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¿Celebrar, o no, el día de la independencia?

Los intelectuales, políticos de izquierda y diversos luchadores sociales señalan que “no hay nada que celebrar”: México NO es independiente. Hoy está infestado de todo tipo de empresas trasnacionales que someten al Estado mexicano.

En la película El infierno de Luis Estrada, dedicada a tratar el grave drama del narcotráfico, el corrupto alcalde del humilde pueblo en donde se desarrollan los hechos, organiza un festejo, extremadamente ostentoso por las fiestas patrias.

Este boato recuerda a la fiesta que organizó Felipe Calderón por el bicentenario de la Independencia de México, cuyas ocurrencias estuvo construir la ‘Estela de luz’ que costó a los mexicanos mil 304 millones 918 mil pesos.

Solemos decir que ‘echamos la casa por la ventana’ cuando nos esmeramos en celebrar algún acontecimiento muy importante en la vida: una boda, el nacimiento de un hijo, los quince años de la niña, etc. algunas familias ahorran varios años para el gran acontecimiento. ¿Por qué tal despilfarro?

Pareciera que echar la casa por la ventana es una forma de ahuyentar las malas vibras del drama humano, incluida la pobreza. Es la oportunidad para presumir que, a pesar de todo, podemos darnos el lujo de derrochar.

Los psicólogos sociales (B.G. Flores Mercado, 2006) analizan algunos significados profundos de las fiestas populares. Éstas satisfacen diversas necesidades que cambian con la historia: desde la búsqueda de una pareja sentimental, el fortalecimiento de la cohesión social o la promoción de la expresión popular, el descanso, la recreación o relajación que libera a la gente momentáneamente de la “maldición del trabajo”.

Las fiestas patrias se inscriben en esa lógica de promover la identidad y unidad nacional. Como mexicanos, aprendemos en la escuela la misma historia, reconocemos a los mismos símbolos, a los mismos héroes y cantamos las mismas canciones…

En la modernidad capitalista, la fiesta adquiere otros matices o se contamina de otras razones. La cohesión comunitaria se diluye para dar paso al hedonismo individualista, al lucimiento de la propia capacidad económica y al libertinaje sin límites (“destrampe”).

El capitalismo valora cualquier festejo como oportunidad para hacer negocio; necesita de la fiesta para sostenerse.

“No todo mundo hace fiesta durante las fiestas. Al costado de los que se divierten están los que trabajan por la diversión de los otros, y más aún, todos aquellos para quienes la fiesta de los otros es justamente la ocasión de trabajo, de ganar dinero…” (Capdevila y García).

Así, desde esta ideología, lo que importa en las fiestas es el espectáculo, las estelas de luz, los productos que se venden, las ganancias que deja la compra-venta… Se valoran menos las ideas, los sentidos, los principios, los motivos: la patria, la independencia nacional, la mexicanidad…

“Las fiestas tradicionales se reemplazan por negocios turísticos o por juegos mecánicos y bailes modernos, pero que se reservan el derecho de entrada”. (García Canclini).

Cuando niña me tocó una vez, presenciar una fiesta en Palacio Nacional, que parecía más bien Palacio de Versalles, por tanto lujo. Las mesas priistas estaban repletas de manjares exquisitos, langostas, lechones asados con su manzana en la boca, patos gratinados con licor de naranja, champagne, esculturas de hielo, copas de cristal cortado y demás.

Me sorprendió ver a la fina plebe, lujosamente vestida, arrebatarse voraz  la comida, hasta hacer que un mesero perdiera el equilibrio y tirara todas las copas al suelo.

Esa escena me generó, por vez primera, la pregunta: ¿para esto tanta gente dio su vida en la lucha por la independencia nacional? Las fiestas de Peña Nieto no fueron distintas.

Con el triunfo de AMLO, antes de asumir el cargo, se impone el discurso de la austeridad, incluso entre quienes pertenecen a otros partidos políticos. Pancho Domínguez, por ejemplo, advierte que “por austeridad” no habrá en Querétaro celebraciones patrias y decide inventar “otra forma de hacer gobierno”: caminar por las calles “para estar más cercano a la gente”.

Los intelectuales, políticos de izquierda y diversos luchadores sociales señalan, y con razón, que “no hay nada que celebrar”: México NO es independiente. Si algún día lo fue, con respecto al reinado español, hoy está infestado de todo tipo de empresas trasnacionales que someten al Estado mexicano, dictándole lo que puede o no puede hacer con sus pueblos, sus territorios, sus recursos naturales, sus sistemas de salud y educación…

Saquean nuestras minas y bosques; envenenan nuestros lagos, ríos y playas; esclavizan a nuestros trabajadores; expulsan a los pueblos originarios y desaparecen o asesinan a quienes denuncien o se opongan…

¿Qué celebran entonces quienes dicen celebrar el Día de la Independencia?

Más allá de lo que hagan o digan quienes están en la élite, los pueblos de México seguirán festejando, pues independientemente del negocio, del lucimiento personal, o de la parranda desbocada está la necesidad de esperanza, disfrutar del encuentro con los otros, de la música, del juego, de la alegría, de la estética.

¡Que viva México!… a pesar de todo.

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