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¿Construir o destruir?

En la sociedad capitalista impera la violencia. Ésta abarca casi la totalidad de las estructuras de vida humana. Por eso, ante cualquier problema emerge la respuesta violenta o alguna de sus hermanas gemelas: agresión, venganza, odio, muerte para el de enfrente.

Imagínese a alguien de otro planeta, que no tuviese contacto con seres humanos, sino sólo a través de la información noticiosa de la televisión. ¿Qué impresión se llevaría de la humanidad?

Ese extraterrestre pensaría que lo único que existe en nuestro planeta es violencia: agresión contra mujeres, que termina asesinándolas; lo mismo con habitantes de pueblos originarios; igual con emigrantes y latinoamericanos de paso por nuestras tierras; ni se diga de niños urgidos a trabajar desde pequeños. Es lo que pasa con la población en edad escolar, a la que se le niega la educación desde el jardín de niños hasta los estudios universitarios, o a parte de la educación.

¿Qué decir de la población urbana, hacinada en vecindarios absurdos, o que no se relaciona con nadie en su edificio? ¿Qué de los desempleados que no pueden llevar ni un mendrugo a su familia, y ésta muere más y más cada minuto del drama cotidiano. Hacen multitud los de la salud institucional (enfermeros, médicos, almacenistas, etc.) que lamentan no atender a los derechohabientes porque hay desabasto; también conoce usted, seguramente, a maestros que llegan del trabajo a su casa, adoloridos y tristes por la incapacidad para recibir a todos los aspirantes, o para trabajar (con los que sí pudieron entrar a la escuela) en los programas educativos que se merecen.

Miles de personas viven esa depresión generada por las derrotas que sufren; al acabar su día fatigados y desdichados por haber recorrido inútilmente la ciudad en busca de empleo. La lista se puede alargar, pero no tiene caso hacerlo: las penas se conocen desde la experiencia propia o ajena.

Así, se puede entender a quienes, ante la desesperación por sus esfuerzos fracasados, deciden trabajar aún en lo que siempre rechazaron. Recuérdese, por ejemplo, esa película de los años 50, en que, después de haber buscado trabajo por días inútilmente para llevar unos pesos a su casa, el personaje principal (actor: Pedro Infante) se pone en un mercado popular, y la hace de perro; en una ocasión, se muere de vergüenza cuando su esposa y su hijo lo ven con un sombrero en la boca pidiendo “lo que sea su voluntad”. Parece que hoy estamos peor.

No es de extrañar, pues, que algunos trabajen de “viene-viene” o de “cerillos”. Pero son espacios laborales que tienen cupo limitado, y cada vez hay más requisitos para conseguir uno de ésos.

El panorama se dificulta. La película “El infierno” aborda razones por las que algunos, al no hallar mejor ocupación, se hacen guardaespaldas; también hay quienes la hacen de mulas (transportan productos prohibidos de forma velada), y otros que cultivan o procesan esos artículos, o los colocan en círculos de consumidores.

¿Qué haría usted: permanecer al margen de esas actividades ilegales –aunque su familia o usted mueran de hambre o estén mostrando sus miserias en la calle– o, bien, trabajar en lo que rechaza, aunque sea por un rato, en lo que usted encuentra algo legal o más digno? Es decir, usted no se dedicaría a eso porque busque la maldad o pretenda dañar a los demás, sino porque se encuentra en el círculo de la pobreza o de la miseria (en que vive el 80% de la población en México).

Está claro que usted no decide ni dirige esas actividades, ni tampoco se enriquece con ellas. Al contrario, cada vez se enloda más usted, a su pesar y contra su voluntad, mientras otros se enriquecen y permanecen “ajenos” a la infamia del dolor ajeno. El trabajo de campesinos, de obreros inmiscuidos, de procesadores, de mujeres y niños atrapados en las entrañas del crimen, etc., es resultado de la miseria y el desempleo, de la ausencia de posibilidades de vida en la sociedad.

Quienes realizan esas actividades son vecinos de usted, sus amistades, sus parientes. Es posible que, incluso, algún hijo, o hermano, o primo, o tío forme parte de la banda (no de los dirigentes poderosos del crimen organizado).

En la sociedad capitalista impera la violencia. Ésta abarca casi la totalidad de las estructuras de vida humana. Por eso, ante cualquier problema emerge la respuesta violenta o alguna de sus hermanas gemelas: agresión, venganza, odio, muerte para el de enfrente.

Esa respuesta violenta puede entenderse como sentimiento dominante en las víctimas, en sus parientes o en los cercanos a su corazón. Pero es necesario entender que es un sentimiento lógico en el capitalismo, en una estructura social sumergida en el odio y la violencia. Conduce finalmente al absurdo.

¿Cómo cambiaría la vida humana si, en lugar de la destrucción del otro (mediante prisión o pena de muerte), se busca •reparar el daño, • identificar al verdadero beneficiario del mal social, • entender que los ejecutores, campesinos, distribuidores, cobradores, etc. son otras víctimas del crimen, y no sus beneficiarios?

¿No vale más buscar el menor daño social, en lugar de intentar satisfacer venganzas inútiles? La amnistía no puede ser para todos, pero sí para las víctimas que andan con careta de verdugos, pese a que ellos también han sido arrastrados por el dolor.

Es momento de intentar cambiar radicalmente este mundo, sometido al odio social.

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