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Cerrar filas ¿en torno a qué?

Pareciera que cada quien se “auto-zombizara” y dejara de ser pensante, para volverse un mero canal, que deja pasar lo que sea, sin asumir la responsabilidad de su acción; sin poner freno a falsas afirmaciones que, por su ferocidad, pueden llevar incluso al linchamiento.

Si algo tiene el mundo de hoy es que hay demasiado ruido y, a la vez, mucha dificultad para equilibrar las voces distintas al orden establecido, a la voz dominante del mercado.

Si la humanidad, en tiempos de Güttemberg dio un paso fundamental en la comprensión del mundo (del teocentrismo se movió al antropocentrismo, entre otras cosas gracias a la publicación de libros “sagrados”, antes prohibidos) podríamos esperar que el extraordinario desarrollo tecnológico que han experimentado las telecomunicaciones nos llevará, a más de 500 años después, a una auténtica ‘sociedad del conocimiento’ y con ella a la comprensión cabal de lo que sucede…, y con ella, a una real democracia (…sólo que el mundo no funciona así).

Ciertamente, no puede haber democracia cuando sólo unos cuantos concentran la información fundamental y los conocimientos básicos relativos a la toma de decisiones que nos afectan a todos: sobre cuáles son los criterios que siguen quienes las toman; qué ocultan y por qué lo ocultan. Por eso siempre se ha vinculado a la democracia con los procesos de alfabetización de la población; alfabetización, no sólo en el sentido de “saber juntar las letras” para decodificar un mensaje, sino en el sentido político y mediático para poder comprender el significado profundo de los mensajes que recibimos, las intenciones o los intereses que persiguen quienes los formulan, los contextos en los que se dicen, las falacias que se emplean para seducir a los destinatarios, etc.

Este análisis no es nada fácil hoy, cuando los discursos se confunden y los grupos de la derecha (los que defienden el orden establecido, en favor de unos cuantos), por estrategia, se apropian de los discursos de la izquierda, cuando éstos han cobrado prestigio entre los sectores mayoritarios de la población. Así resulta que los grandes emporios capitalistas, depredadores de la Naturaleza y promotores de una nueva esclavitud, disfrazada de “flexibilidad laboral” predican “el respeto a los valores”, la “responsabilidad social” o “el cuidado del medio ambiente”.

Por otro lado, ciertos grupos “de izquierda”, que dicen defender las causas populares, la igualdad, la justicia, la no discriminación…, son descubiertos ‘in fraganti’, en diversos actos de corrupción o de complicidad con la pereza, la ineptitud, la inconsistencia, la irresponsabilidad de algunos que protegen sus mezquinos intereses, bajo el disfraz de la “justicia social”.

Es difícil, también, cuando varios sectores de las universidades públicas, cuya misión implica generar nuevos conocimientos para ponerlos al servicio de las mayorías, se ven orillados a asumir el lenguaje y la ideología neoliberal o del mercado para poder sobrevivir.

Por si esto no bastara, lo que sucede hoy con los flujos de información que circulan por toda clase de redes, nos deja perplejos, no sólo por su enorme variedad, cantidad y rapidez con la que se mueven, sino por la confusión que generan al mezclar verdades con mentiras; mitos o creencias con datos; opiniones con conocimientos empíricos; expresiones de deseos o malos presagios, prejuicios, odios y miedos, con hechos… hay que considerar, además, que la mayoría de los mensajes que circulan no son construcciones originales de quienes los transmiten, sino simples reenvíos de lo que dijo otro.

He preguntado a varios de mis contactos: ¿cuál es el sentido de reenviar cierto mensaje violento, misógino o xenofóbico?, sus respuestas son muy pobres: “porque a mí me llegó”, “porque esto es lo que circula entre la gente”… en fin, pareciera que cada quien se “auto-zombizara” y dejara de ser pensante, para volverse un mero canal, que deja pasar lo que sea, sin asumir la responsabilidad de su acción; sin poner freno a falsas afirmaciones que, por su ferocidad, pueden llevar incluso al linchamiento.

Entre esas respuestas, una que llamó mi atención fue: “para cerrar filas” (sic). Cerrar filas ¿en torno a qué? Ya no hubo respuesta, pero aprovecho el silencio, para promover la reflexión: ¿en torno a qué cerramos filas cuando enviamos o reenviamos algún mensaje, sobre la realidad problemática que vivimos?

La expresión “cerrar filas” tiene que ver con la acción de un grupo de personas que deben trabajar juntos para protegerse de algún peligro exterior (frente al enemigo en la guerra, frente a la competencia, frente al partido de oposición…). 

En este maremágnum de confusiones requerimos una brújula conceptual que, en efecto, nos permita reconocer cuándo vale cerrar filas, por qué y contra qué.

Así como cantaba el poeta Nicolás Gillén en ‘La muralla’, que se abre o se cierra para dejar pasar o impedir el paso, dependiendo de lo que intente atravesar nuestro territorio (físico o mental); una muralla que sabe poner límites e impedir que pase el odio, la misoginia, la xenofobia, la avaricia, la corrupción, la violencia… y que sabe abrirla al amor, a la solidaridad, a la esperanza.

Contar con suficiente información o suficientes conocimientos no basta, pues para construir una auténtica democracia es necesario construir además una voluntad política, dispuesta a generar las condiciones para que todos, sin excepción, puedan tener una vida digna.

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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