la de los medios académicos, indígenas, comunitarios, socialmente comprometidos, y la que se ejerce en el ámbito comercial. Sin duda, se dijo, los primeros manifiestan su compromiso con la verdad (cualquiera que sea el contenido de esta expresión), el cuidado de las fuentes informativas, el respeto a las audiencias o públicos, la construcción de lazos confiables entre los diversos sujetos (emisores y receptores, para decirlo simplonamente), el respeto a la palabra y, aun, la elegancia y precisión en el buen decir. Los segundos –esto es, la prensa comercial– se han enseñoreado del ámbito de la comunicación como si les correspondiese naturalmente como propiedad privada, hacen de ella mofa, la destruyen y, en general, deciden y actúan a espaldas del público o aun en contra de él; no reconocen que la comunicación es un bien público y, por tanto, les incumbe la responsabilidad social.

De esta manera, la prensa –para decirlo genéricamente y no estar hablando sólo de éstos o de aquellos medios– tiene compromisos epistemológicos (la verdad), sociológicos (a partir de fuentes confiables, y no inventar lo que transmite), psicológicos (hablar de los resultados de la investigación y no traicionar a un público para vender más), económicos (proceder según normas de honradez). Se podría extender una larga lista de responsabilidades de los medios, dado que éstos son recursos de la opinión pública (entendida no de manera trivial, sino como lo opuesto a lo privado). Al igual que la educación –que es pública por antonomasia–, también lo es la comunicación.

Así lo tendrían que ser, igualmente, el transporte, la disponibilidad del agua, la energía eléctrica, la salud, la alimentación, la vivienda. ¿Por qué todos estos rubros se han ido entregando, progresivamente, a las fuentes privadas? ¿Qué permitió que el pueblo se dejase arrebatar lo que da verdadera posibilidad a su existencia?

Para retomar el tema inicial de este diálogo –la responsabilidad universitaria de la comunicación–, tal vez sea necesario insistir ahora en lo que hace ya casi ocho años (con la gestión de Gilberto Herrera como rector de la UAQ) se comenzó: no sólo es necesario formar a productores de la comunicación universitaria (y, con ello, dígase lo mismo de la comunicación indígena, comunitaria, campesina, obrera, etc.), sino también a la audiencia correspondiente.

En efecto, gran parte de la audiencia actual de los medios “abiertos” (así se ha dado en llamar a los medios comerciales) va sólo en busca de entretenimiento; peor, de entretenimiento fácil, no complicado. Busca programas para “pasar el tiempo”.

Esta audiencia, “encerrada” en su ámbito individual, ha seleccionado los sonidos –o ruidos– que le interesa tener al alcance del oído (porque no le exigen mayor compromiso ni concentración), los oye mientras se ocupa en su “encierro individual”.

La audiencia de hoy busca oír sonidos que le permitan mantenerse en su ámbito cerrado, justificado para no ocuparse de los demás. En rigor, parece que la comunicación –la que promueven los medios universitarios, comunitarios, indígenas, obreros, etc.)– sólo interesa a los medios públicos.

 

gguajardoglez@hotmail.com

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